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Una vida salvaje junto a Anne Sexton

“Me iré ahora
sin vejez ni enfermedad,
salvaje pero certeramente,
conociendo mi mejor camino”

Con este poema titulado ‘Nota de suicidio’ arranca Buscando Mercy Street (Navona), las memorias de Linda Gray Sexton con su madre, la turbulenta Anne Sexton. La vida maldita de la poeta se conoce y se reconoce en sus poemas confesionales, pero no cómo era convivir con sus adicciones y su frágil salud mental. Aunque ya su terapeuta, Martin Orne, le entregó a la escritora Diane Middlebrook un centenar de grabaciones de las sesiones que compartían para escribir la biografía de la ganadora de un premio Pulitzer, su hija vuelve la vista atrás en estas memorias profundas y sinceras escritas con un ritmo vigoroso que mantienen al lector en vilo.

No se puede decir que vivir con Sexton fuera fácil, ni mucho menos. Era huidiza cuando la inspiración se apoderaba de ella y violenta cuando su trastorno mental brotaba. Tanto Linda como su hermana pequeña, Joy, tuvieron que aprender a estar siempre alerta, siempre temerosas del trágico final que llegó en 1974 tras varios intentos fallidos. Pero no todo es oscuro, lúgubre y tirano. A todas las faltas de afecto y el maltrato que Anne sometió a su hija Linda hay que añadirle una faceta más cariñosa. “Mi madre tenía rituales para secar mis lágrimas. Un regazo que parecía lo suficientemente ancho para sostenerme y unos brazos lo suficientemente fuertes para retenerme”, escribe.

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El reverso, no obstante, era mucho más doloroso. Con un cigarrillo en la boca de manera constante Sexton era capaz de dejar la comida encima de la mesa para sentarse frente a su máquina de escribir o simplemente sumergirse tanto en su poesía como para olvidarse de que sus hijas sentían calambres en el estómago. Su trastorno afectó a toda la familia no solo por lo duro de una enfermedad así sino porque lo mostró públicamente a través de “una poesía reveladora que se convertiría en un sello personal”, anota Linda. “Mi madre tomó el control de su enfermedad y la hizo pública, obteniendo una perversa gloria con la que obtuvo mucha atención”, se sincera.

La familia, sobre todo Nana, su abuela paterna, lo tomó como una traición a la privacidad, como “un insulto al compromiso y al honor de la familia”. También los padres de Anne miraron con recelo esa faceta de su hija. A su muerte la escritora, que trató temas tabú como la menstruación, la drogadicción o el aborto, comenzó a escribir con más valentía, si cabe, sobre su infancia y su relación filial. Fue su suegra, Billie Sexton, quien le ofreció la libertad que le permitió hacer lo que mejor se le daba. Por un lado se “quejaba de la falta de dotes de Anne en el arte de ser esposa pero se alegraba de que su hijo aún la necesitase”. No era algo menor ni gratuito ya que mientras la poeta “blasfemaba porque invadían su espacio, se sentía aliviada en secreto de tener una suegra dominante que tomó posesión de su casa y cuidó de ella como si fuese otra niña más, liberándola para que se convirtiera en una estrella”, recuerda Linda.

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Anne Sexton le lee a sus hijas Joy de 3 y Linda de 5 años. Foto de Ian Cook / The LIFE Images Collection.

 

Y la estrella brilló con esos poemas tan delicados como personales pero la resaca de su mente la sumía en estados tan profundos y hondos que tan solo la hospitalización parecía ser la cura. Aunque solo fuera temporal. Linda y Joy vivieron temporadas alejadas de su madre, temiendo por su vida y por las consecuencias psicológicas que esto pudiera acarrear. “Entre los años 1955 y 1964 a llevaron a la sala de urgencia del Newton-Wellesley Hospital en, al menos, cinco ocasiones, para realizarle lavados de estómago. También hubo otras hospitalizaciones proactivas durante ese tiempo, generalmente en respuesta a sus ideaciones suicidas o episodios tales como escuchar voces que le pedían que se quitase la vida o que matase a sus hijas”.

Cuando Anne entraba en estos trances se quedaba sentada enredándose el pelo, su máquina de escribir se quedaba muda y las tareas de casa siempre podían esperar. Entre 1964 y 1969 Linda Gray Sexton tan solo recuerda dos lavados de estómago, “una especie de triunfo”, considera en sus memorias. Sus brotes no solo afectaban a sus hijas, también a su marido con el que a menudo discutía con una violencia que llegaba a los golpes. Estas peleas se daban, sobre todo , durante la hora del cóctel que derivaba en una pequeña riña, en principio, sin importancia: la marca del jabón o cuánto tiempo requería el estofado. “Para Joy y para mí, el miedo que rodeaba la hora del cóctel se convirtió en una cicatriz permanente en aquellas noches de nuestra adolescencia”, recuerda Linda. Como cabe esperar, el matrimonio se divorció.

La unión entre ambas creció cuando Linda comenzó a escribir, un puente se construyó entre ellas y Anne Sexton ejerció de tutora de escritura de su hija. Compartía sus borradores, sin correcciones y, a cambio, Anne le enseñaba su trabajo. “Por cada palabra escrita hay diez que no son necesarias”, le aconsejó la brillante poeta. Pero existía una barrera muy difícil de sortear que Anne Sexton entendió en seguida: “Ser poeta será demasiado difícil para ti. Te rondaré siempre cual fantasma viejo y gris”.

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Anne Sexton, fotografiada por Rollie McKenna, 1961.

 

La muerte acechaba la casa de los Sexton de manera constante. Había frascos de la torazina, hidrato de cloral, pentobarbital y deprol sobre su cómoda, “en las jarras de bebida, en la punta de la lengua de mi madre, en los puños cerrados de mi padre, esperaba paciente en el coche aparcando en el gran garaje, tras las rejas del psiquiátrico”, enumera. La muerte estaba en todas partes, no cabía duda, y nadie era ajeno a que el final pudiera ser en cualquier momento. “Siendo una niña no imaginaba la muerte como una figura alta montada en caballo oscuro, ni como un monstruo de tres cabezas, sino como un episodio de una simplicidad perfecta y espantosa”.

Sus últimos años estuvieron tocados por crisis y amenazas de suicidio constantes. Entre 1973 y 1974 la situación se precipitó y Linda huía de su histeria, sus dramas y su dolor. También hubo un cambio radical y cuanto más alejaba de su madre esta más la llamaba para pasar tiempo juntas.

“Hola, ¿Linda?”, era Loring Conant, amiga de su madre. Quería verla de manera urgente. Todo lo que pensaba era que no les hubiera pasado nada ni a su padre ni a su hermana. Llegó a la oficina, cerró la puerta tras de sí: “Tu madre se ha suicidado”. Era 4 de octubre de 1974 cuando se encerró en su coche, cerró las puertas y encendió el motor.

“Te doy las imágenes que conozco. Túmbate quieta conmigo y observa”, escribió la gran poeta confesional. Y esta es su historia.

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