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Bob Dylan y la loca, inspiradora y genial aventura de la Rolling Thunder Revue

Martin Scorsese reconstruye en un documental para Netflix la histórica y multitudinaria gira por Estados Unidos del primer cantautor premiado con un Nobel de Literatura

Foto: Netflix | IMDB

Bob Dylan tiene un tinte de pelo extraño, muchos años a cuestas y sus nuevos álbumes no son tan buenos. Pero hay algo que Bob Dylan no puede dejar de ser, y eso es ser Bob Dylan. Después de un grave accidente de moto (1966), después reunirse con The Band para hacer una gira conjunta (1974) y de conocer la historia del boxeador Hurricane Carter (1975) –”el hombre al que las autoridades culparon de algo que nunca hizo”–, tuvo la idea de juntar a una docena o dos de músicos y escritores y artistas y organizar un viaje en grupo –como los circos y como los nómadas– para llevar la nueva América a América . Lo llamaron Rolling Thunder Revue.

Si aquella aventura fue un éxito, desde luego no lo fue por el dinero. El promotor principal lo cuenta en un documental maravilloso, emocionante y divertido que Martin Scorsese ha dirigido con el apoyo de Netflix. Bob Dylan dice que de la hazaña no queda nada, sólo cenizas, pero eso no es cierto: hay grabaciones, vídeos, fotografías, reportajes, el libro de Sam Shepard y el recuerdo de un tiempo que no volverá; hay personas que solo viven una vez, aunque sus ecos perduren, y luego nunca se repiten. De ahí la tragedia del incendio en los estudios de Universal, que se llevó por delante tesoros irrecuperables.

La idea que tuvo Bob Dylan fue la búsqueda de algo, ¿qué era ese algo? Recuerda a una grabación de Hunter S. Thompson en la que el reportero gonzo para su coche en una gasolinera en medio de ningún lugar y acerca la grabadora al repostador. “Disculpe”, le pregunta, “¿sabe dónde queda el sueño americano?”.

Es dura la vida del profeta porque todos esperan de uno que vaya por ahí obrando milagros. El problema, dijo Dylan, reside en las expectativas, en el otro. Tal vez fuera un modo de sacudirse la presión, igual que la máscara de pintura, la seriedad, el sombrero. Joan Baez sostiene ante Scorsese que nunca ha conocido un hombre con tanto carisma, ni antes ni después, y sin quererlo marca el tiempo antes y después de Dylan, como hicieron nuestros antepasados con Jesucristo o Mahoma. “Todo quedaba perdonado cuando veía cantar a Bob”, sonríe Baez, que vivió una historia de amor imposible con el poeta, una amistad verdadera y una tierna conversación ante la cámara. Eran muy jóvenes y tal vez aquel diálogo no fuera más que un juego para la película.

JOAN BAEZ: Te veía escribir muy rápido. Te daba de comer ensalada y vino tinto cuando escribías rápido.

BOB DYLAN: Sí, lo recuerdo.

JB: Era brillante. William Zanzinger.

BD: Con vistas al Pacífico. El océano Pacífico salvaje en Big South, ¿no?

JB: William Zanzinger.

BD: ¿Dónde salía?

JB: En Hattie Carroll. Una de tus mejores canciones.

BD: Es de las que mejor cantas.

JB: Gracias… ¿por qué la interpretas ahora?

BD: Porque ya no la cantas tú.

JB: Oh, Bob. Lo haré.

BD: …

JB: ¿Te gusta mi vestido?

BD: No me gustó que te marcharas para casarte.

JB: Tú lo hiciste primero y no me lo dijiste.

BD: …

JB: Deberías habérmelo dicho.

BD: Me casé con la mujer que amaba.

JB: Sé que es verdad. Y yo me casé con el hombre al que creía amar.

BD: Creer en algo en ese terreno te acabará jodiendo.

JB: Tienes razón.

BD: Se trata del corazón, no de la cabeza.

La película es un desfile de héroes de la contracultura, ahí aparecen Joni Mitchell, Sam Shepard, Anne Waldman, Allen Ginsberg, la tumba de Jack Kerouac. Es curiosa la relación que tuvo Dylan con Ginsberg, que estuvo en las caravanas desde el primer día. Hay una imagen algo patética del poeta beat esforzándose por ser cantautor, tocando pequeños instrumentos o con la boca abierta por las multitudes que Bob Dylan reunía —en ambos sentidos—. Casi de la mano, los dos poetas visitan a Kerouac, enterrado, y cantan un poco y leen poesía y muchos años después Bob Dylan se pregunta por qué le miraba Ginsberg con tanta reverencia si, a fin de cuentas, fue él quien escribió Aullido. “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”. ¿Cuántas cumbres como esa ha alcanzado la poesía norteamericana? “Él era su propio rey, pero quería hacer música”, reflexiona Dylan. Un problema son las expectativas y otro lo son los deseos porque puedes escribir un verso único y para la historia y que con eso no baste.

Por cierto, antes o después de que le hinques el diente, no todo es verdadero en el documental. Bob Dylan no se llama Bob Dylan, el Dylan es un homenaje a Dylan Thomas y su apellido paterno es Zimmerman. Y Sharon Stone nunca estuvo en la gira, nunca existió un director llamado Stefan Van Dorp, ni Jim Gianopoulos fue el promotor del negocio. Claro que para Dylan no importa, son minucias, lo dice en la película, ¿acaso no todas las historias son historias verdaderas?

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