El ejemplo de la izquierda británica
«La izquierda española sigue instalada en la idea contraria: que el partido, el Gobierno e incluso las instituciones deben adaptarse a las necesidades de su líder»

Ilustración generada mediante IA.
La política europea nos deja estos días una imagen que merece una reflexión más profunda que la mera crónica de actualidad. Keir Starmer ha anunciado su dimisión como primer ministro del Reino Unido tras perder la confianza de una parte creciente de su partido y después de una serie de reveses electorales que han puesto en cuestión su capacidad para seguir liderando el proyecto laborista.
No comparto muchas de las políticas impulsadas por Starmer durante su etapa al frente del Gobierno británico. Tampoco creo que sus decisiones hayan sido siempre acertadas. Pero precisamente por eso resulta especialmente interesante observar cómo ha terminado esta historia.
Cuando una parte significativa de los diputados de su propio partido llegó a la conclusión de que ya no era el mejor candidato para ganar las próximas elecciones, se abrió un debate interno. Cuando los resultados comenzaron a deteriorarse y la confianza política desapareció, el liderazgo fue cuestionado. Y cuando quedó claro que su continuidad podía convertirse en un problema para el proyecto político que representaba, Starmer decidió apartarse.
Esta secuencia, que en el Reino Unido se percibe como algo relativamente normal, pone de manifiesto una diferencia cada vez más evidente entre la izquierda británica y la izquierda española. La primera conserva todavía una cultura política basada en la responsabilidad. La segunda parece haberse instalado en una lógica de resistencia permanente.
En el Reino Unido, los partidos siguen entendiendo que ningún dirigente es imprescindible. Antes ocurrió con Margaret Thatcher. Más tarde, con Tony Blair. Después, con Boris Johnson o Liz Truss. Ahora ocurre con Starmer. Las circunstancias son distintas en cada caso, pero el principio es el mismo: el líder está al servicio del partido y el partido está al servicio del país.
«Las ideas han sido sustituidas por la táctica. La acción de Gobierno ha quedado subordinada a la conservación del poder»
En España, por el contrario, llevamos años asistiendo a un fenómeno preocupante. Pedro Sánchez ha conseguido transformar al PSOE en una estructura completamente subordinada a su propia supervivencia política. El proyecto ha desaparecido detrás del líder. Las ideas han sido sustituidas por la táctica. La acción de Gobierno ha quedado subordinada a la conservación del poder.
Los acontecimientos de las últimas semanas ilustran perfectamente esta deriva. Esta semana, el Tribunal Supremo condenó al exministro José Luis Ábalos en una de las sentencias más graves que han afectado a figuras vinculadas al núcleo político del sanchismo desde la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa.
En cualquier democracia europea consolidada, una condena de esta magnitud habría provocado una profunda reflexión interna sobre las responsabilidades políticas derivadas de los hechos. Habría abierto un debate sobre la capacidad del liderazgo para seguir representando un proyecto creíble ante los ciudadanos. Sin embargo, en España la reacción vuelve a ser la misma: cerrar filas, negar cualquier responsabilidad y convertir una crisis política en una nueva operación de resistencia.
«La pregunta ya no es qué quiere hacer Pedro Sánchez con España. La pregunta es qué está dispuesto a hacer para seguir siendo presidente del Gobierno»
Cada escándalo que en otros países habría provocado una crisis de liderazgo se convierte aquí en un episodio más de supervivencia política. Cada derrota electoral se presenta como una victoria moral. Cada cesión a partidos separatistas o extremistas se justifica como un sacrificio necesario para evitar la alternancia democrática.
La pregunta ya no es qué quiere hacer Pedro Sánchez con España. La pregunta es qué está dispuesto a hacer para seguir siendo presidente del Gobierno. Y esa diferencia es fundamental. Porque la democracia no consiste únicamente en ganar elecciones. Consiste también en aceptar que el poder es temporal. Consiste en entender que las instituciones son más importantes que quienes las ocupan. Consiste en asumir que los partidos políticos tienen la obligación de servir a los ciudadanos y no a las ambiciones personales de sus dirigentes.
La dimisión de Starmer demuestra que todavía existen organizaciones políticas capaces de anteponer el interés colectivo a la carrera de un líder concreto. Puede discutirse si llega tarde o si debería haberse producido antes. Lo que resulta difícil de discutir es que el Partido Laborista ha reaccionado cuando ha percibido que la situación era insostenible.
¿Puede alguien imaginar hoy un debate semejante dentro del PSOE? ¿Puede alguien imaginar a los dirigentes socialistas planteando abiertamente si Pedro Sánchez sigue siendo el mejor activo electoral para su partido? ¿Puede alguien imaginar una reflexión interna sincera sobre el desgaste institucional, la pérdida de credibilidad o el deterioro de la confianza pública tras una sentencia de semejante gravedad?
La respuesta parece evidente. La cultura política que durante décadas caracterizó a los grandes partidos europeos ha sido sustituida en España por un modelo presidencialista de facto en el que todo gira alrededor de una sola persona. Y cuando eso ocurre, la calidad democrática se resiente.
«Los problemas de una democracia comienzan cuando los gobernantes creen que son indispensables; cuando los partidos dejan de controlar a sus líderes»
Por eso la noticia que llega desde Londres no es únicamente una noticia británica. Es también un espejo en el que España debería mirarse. Porque los problemas de una democracia comienzan cuando los gobernantes creen que son indispensables; cuando los partidos dejan de controlar a sus líderes; cuando las instituciones dejan de ser un límite al poder y se convierten en instrumentos al servicio de quien lo ejerce.
La izquierda británica ha demostrado, una vez más, que ningún dirigente está por encima de su partido. La izquierda española sigue instalada en la idea contraria: que el partido, el Gobierno e incluso las instituciones deben adaptarse a las necesidades de su líder.
Mientras en Londres un primer ministro abandona el cargo por haber perdido la confianza política de los suyos, en España un presidente se aferra al poder incluso cuando quienes fueron sus colaboradores más cercanos son condenados por corrupción por el Tribunal Supremo.
Esa es la verdadera diferencia. Y esa es, quizá, la principal lección que España debería aprender de lo ocurrido estas semanas.