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V.S. Naipaul frente a la oscuridad

Foto: Chris Ison | PA via AP

En la isla caribeña de Trinidad hay una ciudad que se llama Maracas. Otra que se llama Matelot. Otra que se llama Valencia. Otra que se llama Brighton. Otra que se llama Toco. Otra que se llama Chaguanas. En esta última ciudad –que era más bien un pueblo que se hacía llamar ciudad- nació V. S. Naipaul en 1932.

Su mundo era esa isla perdida en el Caribe, un remoto confín del Imperio Británico en el que vivían abúlicos colonos ingleses, descendientes de esclavos africanos, hindúes que habían llegado a la isla para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar e inmigrantes llegados de otras partes de las Antillas, negros, blancos, mestizos, amarillos, cobrizos o que ni siquiera sabían de qué color tenían la piel. Era un mundo de segunda mano, sin memoria ni tradiciones, sin una historia que fuera más allá de unas cuantas leyendas y de unos pocos mitos más o menos engañosos. Por no tener, ese mundo ni siquiera tenía un idioma que se pudiera llamar propio: en Trinidad, el idioma oficial era el inglés, pero el idioma que se hablaba en la calle era el “creole”, un inglés híbrido de sintaxis simplificada en el que había muchas palabras de origen francés, español, hindi, yoruba o incluso chino. Un gran escándalo era a bacchanal; un matón era un bad-john; sufrir el dolor de un desengaño amoroso era “to have a tabanca”.

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Trinidad, 1800. Mapa de Robert Laurie y James Whittle vía David Rumsey Historical Map Collection.

 

Era un mundo de segunda mano, sin memoria ni tradiciones, sin una historia que fuera más allá de unas cuantas leyendas y de unos pocos mitos más o menos engañosos.

Los Naipaul vivían en Puerto-España, en el número 26 de una calle del barrio hindú llamada Nepaul porque muchos años atrás había albergado a unos nepalíes recién llegados a las Antillas a trabajar en condiciones de semiesclavitud (el abuelo de Naipaul era uno de esos recién llegados). La casa ocupaba la mitad de un edificio destartalado, de dos pisos, con el techo de chapa acanalada. La casa era tan pequeña que los Naipaul –siete en total- apenas tenían 75 metros cuadrados de espacio propio. En los alrededores había un café chino y una fábrica portuguesa de jabón, de la que salía un agradable perfume que se expandía por el aire. El padre de Naipaul, Seepersad, soñaba con ser escritor pero tenía que escribir reportajes para un periódico que nadie leía. El padre se jactaba de pertenecer a la casta de los bramanes, pero corrían rumores de que era hijo de una madre desconocida. El niño Naipaul era un alumno aplicado de un profesor mulato que tenía el desdichado apellido Worm (Gusano). Mr. Worm (o el señor Gusano) leía en clase “Veinte mil leguas de viaje submarino” sin conseguir despertar ningún interés en aquel alumno empollón.

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Una estudiante deja fotografiar su copia firmada de “The Loss of El Dorado” de V.S. Naipaul | Foto: Georgia Popplewell vía Flickr bajo CC License.

A los once años, sin haber sentido jamás el impulso de inventar historias, Naipaul decidió que quería ser escritor. ¿Por qué? Probablemente porque intuía que no tenía nada más que aquella isla perdida en el culo del mundo, sin memoria ni tradiciones ni nada que se le pareciera. Y porque no tenía nada más que aquella casa angosta y destartalada o aquel Señor Gusano que le leía “Veinte mil leguas de viaje submarino”. Y porque su padre –el periodista sin lectores, el dandy despreciado por ser oscuro y pobre- había querido ser escritor y nunca lo logró. Y porque al hijo le atraían los desafíos. Y porque el hijo era ambicioso y odiaba vivir en Trinidad y quería volverse inexpugnable. Y porque estaba harto de sufrir el desprecio de todos los que lo miraban por encima del hombro. Y porque en el colegio había descubierto un libro en español que se llamaba “Lazarillo de Tormes” y porque ese libro contaba una historia muy parecida a la suya, una historia de pobreza y desamparo. Y sobre todo porque el mundo exterior –como contó en su discurso de recepción del Premio Nobel- “sólo existía en una especie de oscuridad”, y el jovenzuelo Naipaul –ese niño sin memoria ni tradiciones y sin siquiera un idioma propio- quiso explorar lo que se ocultaba en aquella “especie de oscuridad” que era tan grande como el mundo.

Sin duda fue un ser desconsiderado, egoísta, inmaduro, gruñón, arrogante y desdeñoso (…) pero a la hora de mirar de cerca “esa especie de oscuridad” que rodeaba su propia vida, Naipaul nunca arrugó la nariz ni escurrió el bulto.

A los 17 años, V.S. Naipaul partió con una beca –una de las cuatro que daba el gobierno británico a los nativos de Trinidad- para estudiar en Oxford. A partir de aquel día renegó de Trinidad y de su pasado y se concentró en la misión casi sagrada de convertirse en escritor. Si se hubiera quedado en la isla, le confesó a su biógrafo, se habría suicidado como hizo un amigo suyo que salía retratado en uno de los relatos de “Miguel Street”. En Oxford, Naipaul conoció a una estudiante becaria, como él, de nombre Patricia Hale, y se casó con ella cuando los dos tenían 22 años. Patricia –que luego sería Lady Patricia Naipaul- fue una mujer fascinante a pesar de que Naipaul le hizo la vida imposible: no le regaló un anillo de boda porque “no creía en las joyas” y la despreció y la ignoró, a pesar de que ella le fue siempre fiel y trabajó para él y fue su mejor lectora y su mejor consejera y su mejor apoyo en los momentos de depresión y de desánimo.

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Foto: Chris Ison | AP PHotos

El biógrafo de Naipaul, Patrick French, leyó los 24 volúmenes de diarios que Patricia fue escribiendo a lo largo de sus cuarenta años de matrimonio infeliz y los usó para escribir una biografía que pone los pelos de punta por la crueldad y el egoísmo que muestra Naipaul, y no sólo con Patricia, sino con su amante anglo-argentina Margaret Gooding, a la que llegó a maltratar físicamente. Pero no hay que olvidar que fue el propio Naipaul quien cedió los diarios de su esposa a su biógrafo en vez de ocultarlos o destruirlos, como habría hecho otro escritor más cobarde o más hipócrita que él. Sin duda Naipaul fue un hombre desagradable y mezquino en su vida privada, y sin duda fue un ser desconsiderado, egoísta, inmaduro, gruñón, arrogante y desdeñoso, claro que sí, pero a la hora de enfrentarse a la verdad, a la hora de mirar de cerca “esa especie de oscuridad” que rodeaba su propia vida, Naipaul nunca arrugó la nariz ni escurrió el bulto. Por eso escribió algunos de los mejores libros de la segunda mitad del siglo XX.

Inglaterra se portó bien con el inmigrante de piel oscura nacido en una isla perdida del Caribe. Un aristócrata que admiraba sus libros le permitió vivir por muy poco dinero en una casa de Wiltshire, en el sur de Inglaterra, y sus libros y sus reportajes se vendieron relativamente bien y le permitieron llevar una vida desahogada. Naipaul incluso llegó a ser nombrado “sir” –no invitó a la ceremonia a ningún familiar suyo- y años más tarde, en 2001, ganó el Premio Nobel.

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V.S. Naipaul recibiendo el Premio Nobel de Literatura (2001) del rey de Suecia Carl Gustaf en el Stockholm Concert Hall. | Foto: Henrik Montgomery / TT FILE via AP

 

Inglaterra se portó bien con el inmigrante de piel oscura nacido en una isla perdida del Caribe.

Al mismo tiempo, su mal carácter y sus disputas con otros escritores se iban haciendo legendarias. A pesar de que vivía en la zona del sur de Inglaterra que Thomas Hardy inmortalizó con el nombre de Wessex, Naipaul opinaba que Hardy era un “escritor insoportable, incapaz de componer un solo párrafo aceptable”. Su opinión de Henry James no era mucho mejor: “Ese horrible americano… de hecho es el peor escritor del mundo”. De Jane Austen decía que él era mil veces mejor novelista y que si Inglaterra hubiera fracasado como país en el siglo XIX, nadie leería ahora sus libros. También dijo, en otro de sus exabruptos estúpidos, que ninguna mujer había escrito nunca un libro inteligente. Sus opiniones sobre Proust o sobre Joyce eran igualmente idiotas. Con Derek Walcott, el poeta antillano que ganó el Nobel pocos años antes que él, el odio alcanzaba proporciones homéricas. Y la historia de su amistad traicionada con Paul Theroux es tan conocida que no vale la pena contarla. Los dos, durante años, pasaron de enviarse cartas afectuosas a insultarse y burlarse hirientemente el uno del otro, hasta que al final hicieron las paces, o al menos firmaron un pacto de no agresión, como esos países que firman un reticente alto el fuego cuando descubren que ninguno de los dos podrá ganar la guerra. Los únicos escritores que Naipaul apreciaba, aparte de su padre, eran Dickens y Tolstoi. Cuando tuvo un feroz ataque de asma, su mujer Patricia intentó curarlo leyéndole en voz alta “Los papeles del club Pickwick”.

 

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Junto a su esposa Nadira en el Festival Internacional de Literatura India en 2002 | FOto: Manish Swarup | AP Photos

 

Pero todo esto tiene muy poca importancia. Lo único que nos interesa de Naipaul fue lo que escribió, no lo que dijo o lo que pensó o lo que hizo cuando contrataba prostitutas o despreciaba a su abnegada Patricia. Y Naipaul ha escrito algunos libros magníficos que nadie podrá discutir con argumentos estéticos o artísticos. Si tuviera que elegir, me quedaría con la novela que le inspiró su padre, “Una casa para el señor Biswas” (1961), porque el delicado equilibrio entre lo cómico y lo patético que alcanza Naipaul es genuinamente dickensiano: “Habían comprado un perchero para sombreros, no porque tuvieran sombreros, sino porque era una pieza de mobiliario que tenía todo el mundo, salvo los muy pobres. En consecuencia, el señor Biswas se compró un sombrero”. Pero quizá su mejor novela sea “Un recodo en el río” (1979), con su famosa frase inicial: “El mundo es lo que es: los hombres que no son nada, los que se dejan llevar a sí mismos a no ser nada, carecen de lugar en el mundo”. Naipaul contaba la historia de Salim, un hombre de origen hindú que vivía en algún lugar de África que podría ser Uganda o Kenia, o incluso Ruanda, y que intentaba descubrir –sin conseguirlo nunca- cuál era su lugar en el mundo.

“El mundo es lo que es: los hombres que no son nada, los que se dejan llevar a sí mismos a no ser nada, carecen de lugar en el mundo”

Naipaul tampoco encontró jamás su lugar en el mundo, pese a llegar a ser “sir Vidia Naipaul” y vivir en un cottage como un aristócrata rural y escribir extraordinarios libros de viajes y algunas de las mejores novelas del siglo XX. No está nada mal para alguien que creció en la casa destartalada de Nepaul Street, en una isla caribeña que nadie sabría situar en un mapa, condenado para siempre a no ser nada y a dejarse llevar a sí mismo a no ser nada. Y siempre, siempre, envuelto en la misma oscuridad.

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