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Por qué Villarejo está obsesionado con atacar al espía Félix Sanz

«Le daba hormonas femeninas al rey Juan Carlos», «organizó el atentado yihadista de Cataluña…», todo vale para desprestigiar al exdirector del CNI, su peor enemigo

Por qué Villarejo está obsesionado con atacar al espía Félix Sanz

José Manuel Villarejo sale tras declarar en una nueva sesión del juicio por la operación ‘Tándem’.|Europa Press

Conocí a Villarejo en 1995. Alto, robusto, fuertote, vestido siempre del color del luto. Estrechaba la mano ajena con una fuerza desmedida, intuí que con el objetivo de amedrentar, de mostrar fortaleza a su interlocutor. Yo había publicado una información que le disgustó sobre una agencia de modelos con fines sexuales.

Me pareció el típico policía malo de novela negra, unía a su desparpajo los continuos roces intimidatorios, un intento de impresionar. Nunca conectamos, no me gustaba su personalidad y evidentemente a él no le gustaba yo. Me quedé fuera conscientemente de ese núcleo de periodistas cercanos en el que sí entraron algunos compañeros.

Desprecio hacia el servicio secreto

Hablaba con desprecio de los «cecilios», denominación despectiva que utilizaba contra los agentes del servicio secreto. Para él no tenían ni idea de trabajar, cometían graves errores y carecían de sus capacidades. Hablo de hace 27 años y ya entonces supe que sin contar a los mafiosos a los que perseguía, las personas que más despreciaba eran los espías del entonces llamado CESID.

En esa etapa la sangre nunca llegó al río. Por ejemplo, él controlaba al traficante de armas Monzer al Kassar y siempre trató de evitar que se vinculara con los «cecilios», era contacto suyo. No lo consiguió, los espías le necesitaban para relacionarse con los servicios secretos sirios y para que les ayudara a liberar a algunos secuestrados por grupos terroristas árabes, y a Al Kassar, residente en Marbella, no le quedó otra que colaborar.

Vocación de espía

Los roces nunca dejaron de producirse. Villarejo tenía vocación de espía, de agente encubierto. Si hubiera vivido en Estados Unidos, habría encajado perfectamente en el FBI, una parte de cuyo trabajo está directamente relacionado con el espionaje. En España se convirtió en el policía para las misiones secretas que pocos querían hacer, esas que los políticos agradecen especialmente pero que policías y guardias civiles son remisos a cumplir porque no se ajustan a la ley. Esta predisposición le hizo granjearse el apoyo de los ministros del Interior, que le respaldaban, más o menos discretamente, en sus roces puntuales con el CESID-CNI.

Roces lógicos porque una parte importante de las misiones que realizaban y realizan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado coinciden con las del servicio secreto. Pueden enfocarlas desde ángulos distintos, pero si persiguen al mismo tiempo a terroristas yihadistas o a colaboradores del espionaje ruso, los choques son inevitables.

Esta situación de enfrentamiento silencioso adquirió un tinte preocupante durante el Gobierno de Rajoy. Varios de los asuntos más o menos privados de Villarejo empezaron a suscitarle problemas y vio la mano del CNI fastidiándole con intención. No tenía miedo a nadie, contaba con un arsenal de información contra muchas personas influyentes que le blindaba frente a los que le acosaban.

El primer enfrentamiento grave se produjo en abril de 2014. Una agente del CNI, alias «María», presionó a Yongping Wu Liu, imputado en el caso Emperador contra una mafia china. Quería que declarara en contra de Carlos Salamanca, el comisario del aeropuerto de Barajas, que pasaba por problemas con el CNI. El empresario chino se negó y terminó denunciando a la agente. Villarejo interpretó esa acción contra su amigo y el intento de implicar en la trama a su propio hijo, como un ataque directo del CNI que personalizó en su director, Félix Sanz Roldán. Fue el inicio de las refriegas que no tardarían en convertirse en guerra abierta.

Guerra abierta

Nadie tosía al comisario, todos le tenían miedo, lo mejor era evitar el enfrentamiento. Si te metías con él debías atenerte a las consecuencias. Empezó su respuesta, sus ataques en defensa propia, filtrando informaciones en contra de Sanz, como que había perdido tres millones de euros de fondos reservados durante el rescate de periodistas españoles en Siria.

Nadie, hasta la aparición de Sanz, había demostrado que no le temblaban las piernas al enfrentarse al comisario. Recibidos los ataques, el CNI subió los decibelios de la apuesta y le golpeó donde más podía dolerle con un titular de El País: «El comisario Villarejo participa en doce sociedades con 16 millones de capital».

Cuando a un agente encubierto le destapas el entramado societario que le sirve de tapadera, el daño es irreparable. Supone quemarlo en sus actividades, al margen de que posteriormente se demostrara o no que las había utilizado para enriquecerse mientras era un funcionario al servicio de la Policía.

En ese momento, 10 de marzo de 2015, es lógico deducir que Villarejo decidió que iba a acabar como fuera con Félix Sanz, le tachó con su uña rabiosa. A partir de ese momento, no le quedó otra que defenderse para evitar la cárcel y que cuando se celebraran los juicios, no le condenaran. No evitó estar detrás de los barrotes –gracias al impulso del servicio secreto- y el tema judicial está sucediendo ahora mismo. Pero desde entonces, Villarejo ha unido con destreza, la que ha tenido siempre, la defensa de sus casos judiciales con los continuos improperios contra Sanz, con pretexto o sin él.

Este objetivo estuvo detrás de sus relaciones –y grabaciones- con Corinna Larsen. Creyó equivocadamente que la forma de frenar a Sanz era que supiera que había conseguido grabar a la amante del rey Juan Carlos poniéndole a parir como persona y apuntando que se había beneficiado económicamente del apoyo a las empresas españolas para que hicieran negocios en el exterior. Y, claro, aprovechando para que Corinna acusara directamente a Sanz de amenazarla para que dejara en paz al emérito.

Obsesión

El tiempo ha pasado pero la uña rabiosa de Villarejo no para de agredir al muñeco de trapo en que ha convertido a Sanz. Hace unas semanas le acusó de dar hormonas femeninas a Juan Carlos para que no fuera tan ardiente. Un asunto tan cómico e increíble que muchos dijeron creerse, algo habitual desde que estalló el caso Villarejo. Si ataca a algún socialista, los populares le dan crédito. Si da un guantazo a un popular, los socialistas se lo creen. Si la toma con el rey emérito, la izquierda radical aplaude.

Hace unos días implicó a Sanz en el montaje del atentado yihadista del 17 de agosto de 2017 en Cataluña. Explicó el comisario que su mayor enemigo, ese ser al que odia tanto, quería crear una apariencia de riesgo para que Cataluña «sintiera la necesidad de la protección del Estado». Sin duda el CNI cometió el error de no ver que alguien a quien controlaban, el imán de Ripoll, Abdelbaki Es Satty, había creado una célula islamista para atentar. Error grave, sin duda. Pero de ahí a montar el atentado resulta algo poco creíble. Además, si hubiera sido así, el último en enterarse habría sido Villarejo, a quien desde hace años no se acerca un agente del CNI a menos de un kilómetro de distancia.

El Govern ha pedido una comisión de investigación fundamentándose en las declaraciones de un policía que hace tiempo perdió la credibilidad. Y en particular con Félix Sanz, el hombre que acabó con su carrera y puso en tela de juicio su patrimonio. Cosas de la política.

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