La corrupción es la revolución
«Este es el gran negocio moral de la izquierda actual: convertir el poder en virtud, el enriquecimiento en servicio público y la corrupción en compromiso político»

Ilustración generada con IA.
En una conversación conducida por Lucía Etxebarria, la historiadora, antropóloga y escritora Elizabeth Burgos describe una transformación que ayuda a entender buena parte de la izquierda de nuestra época. Burgos habla de aquellos antiguos militantes antiimperialistas, luchadores por el Tercer Mundo o revolucionarios que, aun equivocados y asumiendo causas nefastas, creían de verdad en lo que decían defender. Vivían para la revolución, difundían sus ideas y, con frecuencia, asumían riesgos, privaciones y dramas personales en nombre de una convicción.
Aquella izquierda podía ser peligrosa, sectaria o criminal. Pero no era, en sentido estricto, mercenaria.
Es justo en este punto que Burgos formula una observación clave para entender la transformación de la izquierda: ese tipo de militante ha desaparecido. El revolucionario de hoy ya no es un asceta político, un agitador movido por una fe ideológica, dispuesto a arriesgarlo todo por una causa. Es un profesional de la revolución. Un mercenario que conserva el lenguaje de la emancipación como una reliquia que todavía resulta útil.
Esta diferencia entre el viejo militante y el mercenario actual es crucial. Ernesto Che Guevara decía que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Trasladada al presente, la frase deviene en cruel ironía. Porque el militante-mercenario ha aprendido a conservar la estética de ese amor abstracto a los pueblos, a los oprimidos y a la justicia. Pero ha convertido la causa en un medio de vida, una fuente de influencia y una escalera hacia el poder. La revolución ya no exige sacrificio: exige remuneración. Si no hay paga, no hay lucha.
La ideología no desaparece. Simplemente se vuelve doblemente funcional. Primero, porque queda subordinada a la remuneración. La causa debe proporcionar contratos, fundaciones, asesorías, viajes, contactos, posiciones, patrimonio y cargos en los entornos donde se toman decisiones. Si no hay recompensa, no hay revolución porque sin beneficio la convicción se desvanece. Cuanto más elevada sea la causa, mayor deberá ser la recompensa.
«Si no hay recompensa, no hay revolución porque sin beneficio la convicción se desvanece»
Y es funcional también porque actúa como bula moral. Permite presentar el enriquecimiento como sacrificio; el favor político como cooperación; las relaciones con dictaduras como diplomacia humanitaria; la opacidad como discreción necesaria; y los negocios turbios como contribución al equilibrio geopolítico o a la justicia global.
Los revolucionarios de los años sesenta y setenta podían vivir en pisos clandestinos, esconderse, sobrevivir con poco dinero, pasar años en el exilio o aceptar una vida austera porque las comodidades podían distraerles de su misión.
Los nuevos revolucionarios habitan otro mundo. Ya no se organizan en imprentas clandestinas, células precarias o refugios improvisados. Se mueven a la vista de todos entre fundaciones, consultoras, laboratorios de ideas, empresas pantalla, consejos de administración y redes internacionales de influencia.
En este nuevo ecosistema revolucionario, el dinero es abundante: circula en forma de contratos, materias primas, comisiones, favores, propiedades, puestos institucionales, acceso a gobiernos y relaciones privilegiadas con grandes corporaciones. La retórica sigue sonando familiar: soberanía, antiimperialismo, paz, cooperación, Sur Global, justicia social. Pero el mecanismo se parece cada vez menos a una revolución y cada vez más a una industria.
«Con Zapatero se consolida una izquierda en la que la ideología deja de ser una convicción y se convierte en la coartada que los protege»
José Luis Rodríguez Zapatero es, en España, el ejemplo más soberbio de esta mutación descrita por Elizabeth Burgos en su conversación con Lucía Etxebarria. No solo por su evolución de antiguo dirigente socialista a operador internacional, intermediario y personaje habitual en redes donde confluyen Gobiernos, negocios, petróleo, materias primas estratégicas y preciosas e intereses transnacionales. También porque su trayectoria es clave para entender el PSOE actual.
Zapatero no es únicamente un caso. Es el modelo. Con él se consolida una forma de entender la izquierda en la que la ideología deja de ser una convicción que limita los intereses personales y se convierte en la coartada que los protege. La política ya no consiste solo en gobernar, sino en crear redes; no solo en defender una orientación ideológica, sino en disponer de una plataforma internacional de contactos, influencias, fundaciones, mediadores y oportunidades.
Esa es la conexión decisiva entre zapaterismo y sanchismo. El cordón umbilical.
El sanchismo no surge de la nada ni debe interpretarse como una simple degeneración sobrevenida de un viejo PSOE idealizado, en el que los casos de corrupción ya habían aflorado. Es la culminación de una lógica que Zapatero ayudó a instalar y a proyectar: la del partido como aparato de poder; la de la ideología como bula; la de las redes internacionales como extensión de la política local; la de la influencia como activo económico y político; y la de la causa como mecanismo de absolución.
«El mensaje heredado de Zapatero es sencillo y eficaz: la lealtad se recompensa, la ideología justifica y el poder abre puertas»
Zapatero es, en ese sentido, el padre político del PSOE actual. No porque eligiera personalmente a Pedro Sánchez ni porque influyera o diseñara cada una de sus decisiones, sino porque contribuyó a fijar su lenguaje, sus incentivos, sus relaciones y, en definitiva, estableció la cultura de poder que el sanchismo ha llevado a sus últimas consecuencias.
El mensaje heredado de Zapatero es sencillo y eficaz: la lealtad se recompensa, la ideología justifica y el poder abre puertas que, de otro modo, permanecerían cerradas.
Por eso, la corrupción deja de ser una anomalía más o menos extendida o la conducta aislada de unos cuantos individuos que traicionan al partido. Y se convierte en una forma de organización: financiación, promoción, disciplina interna, blindaje, reparto de posiciones y construcción de redes de dependencia. La corrupción ya no sería un accidente de la revolución. Sería su mecanismo.
Por supuesto, serán los tribunales quienes determinen las responsabilidades que procedan en el caso Zapatero y en el más que probable caso Sánchez. Pero la cuestión política es anterior y profunda: qué ocurre cuando un partido deja de contemplar el poder como un instrumento para transformar la realidad y empieza a tratarlo como una maquinaria de reproducción propia; cuando la ideología deja de ser una limitación y se convierte en un salvoconducto a título personal; cuando la moral se reduce a señalar a los adversarios mientras se normaliza cualquier exceso que garantice la supervivencia del aparato y de su líder.
«El militante-mercenario no se considera corrupto. Piensa que su compromiso justifica su corrupción»
El militante-mercenario no se considera corrupto. Piensa que su compromiso justifica su corrupción. Cree merecer una recompensa proporcional a la importancia de su misión. Al fin y al cabo, se dice a sí mismo, los capitalistas también se llenan los bolsillos. La diferencia es que ellos lo hacen por egoísmo, mientras que él afirma hacerlo para salvar al mundo. Esta lógica lo impregna todo y a todos: aparato y estructura; líderes, ministros, altos cargos, activistas, militantes y periodistas.
Ese es el gran negocio moral de la izquierda de nuestro tiempo: convertir el poder en virtud, el enriquecimiento en servicio público y la corrupción en una forma superior de compromiso político. Resumido en dos principios: el dinero es la recompensa. La ideología, la absolución.