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Edith Wharton, una viajera por Italia

Foto: Giuseppe Mondi | Unsplash

“La vida es la cosa más triste que existe, después de la muerte, aun así, siempre hay nuevos países qué visitar y nuevos libros que leer ( y que escribir, espero), otras mil maravillas diarias ante las que admirarse y regocijarse, y esos momentos mágicos en los que el mero descubrimiento […] puede transformar la desesperación en deleite”, escribía en 1934 la escritora norteamericana Edith Wharton en su biografía.

La escritora norteamericana encontró la felicidad en el viaje y en la escritura, dos ejercicios que se hicieron inseparables el uno del otro, y es que Warthon bien habría suscrito las palabras de la también escritora y viajera Patricia Almarcegui: “Quien ama el viaje sabe el poder que tienen los nombres. Hay lugares que solo con escucharlos o citarlos la imaginación explota y genera imágenes mágicas y sueños suspendidos”. 

Edith Wharton, una viajera por Italia

Edith Warthon | Foto de Archivo.

Wharton viajó para escribir y escribió para poder viajar; el viaje le descubrió nuevos países y nuevas realidades que enriquecieron su universo narrativo y la escritura le enseñó a mirar ahí donde nadie presta atención, le enseñó a viajar a otro ritmo, a recorrer los países y las ciudades estableciendo relaciones, construyendo un relato nuevo, donde la experiencia viajera dialogara con la crítica de arte, con la descripción de paisajes y gentes y con el pasado histórico de los lugares.

No hay mejor ejemplo de cómo viaje y escritura convivían en Wharton que Paisajes italianos (Guillermo Escolar Editor), un libro en el que la autora narra su recorrido por Italia, pero, a la vez, un libro que escapa del género del relato de viaje para inscribirse dentro de la crítica de arte, disciplina a la que la escritora se acercó a través de su interés por la pintura y la arquitectura. Para Wharton lo importante no es el viaje en sí, sino la mirada crítica con la que se observan y se analizan los lugares que se visitan. En este sentido, Paisajes italianos es una invitación a un viajar lento, a un viajar que no se amolda a las rutas prediseñadas para el turismo y, sobre todo, a un viajar curioso, desprejuiciado y siempre profundamente crítico.

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Imagen vía Guillermo Escolar Editor.

Viajar, después escribir

Comenzó a viajar mucho antes de aprender a escribir sus primeras palabras. Edith Wharton tenía tan solo cuatro años cuando viajó por primera vez a Europa, continente que, como también le pasaría a su compatriota y fiel interlocutor, Henry James, se convertiría en su segunda casa. Junto a su familia, pasó seis años viajando por las grandes capitales europeas, de Londres a París y de París a Roma, seis años a lo largo de los cuales la futura escritora descubriría su fascinación por Italia y por su arte.

Ante las obras de Giorgione o Tiziano comprendería mejor que nadie el llamado Síndrome de Stendhal, que tan bien había descrito el autor de La cartuja de Parma en sus textos de viajes por Italia: “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.

Era tan solo una niña y, sin embargo, ni la inocencia propia de su edad ni los escasos años de vida a sus espaldas le impidieron gozar emocional e intelectualmente de la belleza arquitectónica, pictórica y escultórica que caracterizaba las ciudades italianas, desde la más pequeña hasta la más grande y barroca de todas, Roma.

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Joven Edith Warthon | Foto de Archivo.

Aquellos “sentimientos apasionados” provocados por estas ciudades despertaron en una jovencísima Wharton las ansias de conocer la historia de todo aquel arte que había contemplado, unas ansias que la llevaron, ya de vuelta en Nueva York, a sumergirse en la lectura de los clásicos. La biblioteca de su padre se convirtió en su refugio; allí descubrió a Plutarco, a Homero y a Dante; allí devoró las páginas del Manual de pintura italiana de Kugler,  la historia del arte de Anna Jameson así como Las piedras de Venecia y Paseos por Florencia de John Ruskin, que se convirtió en una referencia ineludible.

Lejos de aquella Europa que tan feliz le había hecho, pero, a la vez, tan cerca de ella a través de todos aquellos volúmenes que le narraban la historia y la cultura sobre la que se asentaba el Viejo Continente, Wharton tomó conciencia de su sensibilidad por los paisajes, de su especial manera de observar la realidad que la rodeaba: “Recuerdo […] mi secreta sensibilidad hacia el paisaje (…) una energía a través de la cual me sentía en profunda y solitaria comunión siempre que estaba a solas con la naturaleza.”

Esta sensibilidad, sin embargo, no se limitaba a la naturaleza, sino, como diría Stendhal, a la belleza y, consecuentemente, al arte. Aquellos años de lecturas, convirtieron aquel interés inicial en erudición y, posteriormente, en conocimiento profundo del arte y de su historia; Wharton escribía desde el entusiasmo, sin abandonar nunca la reflexión crítica: los artículos reunidos en Paisajes italianos no solo nos presentan a una gran narradora, sino a una inteligente ensayista que entiende la escritura como ejercicio crítico, tal y como demostró también en sus novelas -véase La edad de la inocencia-, que bien podemos definir como una crítica a la cerrada, clasista y puritana alta sociedad de Nueva York.

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Pieve di Cadore c. 1485/90-1576, Venecia. | Imagen vía Christies.

En efecto, Wharton siempre se sintió más cómoda en Europa y, en concreto, en ciudades como Londres y París, donde encontró una libertad y una apertura moral impensables en la sociedad norteamericana de la que provenía: “Mis amistades”, escribe Wharton refiriéndose a su círculo de amigos en Estados Unidos, “son encantadoras; pero ninguno de nosotros somos americanos, no pensamos ni nos sentimos como lo hacen los americanos, somos el exótico y extraño producto de un invernadero de Europa, ¡y la clase más inútil y fuera de lugar en este mundo!”.

Consciente de su “exotismo”, no es de extrañar que, ya adulta, cada año transcurriera largas temporadas en Europa, temporadas que, con el paso del tiempo, se hicieron cada vez más largas. Si bien París se convirtió en su último hogar, Italia fue el país que la sedujo y gracias al cual profundizo sus reflexiones en torno al arte pictórico y escultórico, siendo una gran defensora de la belleza barroca, así como en torno al arte del viaje, que ella oponía radicalmente al turismo.

Viajar, salirse del mapa, salirse de los dogmas

“La crítica artística debe aceptar un estándar de excelencia y sus preferencias personales han de estar permitidas dentro de una gama de criterios establecidos: estéticamente, el mundo está dividido entre el gusto por lo gótico y el gusto por lo clásico, así como intelectualmente está dividido entre aquellos que se mueven hacia la idea general y aquellos que se paran ante el ejemplo particular”, escribe Wharton en el último de los artículos que conforman Paisajes italianos.

“El amante del ejemplo particular”, continua la escritora, “casi siempre gustará de lo gótico […] pero si es accesible en lo más mínimo a las ideas generales, debe reconocer la futilidad de batallar contra las inevitables tendencias del gusto y la invención. Asumido esto, desde su punto de vista, el arte que evolucionó desde Miguel Ángel es un arte en decadencia: ¿es esta una razón para enfurecerse o ignorarlo?” La pregunta retórica de Wharton responde tanto a su concepción de la crítica artística como a su interés por el barroco, en parte siguiendo la estela del crítico Heinrich Wölffin que, como señala María del Carme Rodríguez Gil en la introducción del libro, consideró el barroco como un lenguaje artístico autónomo en clara oposición al Renacimiento.

Sin despreciar “la época áurea del arte italiano”, Wharton expresa su entusiasmo por el Barroco, un estilo que define como antitético al gusto popular -la escritora, que se definía “tradicionalista en literatura” criticaba los gustos “poco elegantes” de la masa y defendía una élite cultural capaz de “educar” los gustos populares- y que solo es posible comprender a través de un conocimiento de la época y del contexto socio-cultural en el que nace. De ahí que se muestre particularmente contraria con la crítica basada en los gustos personales o en las tendencias artísticas, con esa crítica que, desde el Neoclasicismo, menosprecia el Barroco: “Únicamente cuando la crítica comience a analizar las modificaciones del arte de forma tan objetiva como estudiaría la alternancia de las estaciones empezará a entender y a simpatizar con los distintos modos en los que el hombre ha buscado a tientas la fórmula de la belleza”.

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Edith Warthon | Foto de Archivo.

Es esta mirada objetiva, desprejuiciada y no atrapada en los cánones impuestos que lleva a la escritora a destacar el interés de una ciudad como Parma, “que a primera vista carece de la individualidad cautivadora de algunas de las ciudades más pequeñas de Italia”. Es una ciudad de belleza no armónica, una ciudad de bellezas ocultas que el visitante deberá descubrir por sí solo, pues carece de “obvias gracias”. Ha pasado la época en el que se alababa al pintor manierista Correggio, uno de los nombres más destacados de la ciudad de Parma; “debido a una curiosa perversidad del destino, Correggio […] sobrevive ahora únicamente a causa de la virtud de su técnica.”

Wharton, a contracorriente, presta atención al pintor manierista, le interesa, independientemente de sus gustos personales, porque forma parte de la historia del arte, porque sus obras y su estilo son fruto de su tiempo. Lejos de detenerse en un superficial juicio de valor, Wharton indaga en lo que esconde la pintura del Correggio, se pregunta sobre su origen y sobre la influencia que sobre él ejerció la pintura religiosa del XVI; observa los límites de su arte, contextualizándolos, tratando de hallar los porqués de sus obras.

Se detiene en el Baptisterio y en la Catedral, de la que admira su “erosionada fachada”, que, a primera vista, puede decepcionar, pero que la escritora destaca en cuanto se trata de una obra que no ha sido reformada. Contraria a las reformas que modifican y alteran las obras arquitectónicas bajo la excusa del paso del tiempo, Wharton aboga por conservar dichas obras tal y como fueron pensadas en su momento. No hay que adaptarlas al tiempo presente, sino hacerlas hablar, a pesar de su posible erosión, desde el tiempo pretérito que las vio nacer. Como la catedral de Parma o la Madonna di Tirano, Wharton admira aquellas obras a las que se les ha permitido envejecer “de forma tan natural como un árbol”. Puede que a algunos les decepcione, pero, como ella misma dice en su último texto, el viajero como el crítico no debe quedarse con el primer plano, sino que debe ir más allá.

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'Natividad', Antonio Da Corregio (c.1529–30) | Imagen vía Wikipedia.

Su actitud crítica hacia el “sectario del arte”, hacia aquel que queda atrapado en sus gustos personales y en el dogma imperante, es la misma que muestra hacia el turista que sigue con vendas en los ojos los recorridos establecidos por las guías, sin nunca desviarse, sin alejarse de ese mapa preestablecido. El turista es aquel que se queda en el primer plano, “que es propiedad de la guía de viaje y de su producto, el turismo mecánico”, mientras que el ocioso, el soñador, el verdadero estudioso y apasionado por Italia es aquel que se dirige hacia el fondo, es aquel que no teme desviarse del camino y que rehúye de las primeras impresiones.

El ocioso, el soñador, el estudioso es el viajero que viaja para conocer, para deslumbrarse y no para confirmar impresiones, es el crítico que no busca reafirmar sus teorías, sino contrastarlas e, incluso, cuestionarlas. Edith Wharton era viajera porque sabía observar ahí donde nadie ponía el foco, viajaba para perder teorías y no para reafirmarse en sus creencias. No le interesaban los mapas preestablecidos y los caminos de dirección única, el viaje como la escritura eran dos formas de perderse, dos formas de deambular en busca de aquello que todavía está por descubrir, en busca de aquello que se esconde tras ese primer plano frente al cual nunca hay que detenerse.

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