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5 razones por las que no me gustó 'La casa de papel'

En los últimos meses la serie española que fuera ya un éxito en su emisión en Antena 3 se ha convertido en fenómeno en Latinoamérica y de nuevo en España gracias a su adición a la programación de Netflix.

 

A ver, una cosa hay que dejar clara desde el principio: entiendo el atractivo de La casa de papel y no es ni de lejos una serie mala… pero no soy de los miles de fans obsesionados y de hecho terminó por no gustarme. Sí, el diseño de vestuario es genial -esos monos rojos y esas máscaras de Dalí son inmediatamente icónicos- y, sí, las actuaciones y la producción están muy bien, pero eso no fue suficiente para que al final no me quedase con un sabor de boca familiar… y no en el buen sentido ¿Por qué? Bueno, aquí van mis razones.

Tokio

Úrsula Corberó interpreta sin miedo a este personaje desafiante, volátil y decididamente hostil, pero hay un fallo básico de trama que es imperdonable una vez que se ve: Tokio, una persona incapaz de seguir órdenes y demasiado impulsiva, jamás habría formado parte del grupo que recluta El profesor. Todos los demás miembros de la banda tienen un rol claro, ¿el de Tokio? ¿Perder el control y joder el plan cada dos por tres? Es una ladrona, pero no especialmente buena y no tiene otras virtudes (como Río o Nairobi o Moscú), y su temperamento va en contra de todo lo que requiere un plan detallado milimétricamente para funcionar. Además, viola sin ningún problema y muy abiertamente la primera norma de El profesor, cero relaciones románticas, probando que cree que las reglas, las que sean, no se le aplican… y ¿aún la mantienen en el equipo? ¿Para qué?

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Tokio nunca habría formado parte de este plan: es irracional, volátil e incapaz de seguir órdenes. | Imagen vía Netflix.

La trama es demasiado parecida a Plan oculto…

La película de Spike Lee, que tiene a Clive Owen y Denzel Washington como protagonistas, es un referente obvio de la trama de La casa de papel. Sí, el robo no va de dinero impreso por los ladrones, sino de joyas viejas pero: los atracadores van todos vestidos con monos de pintor con capucha (no son rojos, eso sí), llevan máscaras (no tan divertidas como las de Dalí) y tiene alias (otra referencia clara es Reservoir Dogs y sus personajes bautizados con colores); alertan a propósito a la policía de su presencia con lo que parece un “error”; mantienen con ellos a los rehenes, a los que les quitan sus móviles y visten con los mismos monos y máscaras, y los separan en varios grupos; en un punto de la historia el policía entra y entrevista a los rehenes y recorre el atraco hablando con los secuestradores; el sujeto del robo es un banquero que ganó su dinero negociando con los nazis (es decir, como en La casa de papel los atracadores están del lado de “los buenos” y realmente no están perjudicando a nadie inocente con su robo); y el plan de escape del líder no implica un túnel pero sí una pared falsa que se construye durante el robo y tras la que se esconde por una semana antes de salir. No es exacto, pero es similar, demasiado similar.

Otro referente obvio es Out of Sight, de Steven Soderbergh, cuando se habla de la relación entre cerebro del atraco y mujer detective. El problema que tiene La casa de papel es que El profesor no es George Clooney y que pide al espectador creer que una mujer tan sagaz para su trabajo como la inspectora no desconfíe de un hombre desconocido con demasiada curiosidad sobre lo que hace hasta que es demasiado tarde.

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Plan oculto tiene demasiados puntos en común con La casa de papel… búsquenla si no me creen. | Foto vía Universal Pictures.

…y además es un pastiche de todos los clichés de películas de robos de Hollywood

A ver, no de todas, pero sí de todas las que implican planes mega elaborados (tan elaborados que son increíbles y no en el buen sentido sino en el hecho de que no son creíbles), atracadores que generan empatía en el espectador y policías inteligentes empeñados en atraparlos. La casa de papel tiene una buena premisa, pero es una que el cine americano ha explotado hasta el cansancio.

Y aunque en la serie española haya tal vez algún atisbo de originalidad (el hecho de imprimir el dinero, por ejemplo) la verdad es que todo, desde el cerebro brillante de la operación con un pasado desconocido, el ladrón más frío y psicopático, el otro que es más empático con los rehenes, el sabio y la volátil, la policía a la vez vulnerable y dura que es brillante pero al mismo tiempo admira a los atracadores, el plan tan absurdamente calculado que nadie se cree (si lo revisa más de un segundo), las historias de amor intensas (demasiado para el poco tiempo que transcurre)… y puedo seguir enumerando. Pero el punto al que quiero llegar es que es una suma de clichés que ya hemos visto, no en series españolas pero sí en películas de Hollywood.

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¿Hasta cuando, Arturo? | Imagen vía Netflix

Sufre de exceso de minutos

Esto es un problema en la televisión española en general y también en Netflix: la inexistencia de la concreción. Los episodios son largos, la acción a veces demasiado lenta, a veces repetitiva, a veces aburrida… y esto es en su mayoría culpa de que se le de mucho más tiempo a algo que puede contarse en menos. Alargar sólo genera que las evoluciones de los personajes se estanquen, retrocedan o se vuelvan repetitivas, y produce que haya hitos de la trama que se toquen una y otra vez (¿o fui la única harta de los tontos y muchos planes de Arturito para huir?).

Y ahora, con el atraco terminado y un final teóricamente redondo, habrá una tercera temporada… como para probar que el exceso de minutos puede ser aún peor (esto, es cierto, no es culpa de la serie sino de estos tiempos de alargar las series hasta el cansancio).

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Sí, Olso muere, pero ¿a alguien le importó? | Imagen vía Netflix.

No hay riesgo real

Parte de ser espectador en estos tiempos de muertes en Juego de tronos y giros inesperados en Westworld, es que debe haber riesgos reales para los personajes, la posibilidad convincente de que su muerte puede suceder… La casa de papel es tan incapaz de matar a sus personajes que incluso cuando les disparan a la cabeza (Rio) no les pasa nada o cuando las atrapa la policía (Tokio) escapan sin mayor problema para unirse de nuevo a la trama.

De hecho la muerte heroica de Berlín en el último episodio (¿soy la única que recuerda que se está muriendo y eso hace su sacrificio mucho menos heroico?) parece no haber sido tal ya que Pedro Alonso, el actor que lo interpreta, volverá para la tercera temporada. Y sí, me van a decir: ¿Y Moscú? Sí, es un personaje importante y muere… pero todo el que ha visto historias de este tipo podría haber previsto este giro. Es el mayor, el sabio, el bueno, el padre y es clave para el escape; básicamente su frente decía “muerto” desde el segundo episodio. ¿Y Oslo? ¿De verdad vamos a citar la muerte de un personaje cuyo único desarrollo es ser grande y silencioso? No lo creo.

 

Una vez enumerados mis problemas con la serie quisiera también reconocer algunas cosas que agradecí a La casa de papel: el tratamiento de la masculinidad tóxica es amplio, diverso y complejo (va desde personas como Berlín hasta personajes como el compañero de la inspectora, el típico hombre que parece amigable y resulta ser un machista que te llama puta en cuanto no quieres acostarte con él) y eso siempre se agradece porque habría que mostrar no sólo a los más obviamente malvados sino a los hombres que caminan por la calle sin saber que son machistas y que deberían saberlo; los personajes femeninos son variados y tridimensionales, aunque a veces no estén del todo claros (que la inspectora sea tan ingenua es inexplicable); el hecho de que se discuta sin tapujos que una relación entre una rehén y un secuestrador tiene serios problemas relacionados con el consentimiento y la coerción; y la producción y la dirección, que están muy bien logradas, se nota la inversión y la dedicación y eso siempre se agradece.

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