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THE OBJECTIVE anticipa en primicia un fragmento del nuevo libro de Cayetana Álvarez de Toledo

Este periódico ofrece a sus lectores en exclusiva el adelanto del nuevo libro de Cayetana Álvarez de Toledo, ‘Políticamente indeseable’ (Ediciones B): un capítulo-decálogo de desafíos para la política liberal

THE OBJECTIVE anticipa en primicia un fragmento del nuevo libro de Cayetana Álvarez de Toledo

Cedida por la editorial

El próximo 18 de noviembre, saldrá a la venta Políticamente Indeseable (Ediciones B), de Cayetana Álvarez de Toledo. Una mezcla de crónica sobre la decepción política, de ensayo sobre las amenazas a la democracia, trufado con encantadores retazos de memoria familiar.

THE OBJECTIVE ha accedido en primicia a uno de los capítulos de Políticamente indeseable, un libro que –incluso antes de publicarse– ya está en boca de todos.

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A continuación, el adelanto:

«En España, en Europa, en América del Sur, del Centro y del Norte, en el conjunto de eso que llamamos Occidente… necesitamos políticos dispuestos a promover con vigor las ideas liberales. En el sentido más profundo e integrador del término «liberal», como sinónimo y catalizador de una nueva Ilustración. Los herederos de las luces exhiben hoy una desgana aburguesada, caprichosa y flácida. Se han vuelto relativistas, cómodos y cobardones. Tienen miedo a ofender a quienes no comparten sus ideales. «No tenemos derecho a imponer los valores occidentales», se justifican. Es exactamente al revés: a lo que no tenemos derecho es a considerar que la libertad, la democracia, la tolerancia o el espíritu crítico son patrimonio exclusivo de Occidente. Los valores ilustrados no son mejores porque surgieran en nuestras tabernas, como me señaló Jonathan Haidt —¡sí, somos tabernarios!—, sino porque han impulsado tres siglos de progreso y porque son los únicos que pueden seguir haciéndolo. La transacción que nos proponen los nuevos mandarines —«Entrégame tu libertad, que yo a cambio te garantizo el capital»— es una estafa mefistofélica. No hay prosperidad sin paz civil, ni verdadera paz civil sin respeto a la libertad individual. La única salida es hacia delante, y luchando.

Combatamos las políticas identitarias y reivindiquemos la igualdad de todos los ciudadanos, independientemente de su sexo, raza, creencia o condición social. El colectivismo —llámese comunismo, nacionalismo, neofeminismo, indigenismo o islamismo— es incompatible con una comunidad democrática, a la que socava y destruye. Ninguna forma de discriminación es aceptable o positiva, tampoco las que se presentan como el resarcimiento de un agravio histórico: la venganza del #MeToo, la farsa revisionista de López Obrador, la exigencia de indemnizaciones por la esclavitud. No somos responsables subsidiarios de lo que hayan hecho nuestros padres, ni nuestros hijos lo serán de lo que hagamos nosotros. Nacemos libres —también de todo pecado político— e iguales.

Sofoquemos la xenofobia, tanto la que rechaza que un extranjero pueda convertirse en un vecino, como la que busca convertir a un vecino en extranjero. Esta es la vergüenza imborrable del nacionalismo: su empeño en desandar, cuesta abajo, el camino de la civilización para devolvernos al fondo de la tribu, donde anidan los sentimientos más oscuros: el resquemor, el miedo, el odio. Y esta es, también, la conmovedora superioridad moral de la España constitucional: en cuarenta años no ha pronunciado una sola palabra de exclusión o de rechazo contra nadie. No ha fabricado un solo extranjero, por ningún motivo, ni ideológico, ni identitario, ni religioso. Todos los españoles somos titulares de la soberanía que compartimos e igualmente dueños de cada palmo de nuestra nación. Tan mía es Santa María del Mar como de Albert Boadella la Alhambra. Españoles de Cataluña, catalanes de España.

Desmontemos a los equidistantes, con su afición a los eufemismos y sus veleidades radical chic. No existe el punto medio entre la libertad y la servidumbre, ni entre la igualdad y la discriminación, ni entre la ley y la selva. La verdad no es un algoritmo ni el resultado de una suma de versiones: existe, puede aprehenderse y es un bien a proteger. El centro político también existe, pero no es ese lugar melifluo, hueco, paralizado, donde los oportunistas juegan al tiquitaca con las ideas. No depende de los extremos ni de los intereses de la izquierda. Únicamente de sí mismo. Es la defensa radical del ciudadano frente a cualquier forma de colectivización. El centro de gravedad, frente a la gravedad.

Rechacemos la mordaza de la moderación. ¿Defender, moderadamente, el pacto constitucional? ¿Exigir, moderadamente, el cumplimiento de la ley? ¿Oponerse, moderadamente, a un intento unilateral de secesión? ¿Denunciar, moderadamente, la humillación de las víctimas del terrorismo? ¿Reivindicar, moderadamente, la presunción de inocencia para hombres y mujeres por igual? ¿Combatir, moderadamente, la intolerancia, la censura y los linchamientos ejercidos en nombre de la moderación? En España, la moderación no es tanto una virtud como un defecto, porque no se proyecta sobre las formas, que perfeccionan la verdad, sino sobre el fondo, sustituyendo a la verdad. Es la etiqueta que la izquierda y los nacionalistas te conceden cuando te portas bien. Es decir, cuando haces lo que a ellos les conviene. Esta es la principal paradoja de la Era de la Cancelación: los reaccionarios llaman fascistas a los liberales. Si no te llaman fascista no eres nadie.

Desafiemos la disciplina malentendida, la que se codea con el dogmatismo y se opone a la deliberación. En los partidos y fuera de ellos. Hay que desterrar la mediocridad, el matonismo y el miedo que envilecen la política y el debate público. Un militante no es un miliciano, e ir por libre no es ir simplemente a la contra. Libertad y lealtad son compatibles. Deliberación y disciplina son compatibles. Lo que no tiene sentido, por anacrónico y abusivo, es la disciplina sin deliberación. La autoridad sobre el voto no otorga a un partido el monopolio de la voz. En eso consiste la política democrática. El que está en minoría asume que no puede imponer su posición, pero no por ello renuncia a defenderla. Y el que ostenta la mayoría ejerce su responsabilidad, sin por ello silenciar al discrepante. Mi voz es mía. Siempre. Mi voto es del partido. Casi siempre. La democracia interna facilita, además, un objetivo clave para España y Occidente: la reagrupación de los ilustrados en un espacio político nuevo. Juntos los distintos.

Acabemos con el apaciguamiento. Por inmoral y por inútil. La preservación del orden liberal, el mejor de los posibles, exige principios, paciencia y perseverancia. Lo mismo en Caracas que en Kabul, en Rentería que en Vic. Contra el repliegue político y cultural, impulsemos un nuevo despliegue. De España sobre todo su territorio, empezando por Cataluña, y de Occidente en el mundo. Cualquier ética es por definición una forma de intervención contra el tribalismo, la irracionalidad y la violencia. Y algunas veces, como en las playas de Normandía o el desierto de Kandahar, requiere entregar lo que Lincoln llamó «the supreme measure of our devotion». Hasta la ONU lo reivindica con un epígrafe bello y sobrio: «La responsabilidad de proteger». Civilización o barbarie.

Evitemos el tacticismo, tentación de trileros y timoratos. La política grande, capaz de equilibrar o incluso volcar un tablero cultural, exige audacia estratégica. Y a veces también renuncias. Anteponer el bien común a consideraciones partidistas o electorales inmediatas no es abdicar de la alternativa, sino ejercer una alternativa patriótica. Lo hicieron los hombres de la Transición, con una serenidad admirable. La impresionante sesión parlamentaria que desembocó, el 18 de noviembre de 1976, en la aprobación de la Ley para la Reforma Política es el momento de máxima racionalidad de la política española. El excelente discurso de Fernando Suárez. El conmovedor gesto de Adolfo Suárez. La inteligencia y la generosidad se impusieron, a la vez, al adanismo y al inmovilismo, a la ruptura y al búnker. Su luz señala el camino. La suma constitucionalista.

Denunciemos el cinismo de quienes prosperan a costa de la democracia. Las multinacionales y el expresidente Zapatero que medran con la narcodictadura de Maduro. Los empresarios que engrasan la maquinaria del separatismo catalán. La cadena de televisión que predica el odio o el rencor. Los periodistas que inflan sus titulares o sesgan sus crónicas, por sectarismo, desidia o conveniencia. Pocas veces han sido tan necesarias en España y Occidente unas élites a la altura de su responsabilidad, dispuestas a encabezar y sufragar la defensa del orden liberal. Y, con ellas, un periodismo «científico», inasequible a la demagogia y adulto en su veneración de los hechos. Calidad y responsabilidad.

Huyamos del victimismo, uno de los vicios más extendidos, enraizados y letales de este tiempo gagá. El «ofendidismo» es la principal causa del retroceso de la libertad de expresión en Occidente, de la histérica cultura de la supresión, que es la estúpida supresión de la cultura, y de la debilidad estructural de las nuevas generaciones. Sobreprotegidos, hipersusceptibles, narcisistas, legitimados en sus agravios reales e inventados, reacios a asumir el más mínimo riesgo, los jóvenes occidentales son candidatos fijos a un desengaño histórico. Carentes de referencias, moralmente desorientados y políticamente desmotivados, algunos incluso empiezan a dudar de las bondades de la democracia y a mirar hacia China o Rusia, donde los ofendiditos, precisamente, no proliferan. La solución al caos iliberal no es un orden iliberal. Es un liberalismo lúcido y combativo. Espíritu competitivo y moral de victoria.

Plantemos cara a la sumisión. Nada, ni siquiera una pandemia de extensiones planetarias y efectos devastadores, lo más parecido que nuestra generación ha sufrido a una guerra mundial, justifica el cierre del Parlamento, los confinamientos ilegales o el atropello de las libertades civiles. No hay salud pública sin salud democrática, ni salud democrática sin un espíritu crítico apoyado en la ciencia y en la constatación histórica de que no hay progreso sin apertura. Ese ha sido el extraordinario acierto de la Comunidad de Madrid, verdadero catalizador de una esperanza de cambio para España. Contra la pulsión autoritaria del poder y la mentalidad de mascarilla, militancia democrática y alternativa.

Enterremos el guerracivilismo, tanto el que se proyecta sobre una contienda ideológica real como el que va buscando pretextos sexuales, raciales o de cualquier otro tipo para levantar nuevas barricadas. La memoria es como la identidad: única, individual y variable. No puede colectivizarse ni tampoco utilizarse para reescribir el pasado o fundar una nueva hegemonía, ahora de esta mitad contra la otra. Ni el antifranquismo es una patente de corso moral ni los españoles están partidos en dos bloques irreconciliables. La primera obligación de un gobernante es respetar a todos los muertos y dirigirse a todos los vivos; combatir la polarización, que dinamita los cimientos de la nación. Otra vez Lincoln: unión y modernidad.

Seamos severos con la empatía. Catalanista en Barcelona, patriota vasco en San Sebastián, defensor de la identidad gallega en Pontevedra y españolista cuando convenga. Caer bien es relativamente fácil. ¡Hasta yo podría conseguirlo! Basta con decir a cada cual lo que quiere escuchar. Pero la verdad tiene mucho más valor, en sus dos acepciones. Lo escribió Ignatieff con delicadeza: «Los ciudadanos saben la diferencia entre alguien que busca su aprobación y alguien que busca su respeto». Y ahora más que nunca. En tiempos de clones, memes, plasmas y teleprompters, no hay atributo político más escaso y, por extensión, más apreciado que la autenticidad. Esa rara avis que dice lo que piensa y que hace lo que dice. Un político de verdad.

Por último, abandonemos toda desesperanza. El Apocalipsis es otra forma de utopía, de la que se aprovechan los mesías de mercadillo. Ni todo tiempo pasado fue mejor, ni Occidente está condenado, ni España va a romperse. Necesitamos un nuevo optimismo político, basado en la constatación objetiva del deslumbrante progreso impulsado por los principios liberales y en la imperturbable voluntad de seguir avanzando. En España, ese nuevo optimismo pasa, en primer lugar, por la afirmación de lo que somos».

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