The Objective
Paula Quinteros

El misterio venezolano

«Después de tanto abuso, tanta mentira y tanta muerte, Venezuela sigue produciendo ciudadanos capaces de arriesgar la vida por un desconocido»

Opinión
El misterio venezolano

Ilustración creada con IA.

El terremoto ha destruido una última ficción: la idea de que la corrupción es una abstracción política o un debate ideológico. La corrupción pesa. La corrupción ocupa espacio. La corrupción tiene volumen. Y, llegado el momento, mata.

Mata cuando los edificios que debían resistir se convierten en escombros. Mata cuando las infraestructuras eran apenas el rastro burocrático de un saqueo. Mata cuando el Estado ha sido vaciado hasta convertirse en una maquinaria de poder incapaz de proteger a sus ciudadanos. Mata cuando la mentira deja de ser un discurso y se transforma en hormigón hueco, en hospitales inexistentes, en sistemas de emergencia colapsados, en vidas sepultadas.

El terremoto ha hecho visible algo que Venezuela conoce desde hace demasiado tiempo: que la corrupción nunca fue solamente un problema moral o político. Era también una fuerza física.

Más desconcertante aún que la escala del desastre resulta la reacción de los venezolanos. Va más allá de la capacidad de resistencia o de sacrificio. Es su persistente negativa a asumir el papel de víctima.

Durante casi tres décadas, millones de venezolanos han soportado pérdidas materiales, profesionales, familiares y afectivas de una magnitud difícil de encontrar en sociedades que no hayan atravesado una guerra. Y, sin embargo, rara vez han reclamado para sí la identidad del agraviado. Han reconstruido sus vidas con una mezcla de dignidad, humor y pudor moral tan extraordinaria que, a veces, resulta incluso perturbadora.

Hay una forma de dignidad venezolana que siempre me ha desconcertado: esa manera tan radical de conservarla que, a veces, parece ocultar la verdadera dimensión de la injusticia sufrida.

Por eso este terremoto conmueve de una manera distinta. Porque ha dejado al descubierto, al mismo tiempo, la verdad física de la corrupción y la singular calidad humana de quienes la han padecido.

Mientras algunos funcionarios roban, especulan o simplemente exhiben una indiferencia imposible de comprender, cientos de miles de personas actúan impulsadas por algo mucho más elemental: la convicción de que cualquier vida merece ser salvada. No la propia. No la del familiar. Cualquiera.

Y ahí aparece, una vez más, el misterio venezolano: el rescatista que cava con las manos desnudas; la mujer que emerge de los escombros y se acomoda el pelo antes de hablar; el ciudadano que, después de haber perdido a un hijo, sigue excavando para encontrar a los hijos de otros.

Por eso resulta moralmente inaceptable escuchar que el regreso de María Corina Machado para acompañar a las víctimas supondría «politizar» la tragedia. Como ha escrito Karina Sainz Borgo, un terremoto es un hecho natural; lo que ocurre antes y después pertenece al orden de la política.

Como si esta tragedia no fuera política. Como si la destrucción institucional, la corrupción sistemática, la impunidad y la crueldad fueran fenómenos naturales.

El terremoto no unió a Venezuela. Venezuela ya estaba unida.

Lo estaba en esa red invisible de afectos, deberes y lealtades que ha permitido a millones de personas sobrevivir a lo que parecía incompatible con la vida civilizada. Lo estaba en la capacidad del más pobre para compartir lo poco que tiene. Lo estaba en esa rara fidelidad a una idea de país que nunca desapareció del todo, incluso cuando sus instituciones ya habían sido devastadas.

Ese país siempre estuvo ahí. Lo que ocurrió fue que una minoría capturó su confianza, saqueó sus recursos y trató de convencerlo, durante años, de que la degradación moral era el estado natural de las cosas.

El terremoto ha destruido también esa mentira.

Bajo los escombros no ha aparecido únicamente la corrupción acumulada durante décadas. Se ha revelado, sobre todo, algo mucho más difícil de destruir: la reserva moral de una sociedad que se negó a parecerse a quienes la gobernaron.

Y tal vez ahí resida la razón última para la esperanza. No porque el sufrimiento ennoblezca. No porque las tragedias unan a los pueblos. Sino porque, después de tanto abuso, tanta mentira y tanta muerte, Venezuela sigue produciendo ciudadanos capaces de arriesgar la vida por un desconocido.

Hay países que tienen petróleo, territorio o poder. Venezuela conserva algo mucho más raro: una reserva de decencia.

Sería obsceno convertir este dolor en una alegoría.

Porque hoy, mientras estas líneas se escriben, todavía hay madres esperando una ayuda que no llega. Todavía hay jóvenes que duermen sobre fragmentos de hormigón para no abandonar los cuerpos de sus familiares. Todavía hay personas atrapadas bajo una devastación cuya magnitud supera cualquier relato de heroísmo.

No todas las historias terminarán en rescates. No todas terminarán siquiera en duelo.

Periodistas que han cubierto terremotos, guerras y catástrofes humanitarias reconocen en Venezuela algo especialmente desolador: la sensación física de una injusticia tan prolongada y tan profunda que ninguna explicación parece estar a su altura.

Quizá por eso este terremoto resulta tan insoportable.

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