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Psicología feliz

Entro siempre motivada de todo lo que voy a decir. Mientras me dan la acreditación y atravieso la pista de atletismo, hago repaso de las debilidades y bondades de mi hijo. Esta vez me han llamado ellos. Al parecer, el otro día no pudo más y se echó a llorar en clase, diciendo que iba a coger una ametralladora para acabar con todo el colegio. El chiquitín rubio que siempre sonríe, que hace chascarrillos, que saca dieces en las asignaturas más difíciles, el pequeño achuchable de ocho años que va a todas partes con su elefante de peluche, gritó: ¡voy a mataros a todos! Y por primera vez en siete años, no soy yo quien ha de llamar a la pedagoga para pedirle ayuda, para solicitar adaptaciones o ejercicios motivadores para mi hijo de Altas Capacidades que jamás he conseguido. Por primera vez es ella la que me llama a mí para preguntarme si mi hijo es feliz.

Llego a la oficina de la psicóloga. Me hace esperar. Estoy sola, sentada en un aula, en una silla que pone en evidencia mi tamaño. Me siento mayor, gorda, infeliz, encajada en mi pasado escolar. Llega, me saluda cariñosa. Sabe que mi hijo es un cielito y no se ha tomado en serio eso de que va a sacar un arma automática y matar a todo el mundo, claro. Por otra parte, no estamos en USA y por suerte, mis hijos solo tienen osos de peluche. Me digo: ¿Cómo duermen las madres americanas?

La pedagoga me explica lo que ya sé. Que el niño no tiene amigos. Que juegan al fútbol y que él no quiere este año jugar al fútbol. Me explica todo lo que ya sé y todo lo que yo ya les he explicado a los profesores y a los mal llamados psicólogos del colegio diez veces, cien veces, mil veces. Ella nunca “ha llevado mi caso” y tengo que empezar desde el principio, en este eterno día que es como estar en un aeropuerto. Estamos junto la cinta transportadora escolar que ya lleva seis años dando vueltas. Somos como las maletas de un vuelo aterrizado que nadie reclama. Cuando termino de explicarle por qué mi hijo está triste y ella termina de explicarme todas sus estrategias para lograr que haga amigos, y de pedir mi opinión sobre qué puede o no funcionar -Legos, ajedrez, parchís- para que el niño deje de estar triste en los recreos, ya llevamos una hora. Estoy haciéndolo bien, muy contenida y de pronto, dice: “bueno, pues a ver si con todo esto, conseguimos que sea feliz”. Toda mi contención se desvanece. Me convierto en Morgan Freeman en Cadena perpetua, cuando le suelta la filípica a los miembros del comité para su libertad provisional. Le digo:

-No, no va a ser feliz aquí. Yo lo tengo asumido y él lo tiene asumido. Tú no vas a cambiar el colegio, ni vas a despertar de su letargo a la profesora que manda los ejercicios mortales, ni yo voy a ganar nada viniendo cada tres meses a pedir motivación. Antes creía que sí, pedía adaptaciones para mis hijos de Altas Capacidades, pedía ayuda, pero sois como los políticos. Estáis muy convencidos de que hay que servir al pueblo, muy por la labor, muy de hacer promesas, “vamos a probar esto, vamos a probar lo otro, solo nos importa su felicidad”. ¿Pero sabes qué ocurre? Que lo ponéis en práctica durante un mes y luego se os olvida o viene otro padre con otro problema, otro niño amenaza con sacar la metafórica pistola y es el fin de la constancia. Muchos profesores, con honrosas y heroicas excepciones, hacen lo mismo. Traigo ideas y sugerencias para hacer las clases más amenas para todos los niños, no solo para el mío, para que los nombres comunes tengan contexto, les hablen de las Cuevas de Altamira enseñándoles una puñetera foto, en lugar de en una fotocopia mal parida, y decís eso de “en el futuro tendrán que enfrentarse a exámenes así. A que todo sea esquemático”. ¿Y a mí qué me importa el futuro de un niño que llora en presente? Además, no es cierto. Hay profesores que se lo trabajan y buscan motivarlo y yo les estoy inmensamente agradecida. Este año ha tenido mala suerte. Habéis hecho una carrera de psicología, la sociedad ha invertido en vuestra educación un dinero nada despreciable, pero no podéis practicar la psicología. Practicáis lo de todos: la defensa del sistema. Si un niño llora le dais un pañuelo y lo sentís mucho, pero no buscáis la raíz del llanto porque si la buscáis corréis el riesgo de poder encontrarla. Es malo, “el sistema”, me decís todos, como el torturador que tortura por órdenes superiores y se lava las manos. Es lo que hay, me insistís. Yo no sé cuántas veces he escuchado las frases: hay unos objetivos que cumplir. Pues yo también tengo mis objetivos. Los objetivos de las personas se llaman sueños. Sueños, que son lo contrario de vuestras realidades escolares.

La infancia va contigo toda la vida. ¿Te crees que uno es feliz con una infancia desgraciada colgando del alma? ¡A mi qué me importan los exámenes! Dejadle que no termine los bodrios y haced que solo cuente el examen, así, todos cumplimos, vosotros con los objetivos y él con sus sueños. Aquí, el problema es el colegio, el muermo, el aburrimiento, la desmotivación, las horas y las re-horas de todo lo que hay que terminar. Si fuera la profesora la que estuviera castigada a terminar en casa todas las banalidades que no escriben sus alumnos en la clase, ya verías cómo les mandaba escribir otra cosa. Él no es idiota. Se ha ajustado a estar solo en el recreo porque eso es preferible a estar intercambiando cromos del Real Madrid o enfrentándose al miedo de que no quieran que esté en el equipo porque no sabe pasar la pelota. Él está en el colegio, pero su mente está en la universidad. Hay niños que asimilan el colegio y otros que no. Le habéis enseñado que en el colegio, él no puede ganar. Él, con vosotros, nunca gana. Si no copia los rollos mortales de clase, pero saca un diez en el examen, no es buen alumno porque no “trabaja”. Si trabaja como un bestia, que es lo que ha estado haciendo, copiando rollos sobre los determinantes y los nombres comunes, pero saca un cinco: “no demuestra su potencial”. En el colegio nunca se puede ganar porque hacéis que sea una crítica constante. Aquí no existe la felicidad en el término medio y el término medio es la más común felicidad. Y yo hoy, he venido a cumplir un trámite. Hasta ahora creía que podía existir una solución, un parche, pero no lo hay. Según qué profesores tengan mis hijos o según qué amigos tengan, ese año serán felices, o más o menos felices y al año siguiente pues no. Eres psicóloga, pero el problema no es que mi hijo sea más o menos activo, más o menos inteligente, más o menos sociable. El problema es que el niño escolar no tiene nada que ver con el niño real. Nada es divertido, las asignaturas son banalidades esquemáticas, textos infumables que hay que copiar, listas de nombres que nunca se acaban, perros que ladran, gatos que maúllan con su determinante indeterminado, definiciones, la mayor parte del tiempo, equivocadas. Enfundar: ponerse ropa de vestir. No señora, enfundar no es eso, por mucho que lo diga el errado e infumable libro de Lengua. Enfundar es meter algo en una funda y a veces se puede utilizar metafóricamente, como “ir enfundado en los pantalones” como lomo en tripa, que decía mi abuela. Uno no se enfunda el abrigo, a no ser que le quede raquítico, que es lo que hace el dichoso abuelo del texto del libro. Vocabulario del tema 3: anemómetro, mosaico y horóscopo. Tres palabras que vienen a cuento de un texto de un abuelo que se enfunda el abrigo para explicarle a su incrédulo nieto que encontró un mosaico romano debajo de la cocina de su casa y que se lo llevaron y lo colocaron en un museo. ¿Les queréis hablar de los mosaicos sin gilipolleces? Habladles de los mosaicos de verdad. El mejor está en Antioquía. Ya verás qué éxito. Ya verás cómo escribe sobre los romanos. Son unos textos y unos ejercicios, estos del libro, que es como para que sea yo la que venga con la ametralladora. Es tremendo que tú seas psicóloga y que sepas que la raíz del mal es todo esto que digo, que lo sepas y que te calles y que defiendas lo indefendible, justificando en tu mente que no nos queda otra opción que ofrecerle unos Legos y un parchís, mientras me dices que a ver si logramos que sea feliz. Es indecente que me llames y me preguntes si el problema lo tiene en casa. Porque sí, sí, la verdad, lo tiene. La respuesta es sí. El problema de mi hijo es, irónicamente, que en casa es inmensamente feliz.

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