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Sobre el liberalismo en tiempos de cólera

"Antonio Maura, quizás el político más puramente liberal de nuestro siglo XX, juzgaba en un discurso en el Congreso que 'un rasgo fisionómico del pueblo español' es 'la falta de fe en la legalidad, de persistencia y confianza en el uso del derecho, una propensión innata al atajo de la arbitrariedad'"

El liberalismo funciona muy bien en el seno de países que no son exclusivamente liberales. No puede ser de otra manera, pues si ha de haber liberales, ha de haber también quien no lo sea y unos y otros necesitarán instituciones comunes que puedan reconocer espontáneamente como propias.

La retórica del liberalismo es magnífica. Allan Bloom lo puso de manifiesto en la necrológica que le dedicó a su amigo Raymond Aron: “Vivió –y probablemente habrá muerto animado por él- en ese extraño ascetismo espiritual, uno de los más arduos ascetismos, que consiste en creer en el derecho que los demás tienen de pensar como les plazca. Una cosa es morir por el dios o el país de uno y otra cosa es morir por proteger las opiniones de otros que uno no comparte. El mutuo respeto de los derechos, una curiosa clase secundaria de respeto, es la esencia de la convicción liberal. Y ese respeto, como un valor absoluto de la sociedad civil, es en realidad muy raro y se hace cada vez más raro. Aron realmente lo sentía.”

Es tan raro, que las democracias liberales tienen serias dificultades para reconocerse afirmativamente en el espejo sin algún aliño cosmético, como el de las palabras de Bloom, por ejemplo. Toda sociedad política necesita mostrar el poder edificante de lo mejor de sí misma y evitarse el masoquismo de la contemplación permanente de sus vergüenzas. Cuando no lo hace así, la propia democracia liberal se hace cuestionable. Animo a publicar el prólogo que Galdós escribió en 1901 para la tercera edición de La regenta, donde defiende que el estado de nuestra cultura nos impone la crítica afirmativa de nosotros mismos, porque los pueblos que piensan demasiado en sus debilidades, acaban por padecerlas. Esta sería una magnífica manera de contribuir al “año Galdós”. Un amigo de Galdós, el liberal Valera, indicaba en esta misma línea, que a los países les conviene mentir y pedantear un poco y así, para no quedar por mentirosos se esforzarán en llegar a ser lo que fingen ser antes de serlo.

Está muy bien defender el derecho de los demás a pensar como les plazca, pero su defensa no impidió a Aron escribir El Opio de los Intelectuales y denunciar el atractivo “poético” de los mitos de la izquierda. Tampoco se reprimió a la hora de ironizar sobre aquellos que con la única ambición de la objetividad dicen ocuparse de la política, pero acaban transformándose en periodista, o de publicar que los regímenes políticos que mejor funcionan son los que no son escrupulosamente escudriñados.

El liberal debe saber que, en política, el valor es un hecho. Por eso, puede ser liberal con la discusión de estas o aquellas leyes, pero no debería poner en cuestión ni la necesidad de nuestras leyes ni la superioridad de la ley sobre la tertulia. Y aquí es donde nos duele.

Entre las “anomalías” que Ganivet encuentra en “nuestro carácter jurídico”, la más notable es, a su parecer, nuestra “producción satírica encaminada a desacreditar a los administradores de la ley”. En cada español encuentra el granadino a un miembro del tribunal supremo que aspira “a la justicia pura” y no entiende que las leyes no sean más claras, rotundas, implacables y justas, sin casuísticas, sin excepciones, sin dilaciones. Tiende a ver en el acusado a un culpable y en el condenado, a un desamparado de la justicia. Persigue sañudamente al sospechoso, pero cuando es declarado culpable, siente piedad de él e intenta salvarlo con “tanto o más empeño que el que puso para derribarlo”. Empuja al reo hasta la picota, pero, una vez allí, se pone de su parte. Su piedad ya hace innecesario el cumplimiento de la sentencia.

Antonio Maura, quizás el político más puramente liberal de nuestro siglo XX, juzgaba en un discurso en el Congreso que “un rasgo fisionómico del pueblo español” es “la falta de fe en la legalidad, de persistencia y confianza en el uso del derecho, una propensión innata al atajo de la arbitrariedad”. Por amar más la justicia que la ley, acabamos vencidos por “ese atávico, incorregible amor a la arbitrariedad, ese desbordamiento del albedrío” que a tantos españoles hermana en el clima espiritual común del poscristianismo.

Yo, como me declaro sólo parcialmente liberal, no tengo reparos en pedir menos respeto a las opiniones (propias o ajenas) y más consideración a los argumentos, especialmente con los más fríos, es decir, los menos contaminados de emotivismo. Son estos últimos los que deben, por cierto, proporcionarnos la cosmética imprescindible para hacer posible la vida en común.

Estaría bien dejar de ser víctimas de nuestro derecho a pensar como nos plazca.

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