THE OBJECTIVE
Jorge Vilches

Los despojos podemitas

«El tiempo de Podemos pasó. Cometieron el error de creerse al personaje y de no asumir la realidad de lo que eran, un mero hervor ocasional»

Opinión
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Los despojos podemitas

Ilustración de Alejandra Svriz

De Podemos no va a quedar más que un tertuliano en RTVE. No lo resucitan ni los vídeos desesperados de Irene Montero, empeñada en una campaña para cambiar su imagen antipática antes de las elecciones europeas. Tampoco servirá la presencia de Pablo Iglesias en el País Vasco, ni la aparición de sus comentaristas en los medios públicos. Su hundimiento no es una noticia para nadie, y menos para ellos. Saben que cuando circula entre la opinión pública que un partido ha muerto, ya se puede ir organizando el funeral.

Ahora, el PSOE y Bildu se disputan a sus votantes en el País Vasco. Según las encuestas, Podemos perderá un 80% de sus electores, que se dice pronto. Es probable que solo obtenga 18.000 votos. Una ridiculez. Su candidata es desconocida para tres de cada cuatro vascos. En suma, el tiempo de Podemos pasó. Saquen el traje negro. Lo interesante de esto es el desplome absoluto en diez años de una formación que venía a hacer la revolución. La lección es para sacar el cuaderno y tomar nota, sobre todo los supervivientes de la nueva política, como Vox.

La primera lección es que un partido populista debe aprovechar el momento para llegar al poder. Podemos no lo hizo. Pudieron hacerlo en 2016, con Sánchez, pero prefirieron tensar la cuerda con el PSOE, bloquear las instituciones, forzar unas elecciones y sustituir al socialista en las urnas. Mal negocio. Cometieron el error de creerse al personaje y de no asumir la realidad de lo que eran, un mero hervor ocasional. Parece mentira en gente tan supuestamente leída, pero alcanzar el Gobierno en pleno ascenso social y con el aplauso mediático, como podía haber sido en 2016, hubiera legitimado transformaciones que luego, en 2020, chirriaban.

La segunda lección es permitir que se asiente una oligarquía en el partido. Sé que es inevitable, pero cuando un grupo de poder interno se acomoda se pierden los objetivos de la organización. Vamos, que se sustituye el motivo originario del partido por los intereses personales de los dirigentes. Es aquí cuando la organización se desangra en luchas internas y aparecen las purgas. Dejar que un partido dogmático fomente las «autocríticas» es un suicidio porque es noticia que acaba trascendiendo a los medios, y esto debilita. Lo que queda entre la gente es que todo se reduce a un «quítate tú para ponerme yo». Ha pasado en Podemos, ocurre en Sumar, y también en otros partidos de la nueva política, desde los bailes en Ciudadanos hasta el asunto de Macarena Olona y Espinosa de los Monteros en Vox.

La tercera es no permitir una circulación democrática de líderes, sino vivir del dedazo y de la tutela. Creo que esto no necesita mucha explicación. De hecho, ahí sigue Pablo Iglesias, cuya sombra sobre las actuales dirigentes de Podemos es más que alargada. Manda, pero no se presenta a las elecciones. Quedarse sin figurar es tóxico. Es tan raro que la gente no vota a Podemos. Cuando un equipo dirigente se va ya no aparece nunca más. De lo contrario es simular una renovación. Esto la gente lo percibe. Pregunten.

«Los podemitas, y ahora Sumar también, son tan predecibles cuando recitan el libreto que se convierten en un meme»

En esta hay una derivada. Me refiero a la identificación exagerada del proyecto con un líder. Eso supone que sea casi insustituible si fracasa en las urnas, o cuando es incoherente con su discurso de vida austera como Iglesias, o cuando resulta tan antipático que no puede ganar más votos. Este fenómeno se da en Podemos, Vox y está apareciendo en el PSOE y en Sumar con Yolanda Díaz. Dicha identificación no es sana porque impide a la organización poner al frente a una persona de recambio. Al final, para sobrevivir se ven obligados a refundar el partido. Mal asunto. Esto transmite poca seriedad, la sensación de fiasco general, y que la organización es una empresa para colocar gente.

El cuarto, y último por hoy, es el dogmatismo constante, la poca flexibilidad y la retórica exagerada. Los podemitas, y ahora Sumar también, son tan predecibles cuando recitan el libreto que se convierten en un meme. Repiten las mismas frases, expresiones y estructura argumentativa, con el equipo de opinión sincronizada siempre preparado. Esto puede llamar la atención al principio, en ese «momento populista» del que hablaba al inicio, pero luego satura. La saturación se debe a que un discurso demagógico siempre choca con la realidad. Cuanto más tiempo pasa, peor para el populista. La gente se da cuenta de esta contradicción muy pronto y deja de confiar en esos políticos.

Y así llegamos al espectáculo actual. Las elecciones se suceden en contra de Podemos. En cada cita con las urnas, sea donde sea, cuentan cada vez menos. Tienen la mala suerte de que tenemos una convocatoria tras otra. Pero si los resultados no acompañan, el partido se arruina, y sin dinero, los antes fervorosos militantes o «inscritos» se van a sus casas o a probar fortuna en otra organización. Es ley de vida.

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