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Vacaciones de mí

Foto: Charlie Foster | Unsplash

Las preciosas vacaciones, para quien las tenga, son el tiempo consagrado a uno mismo. Se trata, en teoría, de relajarse, recuperar el señorío sobre el tiempo que el dinero nos ha usurpado, reconquistar la risa y atiborrar el perfil de nuestras redes sociales de parajes y cielos menos contaminados. En teoría. Porque nada sucede nunca como esperamos.

Yo planeaba mis vacaciones con mi mujer. Tener hijos pequeños limita el presupuesto y el elenco geográfico, así que optamos por no movernos de la ciudad pero sí apuntarnos a una de esas ratoneras con piscina llamadas clubes de campo. Y fuimos. Pero al tercer día mi mujer no resucitó sino que cayó por la escalera rompiéndose el tobillo y nuestros planes se fracturaron al mismo tiempo que los maleolos. Nuestra ilusión, la postal de los niños en el agua. Mi mujer fue operada y desde entonces, han pasado ya dos meses, guarda reposo mientras yo me ocupo de seis niños pequeños, la comida, la casa, y me las ingenio para leer o escribir en los rincones de cada día.

Si bien aciagas, estas vacaciones, no obstante, me han enseñado muchas cosas. Sobre todo el fin último de nuestro tiempo, que no es uno mismo sino el prójimo. Es difícil desde el esfuerzo, por descontado. Pero descubrir esta dificultad, la de salir de uno mismo y concluir en el otro, ya es un paso importante porque uno descubre lo endiosado que anda, lo fácil que es escribir sobre el amor pero qué costoso aterrizarlo.

Lo cierto es que me siento bien. Seguramente mejor que si el tiempo estival hubiera sido mío, para mí, tal y como lo habíamos planeado. Ser enfermero, cocinero, niñero, padre y esposo es lo mejor que me ha pasado. Lo digo en serio. Servir y no ser servido. Olvidarme de mis asuntos. Tener vacaciones de mí, a fin de cuentas. Cuando esta mañana he mirado la cicatriz en el tobillo de mi mujer, me he sonreído. Es un icono. La puerta a otra dimensión. Un secreto. El hallazgo de esta escandalosa paradoja: el descanso no está en sortear las cruces; la cruz es el verdadero descanso.

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