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Sociedad

¿Qué, nos hacemos un 127?

No me encontraba con ellos desde hacía años, en concreto desde los ochenta, cuando los veías venir hacia ti y, rápido, te cambiabas de acera, como si la calle que quedara en medio hiciera las veces de Línea Maginot, de muro inexpugnable, y al otro lado te encontraras a salvo, y nada malo pudiese sucederte, ingenuo de ti. Era fácil reconocerlos por sus andares -tan elásticos como sus pantalones pitillo- y unos plumíferos Roc-Neige que, clarísimamente, los Reyes les habían traído a otros y no a ellos. Qué hacían en tu barrio -Salamanca, Chamberí, Retiro- lo explicaba una ley de la Economía que no era la del descenso de la tasa de ganancia ni la de la inflación dirigida, sino una de formulación más sencilla, la de que la manera más rápida, efectiva y excitante de conseguir dinero era quitándoselo a otro que lo tuviera, y nosotros lo teníamos.

¿Qué, nos hacemos un 127?

Por eso nos esperaban los domingos por la mañana cuando íbamos o volvíamos de comprar el pan y los periódicos, nuestra primera responsabilidad como futuros hombres de orden. Pero también nos los encontrábamos los sábados por la tarde en la cola del cine o al salir del Burguer con nuestros amigos y, sobre todo, cuando nos aventurábamos en uno de esos salones recreativos y, de pronto, en una de las maquinitas, te rodeaban entre varios y uno se ofrecía a pasarte la pantalla, y era mucho mejor no resistirse. Quedaba como consuelo, eso sí, el espectáculo de verlos fundirse con el arcade, como en éxtasis de ácido lisérgico, más allá de la tercera fase, a la manera en la que Linbergh, cuentan, se hacía uno con su avioneta cada vez que se sentaba a los mandos.

Lo bueno es que siempre había maneras más seguras de seguir la pista a los pandilleros que nos habían robado la paga, maneras mucho más seguras que denunciarlos en comisaría. Por ejemplo, las canciones del primer Sabina que sonaban en la radio -Qué demasiao, Pacto entre caballeros, La banda del Kung-Fu-, cantares de gesta que en nada se parecían a los que estudiábamos en los libros de texto de Literatura, lo mismo que en nada se parecían los montajes de José Luis Alonso de Santos -La estanquera de Vallecas, Bajarse al moro- a las obras de género chico y los entremeses de aquellos mismos libros. También estaba la serie que escribió y dirigió para televisión Antonio Mercero, Turno de oficio, en la que macarras de ceñido pantalón daban esquinazo a policías de paisano saltando los tornos del metro y colándose en los vagones justo antes de que las puertas se cerraran, y todo al ritmo del concierto para trompeta en fa menor de Georg Phillip Telemann, tercer movimiento. Y las entrevistas que hacía en la radio y en la tele El Loco de la Colina cuando todavía era El Loco de la Colina, y no su caricatura. Y los telediarios con noticias de motines en el tejado de una prisión, con los presos en braslip y la cara cubierta, y los geos irrumpiendo a sangre y fuego, pero cuando ya era demasiado tarde para el recluso al que los cabecillas habían señalado como chivato o para el funcionario en prácticas al que siempre tomaban como rehén. Y las películas de Eloy de la Iglesia y de José Antonio de la Loma, cuyos protagonistas se plantaban en el rodaje sin pasar antes por vestuario, pues eran auténticos delincuentes juveniles, ya que ninguna escuela de interpretación, ni siquiera el Actors Studio, enseñaba a sus alumnos a sujetarse con realismo el estómago cuando el síndrome de abstinencia pegaba fuerte; películas, en fin, que hicieron de aquellos muchachos estrellas de la pantalla y algo más que eso: un género cinematográfico.

Pero la manera más segura de seguirles la pista a los que nos habían robado la paga, mucho más que todas las anteriores, más incluso que una rueda de reconocimiento con uno de esos gruesos cristales en medio para ver sin ser visto, la manera más segura, digo, era la lectura de las páginas de sucesos a la hora de la merienda, al volver a casa del colegio. Que en la de mis padres se comprara el ABC y no Diario 16 o El País, me privó de leer a dos jovencísimos reporteros de la época, Paco Pérez Abellán y Javier Valenzuela. Con el primero saldaría deudas años después siguiéndolo puntualmente en Libertad Digital y con el segundo me acabo de poner al día con la lectura y anotaciones al margen de sus Crónicas quinquis, editadas por Libros del K.O.

Son crónicas, las de Valenzuela, escritas a la luz verde fósforo de los ordenadores al atardecer, cuando las pantallas iluminaban la mítica redacción de El País, Miguel Yuste 40, parada de metro Suanzes. Corrían buenos tiempos para el papel, con ocho matutinos madrileños y no demasiadas pegas para colar como gastos las facturas de los restaurantes. Claro que la dieta de Valenzuela entonces, como la de tantos personajes que desfilan por sus crónicas, era un bocadillo de calamares y una lata de cerveza, doscientas cincuenta pesetas el menú. De hecho, y aún después de tantos años, sus crónicas siguen teniendo el aroma de esos bares con gambas dibujadas en el cristal y de los que se salía apestando a eau de fritange. Porque las páginas de sucesos nunca sirvieron para envolver el pescado del día siguiente, en todo caso el bocadillo de calamares.

No es cuestión de adoptar el papel de ultraconservador resentido que clama contra Google solo por ser moderno y exige la restitución inmediata en su puesto de trabajo de la chica de documentación, hoy con un pie o con los dos en la jubilación. Que tampoco se trata de idealizar lo que nunca jamás se vivió. Digo yo que en los ochenta, y a falta del recurso fácil al control+c y al control+v, abundaban los periodistas que se limitaban a echarle literatura (literatura, ejem) a los atestados de la Policía y a los autos judiciales o resolvían la página entrecomillando la opinión de algún sociólogo o experto. No así Valenzuela. Él sí hacía la calle, y a una edad en la que todavía quedaba lejos la tentación de solicitar plaza en la vida muelle y regalada del gabinete de algún ministerio.

Tras los pasos del joven Valenzuela, el lector hará cola en uno de esos establecimientos -Establecimiento Mariano Álvarez, 1905- en el que dos mecanógrafas, viejas y pesadas como dos olivettis, te pasaban a máquina por setenta y cinco pesetas la página el manuscrito de una novela negra protagonizada por el detective Toni Romano, ex boxeador y ex policía. Y subirá uno a uno los peldaños de madera de una escalera con ventanas a un patio interior aumentativo de tristezas y sordideces, dejando atrás, en el segundo, el taller de un sastrecillo de toreros, hasta llamar a la puerta de Ejecutivas Draper, agencia de cobro de impagados. Y se colará de rondón, pero sin voyeurismos, en una de esas pensiones de Montera o Ballesta, en las que jóvenes heroinómanas ejercían la prostitución por dos mil y la cama, tan alejadas de las alegres güisquerías de la costa Fleming, donde las chicas no llevaban en el bolso estampas de la virgen de su pueblo ni antibiótico vaginal, y tampoco vomitaban sangre después de un servicio ni la droga se la hincaban a fuego en las venas.

Era el Madrid de las salas x, de las fábricas de gorros y efectos militares, de los menús escritos a tiza en tres idiomas a las puertas de los mesones y los restaurantes, de las consultas de dermatología, venéreas e impotencia. El Madrid de un alcalde que soñó con convertirla en ciudad de veraneo, y donde aún eran posibles las castañeras como de Forges y los iraníes que echaban pestes de Jomeini, y donde también era posible encontrar en el escaparate de un sex shop un ensayo del profesor Aranguren y una noche cualquiera en Bocaccio, ocupando dos sitios, a la Ramona, esa que trabajaba con Esteso.

Pero Valenzuela fue más allá, adentrándose en los extrarradios y las periferias, con enormes bloques de hormigón recortando el horizonte y pisos como cajitas de zapatos, y mucho más allá todavía, hasta los poblados de chabolas, donde se vivía de la industria del cartón y de la droga, y los niños se metían jeringuillas en la boca, y había coches y lavadoras para el desguace. Allí, en las afueras de Dios, todas las leyes se resumían en dos, la del silencio y la del más fuerte, lo mismo que en la cárcel, que Valenzuela también visitó, solo que con permiso de la autoridad competente y pase de ida y vuelta el mismo día.

De Carabanchel salió nuestro cronista contando lo que había visto y lo que no pero otros le contaron, otros cuyo testimonio él daba por bueno. Así dio cuenta de la profusión de revistas pornográficas y del corazón, y de celdas con paredes adornadas con fotos de chicas desnudas y ceniceros que eran latas de conserva vacías, y de una galería -la séptima- donde ejercían los travestis y sus chulos, y de la inmensa cúpula al atardecer, reconvertida en gran bazar de la droga y los tranquilizantes, entrados de matute en las tortillas y los danones de las visitas, y todo bajo la mirada impotente de unos funcionarios siempre en inferioridad numérica y de medios. Allí, en Carabanchel, el más tonto hacía un reloj de madera, y funcionaba. Y quien dice un reloj dice una pistola de escayola pintada de negro, como esa de la que se valieron unos presos para practicar con éxito su fuga. Otros prefirieron poner fin a su condena tragándose los hierros del somier, los mismos con los que se fabricaban pinchos cuyos mangos se forraban con la gomaespuma derretida de los colchones.

Todas estas bajadas a los infiernos las hizo Valenzuela para localizar exteriores, para hacer la composición de lugar de tantísimos personajes que pululan por sus crónicas, como los detectives de hotel; o las viejas prostitutas del plan antiguo; o los curas obreros reciclados en curas de barrio; o los comisarios de bigotito franquista que señalaban con chinchetas en un mapa las zonas de riesgo de la ciudad; o los inspectores en cuyos interrogatorios no regía el Estado de Derecho y para los que el habeas corpus era solo un latinajo; o el dueño del bar que sacaba de la trastienda el Winchester y disparaba contra los que osaran llevarse el dinero de la caja; o los abogados de causas perdidas cuyos alegatos de defensa consistían en una biografía urgente de su defendido y continuas referencias al entorno.

Pero el protagonista de las crónicas de Valenzuela no es ninguno de estos, sino el quinqui, caracterizado en la portada del libro con su cazadora negra, su melenilla al viento, una de cañones recortados aún humeante, medio cuerpo fuera de la ventanilla del copiloto, a bordo de un utilitario al que acaban de hacerle un puente (“¿Qué, nos hacemos un 127?”), con Los Chunguitos sonando a toda pastilla en la radio, temeroso solo de que se le disparara la pistola escondida en el pantalón y que apuntaba directa a los testículos, quemando la vida, la contravida y la otra vida, siempre deprisa. Deprisa, deprisa.

A los amigos de leer historias donde ganan los buenos y pierden los malos -yo, por ejemplo- cabe advertirles de que abandonen toda esperanza, que los tiros de Valenzuela no van por ahí. Sigue nuestro autor al maestro Thomas de Quincey, patrón de los cronistas de sucesos, cuya única regla era la de suspender el ánimo del lector. Valenzuela lo logra, vaya si lo logra. Habrá, eso sí, quien le acuse de quebrantar la doctrina De Quincey, por ejemplo, cuando tomó partido como testigo de la acusación en el proceso que se siguió contra los policías que mataron al Nani, el primer desaparecido de la democracia, cuyo escándalo destapó Valenzuela en El País, tal como consigna con nota a pie de página en Crónicas quinquis, motivo suficiente de su orgullo, suponemos.

En descargo de Valenzuela (si es que necesita descargo alguno), toca decir que con sus crónicas no frivoliza convirtiendo en héroes a unos pobres diablos, ni tiene la necesidad de hacerse el canalla presumiendo de haberle robado a una viuda la foto de boda del difunto para publicarla en primera y luego empeñar el marco, ni nos restriega a los que jamás viajamos al fin de la noche que, a imagen y semejanza del replicante de Blade Runner, él sí ha visto cosas que nosotros no creeríamos.

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