José María Albert de Paco

The Gypsy Prince

"Cuenta la leyenda que el apodo de Príncipe le vino de sus ojos claros y la gorra de marinero con que lo tocaba su madre"

Opinión

The Gypsy Prince
Foto: GDU
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

Rafael Castellón Vargas nunca supo qué ser, si torero, bailaor o cantante, la santísima trinidad de las artes a las que cualquier gitano de su tiempo estaba condenado. En la duda llegó a serlo todo: novillero fracasado, precursor de un paso de baile que amenazaba traspié, como de padrino borracho en un bautizo (y que luego sería el santo y seña del Jero, el del medio de Los Chichos), y vocalista de feria. Una medianía, dirán. En absoluto. De la amalgama de todas sus carencias surgió un artista irrepetible, un pionero sin conciencia alguna de serlo, tan seguro de su majestuosidad que sus actuaciones consistían básicamente en un repertorio de muecas que la afirmaran: nunca tuvo público sino un espejo, y acaso esa circunstancia influyó en que en todas sus actuaciones parecía estar debutando. De él dejó escrito Carlos Herrera que le faltó cabeza y le sobró esparcimiento para llegar a ser estrella. Traduzco: un flipao de sí mismo.

Cuenta la leyenda que el apodo de Príncipe le vino de sus ojos claros y la gorra de marinero con que lo tocaba su madre, que en cierta ocasión le arreó un tortazo en un tranvía y una viajera, al verlo, dijo en voz alta: “El guantazo que le ha dado la chacha, no te puedes fiar de ellas”. La ‘chacha’ respondió sacándose una teta y amorrando al hijo. “Pues tiene usted un príncipe”, terció la entrometida. Como era costumbre en la época, emergió al artisteo siendo aún un principito: no tenía 15 años cuando debutó en el Calderón, en el espectáculo de Lola Flores. El Príncipe Gitano cultivó la rumba, la zambra, la bulería, la copla, y lo hizo sin ahorrarse en ninguno de los géneros ese horrísono bebebebe… que es a la música lo que el abaniqueo a la lidia. Pero cómo exigirle contención al exagerado. Cuando se medía con Rafael Farina (sí, millenials, el galleo rap no lo habéis inventado vosotros), el escenario se convertía en un bar del far west con algo más de lumbre.

El pasado verano entrevisté a Lolita para un reportaje sobre el Pescadilla y mencioné al Príncipe Gitano a propósito del Dos extraños son. “No te equivoques, mi padre era mi padre; el Príncipe Gitano era otra cosa”. Dos raros que, a su manera, desafiaron el canon como lo hicieron Bambino, María Jiménez o Camarón… O como su hermana, la Terremoto, cuyo hit Achilipú se recuerda por Las Grecas. Al Príncipe le ocurrió lo mismo: el Porompompero fue antes suyo que de Escobar, y el Obí-obá fue popularizado por los Gipsy Kings, que sí se atrevieron a publicitarse como reyes sin que importara de qué.

Fue Elvis quien parodió In The Ghetto.

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