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Vive en un 'castillo', lo comparan con Stephen King y vende por millones: él es Maxime Chattam

El bestseller francés habla sobre televisión, religión y literatura con una marcada angustia existencial: "Somos como hormigas que se creen capaces de comprender la teoría de la relatividad"

Foto: Penguin Random House

Hay en su estudio calaveras y momias y fósiles y las paredes se esconden tras las estanterías llenas de libros y reliquias de otro tiempo. Maxime Chattam viste de negro y tiene una barba de dos o tres días, las canas se abren terreno. Puedo comprobarlo por las cámaras de Canal+, que entran en una casa que tiene la leyenda –alimentada por sus editores– de ser un castillo. A Maxime le divierte el rumor, que ha desmentido en alguna ocasión: “No es más que una casa grande”. Las cámaras recogen la entrevista y es la primera referencia que tengo de Maxime Chattam, que ni siquiera se llama así –su nombre es Maxime Guy Sylvain Drouot–, previa a su visita a España. Lo conozco en Madrid, dentro de una luminosa sala de la sede de Penguin Random House, y Maxime no viste de negro, sino con una colorida camisa a cuadros; no tiene un gesto serio, sino una sonrisa blanca y permanente; y no da impresión de ser un hombre reservado, más bien abierto.

Los misterios se van disipando con los segundos. ¿Quién es Maxime? “Un tipo que hace la compra, tiene familia y se encierra ocho horas al día para trabajar en una historia”. ¿Cómo era de niño? “Cuando mi familia lee los libros terribles que escribo, me pregunta qué me ha hecho. De hecho, nada. Era un niño muy observador, muy curioso, muy lúcido, y por tanto me costaba encajar la crueldad del mundo”. ¿Por qué Chattam? “Porque cuando escribí mi primer libro no quería poner mi verdadero nombre en portada. Cuando mis libros comenzaron a tener éxito muy pronto, el seudónimo me permitió mantener la distancia”. Ese éxito se sostiene sobre 23 novelas, y es la última de ellas la que le trae al otro lado de los Pirineos: se llama La señal (Alfaguara, 2019) y relata la aventura nada exenta de misterios de un matrimonio que escapa de su agitada vida neoyorquina para refugiarse en un pueblo de Nueva Inglaterra.

Vive en un 'castillo', lo comparan con Stephen King y vende por millones: él es Maxime Chattam

Portada de ‘La señal’, de Maxime Chattam. | Fuente: Penguin Random House

¿Por qué en América? “Lo decidí al principio”, explica. “El universo fantástico está muy marcado por la cultura anglosajona. Se hace difícil imaginar una historia de terror fantástico que no ocurra en Estados Unidos. Sobre todo porque, cuando se sitúa allí, no hay que dar demasiados datos, nos lo creemos firmemente. Si hubiera ubicado el relato en Francia, habría tenido que justificar mucho más el ambiente para que el lector se lo creyera. Ya no tenemos en Francia esa cultura del terror y lo fantástico, ni directores de cine que hagan películas del género. En España es distinto, ¿verdad? Tenéis a autores como Jaume Balagueró (REC, Mientras duermes)”.

Su vida ha trascurrido por distintos países, tiene un castellano bastante correcto –visitaba a su familia andaluza cuando era niño– y vivió con 12 años en la jungla tailandesa. Dijo Antonio Escohotado que si no aprendió thai durante su estancia fue por la imposibilidad de hacerlo a través de la literatura, que apenas tiene tradición. La cultura hablada, sin embargo, llega mucho más lejos: historias de muertos, leyendas de reencarnaciones. Rodeado de este mundo que es otro comenzó Maxime a escribir, embaucado por el contraste con la Francia donde nació.

“Recuerdo cuando celebré allí la Navidad, que para mí era importante a los 12 años”, cuenta. “Me sorprendió que para la gente de allí no quisiera decir nada. Fue una revelación, comprendí que mis puntos de referencia estaban ligados únicamente a mi cultura y eso cambió mi vida. A partir de ahí comencé a escribir y a pensar en escribir libros y a cambiar de punto de vista en función del personaje”.

–¿Por qué escribías?

–Al principio no me daba cuenta, pero escribía para escapar de la realidad –responde–. Me gustaba Las aventuras de Tom Sawyer, me gustaban Stephen King, Tolkien y otros muchos y yo quería vivir esas historias. La realidad era decepcionante. Los primeros textos que escribí eran a partir de las películas que veía, reescribía el mismo relato conmigo como protagonista y mis amigos eran el resto de personajes.

“Una de las pesadillas más terribles del ser humano es darse cuenta de que no controla nada”

Algunos años después, a los 20, comenzó a sentir la determinación de intentarlo, de convertir la pasión en oficio. “Empecé a hacer todo lo posible para escribir y para que me publicaran”, comenta. Sus maestros se llamaban Stephen King y Howard Phillips Lovecraft, y al menos al primero ha podido conocerlo. “Nunca te recomendaría que conozcas a tus ídolos, a menos que sea Stephen King. Es encantador”. Curiosamente, en la antesala de esta obra se incluye la cita de una de las pocas nouvelles que King escribió fuera del terror: la bellísima, nostálgica y emotiva El cuerpo –más conocida es su adaptación al cine, Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986)–. “Eso es lo peor, creo yo”, escribió King en la primera página. “Que el secreto se quede dentro por falta no de alguien que lo cuente, sino de un oído receptivo”.

Chattam arranca, después, con otra cita. En esta ocasión de La llamada de Cthulhu, de Lovecraft, que dice: “Vivimos en una plácida isla de ignorancia rodeada por los negros océanos del infinito, por las que no estaba prevista que viajáramos lejos”. Le recuerdo el fragmento y asiente.

–Precisamente en una sociedad como la nuestra, donde el hombre tiene la necesidad de controlar todo, una de las pesadillas más terribles del ser humano es darse cuenta de que no controla nada. Somos como hormigas que se creen capaces de comprender la teoría de la relatividad.

“Creo que hay más que aprender de la televisión y el cine que de las novelas”

Y eso le gusta, en cierto modo. Maxime sabe bien que al hombre le aterra el vacío y que las historias –la literatura, la religión, los chismes– ayudan a sellar los huecos del alma, igual que lo hace el yeso en una pared agrietada. Nos encanta el terror, le planteo. Con lo fácil que sería quedarnos en nuestro lugar seguro.

–Precisamente quería jugar en este libro con nuestros distintos temores. La oscuridad. El miedo al otro. El miedo a perder nuestro confort o nuestras certezas. Por eso me parece muy interesante tener protagonistas adultos y adolescentes: frente a lo fantástico, actúan de forma diferente. El adulto actúa de acuerdo con su pragmatismo, rechaza lo fantástico y sólo lo acepta cuando no le queda más remedio. El adolescente lo acepta de forma inmediata y busca enseguida soluciones.

No es sencillo lograr una atmósfera angustiosa en un libro cuando estamos habituados al cine, que juega con ventaja: tiene la iluminación, la música, los silencios. “Por eso procuro escribir de una forma muy visual, como si estuviera viendo todo a través de la cámara, girando con ella, y al lector le voy contando lo que veo en ese encuadre”, explica. “También juego con lo que no ve pero supone que está. Así creo el miedo: aterra más sobrentender cosas que decirlas directamente. Escribir una novela de terror es un juego de manipulación”.

Y añade: “Creo que hay más que aprender de la televisión y el cine que de las novelas cuando eres novelista. La mayor parte de los novelistas no toman riesgos, tienen el relato y lo cuentan de la forma clásica, mientras que, sobre todo las series, tienen un relato y tratan de contarlo de forma original”.

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Stephen King y Maxime Chattam, en la portada de Le Monde. | Frame del reportaje de Canal+ Francia

Maxime Chattam ha vendido más de siete millones de libros, lo han traducido a 20 idiomas y la literatura ha sido su puente de unión con los otros: “Una de las razones para escribir es sentirse menos solo. Es paradójico, este trabajo es muy solitario, pero somos muchos los que compartimos las mismas emociones. Eso tranquiliza mi carácter solitario”. Llegados a este momento me queda una última duda.

–Entonces, ¿cuál es tu relación con Dios?

–Yo soy un observador –Maxime ríe y provoca un silencio–. Hay algo que lamento profundamente en la vida… y es que no soy creyente. No lo consigo. Siempre me han interesado las religiones y siempre me ha fascinado ver cómo una religión aparecía en un momento de la civilización para responder a cuestiones de control, más que a cuestiones espirituales. Tal vez sea esta la deformación de un agnóstico, pero la verdad es que me ha impedido creer en Dios. En la vida me habría resultado más fácil si creyera. Y mi mujer, que es creyente, me dice que me equivoco. Me encantaría tener fe. Soy papá, tengo hijos y la idea de que me digan que cuando me muera se acabó, no hay nada más, es insoportable. En otro libro escribí que la vida no es más que un flash de consciencia en la eternidad. Y eso es en lo que yo creo… y me entristece profundamente.

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