The Objective
Antonio Agredano

Pagándole la comida a 'Pequeño Ratón'

«El ciudadano paga más, trabaja más para Hacienda, y recibe a cambio un Estado fallón, con servicios empobrecidos y mal gestionados, al servicio del sanchismo»

Opinión
Pagándole la comida a ‘Pequeño Ratón’

Ilustración creada con IA.

El pasado 30 de junio, Hacienda metió mano en mi cuenta corriente. Ya. Ya sé que cuanto más pago es porque mejor me va. Ya, ya sé que ser español es estar al día con nuestros impuestos. Que la patria es apoquinar. Si es que la canción me la sé, y hasta puedo tararearla. Pero cuando vi el sablazo, lo siento, no pensé ni en hospitales, ni en colegios. La imagen que se me vino a la cabeza fue la de ese gatito huidizo y judicializado llamado Pequeño Ratón.

«Por él adopté un gato. Y, evidentemente, si ya es difícil encontrar un piso, imagínate con un animal. [José Luis Ábalos] me dijo que no me preocupara porque mientras yo siguiera estudiando la carrera, podría seguir quedándome en la casa», contó Jésica Rodríguez a los magistrados del Tribunal Supremo. La casa era un ático de lujo que se pagaba con mordidas. Una mordida es obtener dinero ilícito otorgando contratos públicos a empresas corruptoras. Pobres gatitos.

Jésica viajaba con el ministro. Se alojaba en lujosos hoteles y era parte de la comitiva en sus desplazamientos internacionales. Durante esos años de amor, Rodríguez fue contratada en Ineco y Tragsatec, empresas públicas dependientes del Ministerio de Transportes, donde cobró casi 44.000 euros pese a que, como se demostró en el juicio mascarillas, «no desempeñó tarea alguna». Hasta para las mascotas hay clases.

Como ministra, María Jesús Montero subió impuestos y elevó la presión fiscal. En sus recientes mítines ha defendido «lo público», como si cada sacrificio de los contribuyentes fuera, euro a euro, a sostener los servicios. Pero ya sabemos que no todo acabó en Sanidad, Educación o Dependencia. También en rescates bajo sospecha, aplicaciones inútiles, novias enchufadas y ministerios engordados para satisfacer a los socios de Gobierno.

El ciudadano paga más, trabaja más para Hacienda, y recibe a cambio un Estado fallón, con servicios empobrecidos y mal gestionados, lento en sus respuestas y puesto al servicio de la propaganda política del sanchismo. Mientras tanto, a los contribuyentes, mucha paciencia, muchísimos trámites y resignación.

«Lo público es la gasolina del Falcon y el aire acondicionado que no funciona en el aula de tus hijos»

La gente que está en el lado correcto de la historia, cuando me quejo de lo que pago solo por trabajar, siempre se agarra a ese concepto tan melifluo y elástico: «Lo público». Lo público es el sueldo de una maestra y la nómina de Jesús Cintora, más abultada la del segundo que el de la primera. Lo público es la gasolina del Falcon y el aire acondicionado que no funciona en el aula de tus hijos. Tan público era el sueldo de Santos Cerdán como el de la enfermera que hoy te ha cogido la vía.

Comprometidos o desencantados, todos pagamos. Ellos y nosotros sostenemos de forma idéntica el sistema. Pero es legítimo pedir una gestión eficaz, que no castigue a quien emprende, que no ordeñe a los ciudadanos, que mejore los servicios públicos, que pague más a quien mejor trabaje, que tome medidas cuando un funcionario público no realiza correctamente sus funciones.

Que no trabajemos para lo público, que sea lo público lo que trabaje para nosotros. Que nuestros impuestos tengan un sentido, un rumbo, una responsabilidad por parte del sistema. Un compromiso de adecuación y de respeto. Que nos caigamos en alegatos huecos y exculpatorios y calibremos, de una vez, el esfuerzo que hacemos para pagar y pagar. Estar pendientes, solo eso. Porque «lo público» se defiende con una gestión limpia y respetuosa con el esfuerzo, infatigable, de una ciudadanía que está sudando cada euro.

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