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Un problema humanitario

"Cuando se habla del reparto de los rescatados, puede que no haya otra manera de hacerlo, pero resulta deshumanizador, y nos hace olvidar que lo que hay en ese barco son personas"

Foto: Guglielmo Mangiapane | Reuters

Casi todo lo que rodea el asunto del Open Arms, el tema del verano, el tema de cada verano, sobre el que Europa deberá unificar una postura para que no se repita, desprende un tufo profundamente indigno e hipócrita. Está en las declaraciones de la vicepresidenta en funciones Carmen Calvo, que cuenta entre sus características la de no reconocer un error propio jamás, cuando dice que no entiende la posición del barco, o cuando dice: “Entendemos que la situación crítica es por la incertidumbre y la desesperanza, pero una vez se les dice que tienen un puerto seguro, y los inmigrantes saben que van a llegar, cualquiera puede entender que no hay ningún problema”. Cualquiera puede entender que no hay ningún problema, dice, después de llevar 17 días en el barco esperando a que quien debe reaccione y decida tomarse en serio el asunto. Hay algo también profundamente indigno en las palabras de Sánchez, es ese “He indicado”. Rescato aquí lo que escribe en sus memorias a propósito de la operación de rescate del Aquarius hace ahora un año: “A mí personalmente, el haber salvado la vida a 630 personas hace que piense que vale la pena dedicarse a la política. Te das cuenta de la fuerza y la capacidad de transformación que tienes desde el poder político. Sí, sabemos que son 630 personas nada más, que el fenómeno de la migración involucra a millones y que, por desgracia, no lo podemos resolver ni abordar nosotros solos. Pero se trata de seres humanos cuyas vidas concretas hemos cambiado y hemos salvado. Esto compensa todos los sinsabores de la política”.

Cuando se habla del reparto de los rescatados (40 para Francia, parecido Alemania, 15 para España…), puede que no haya otra manera de hacerlo, pero resulta deshumanizador, y nos hace olvidar que lo que hay en ese barco son personas, seres humanos, mujeres, niños y hombres cuyas vidas valen exactamente lo mismo que las nuestras.

Las palabras del fichaje estrella de Albert Rivera, Marcos de Quinto, en Twitter son directamente repulsivas, ese “bien comidos pasajeros”. El diputado electo ya ha sido respondido por la falta de humanidad que desprendían sus declaraciones, también por el tono impropio de un representante público, que recuerda un poco a ese tío un poco carca que todos tenemos que te dice que cómo puedes estar cansado si trabajas sentado.

Matteo Salvini, entregado a una campaña populista xenófoba, sigue firme en su pulso con Europa y con el primer ministro, Giuseppe Conte, que pide que se autorice el desembarco en Lampedusa. Salvini, como todos los populistas, ha diagnosticado correctamente un problema (la inmigración), pero cree que la solución es fácil: cerrar las fronteras. José Andrés Rojo se acordaba de El bello verano, donde Pavese escribía que el fascismo había introducido el miedo al porvenir en la cultura italiana: “No a ese porvenir que consiste en comodidad y alimento, sino al posible futuro catastrófico en que estallaría la guerra, la derrota o la victoria, el cataclismo”. Salvini hace creer que la culpa de todo es de la inmigración.

Por cierto, mientras el Open Arms, con bandera española, espera a 800 metros de Lampedusa para atracar, el Ocean Viking, de bandera noruega, espera puerto para desembarcar a 356 personas.

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