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Internacional

En el lado correcto de la historia, de la mano de Xi Jinping

«Tanto China como España tenemos principios y abogamos por la justicia», según el presidente de la República Popular

En el lado correcto de la historia, de la mano de Xi Jinping

Pedro Sánchez en China. | Li Xiang (Xinhua News)

A la cuarta —visita de Pedro Sánchez a China— fue la vencida. La sintonía es total, y así lo entendió este martes el presidente Xi Jinping, que ha encontrado en Sánchez su alma gemela. «Tanto China como España tenemos principios y abogamos por la justicia. Y estamos dispuestos a estar del lado correcto de la historia».

La manoseada afirmación detrás de la que se esconden el oportunismo, la superioridad moral y la cara dura de cualquier dirigente que la utilice no podía faltar en Pekín. A Xi Jinping le viene de maravilla tener un caballo de Troya llamado Sánchez para sus planes con respecto a la UE. Y el presidente del Gobierno español encuentra en China un rato de consuelo, lejos de la corrupción que le acogota y de las elecciones —Extremadura, Aragón, Castilla y León, en seguida Andalucía— que pierde cada pocos meses.

Tener relaciones políticas, económicas y comerciales con una de las dos superpotencias del mundo es una obligación para un país como España. Pero abrir la puerta de instituciones y empresas estratégicas nacionales a una tecnología sospechosa de espionaje y convertirse además en el chico de los recados de Pekín en Bruselas es otra historia. Y dejarse mimar por el régimen chino y tragarse sin pestañear eso de que «tanto China como España tenemos principios y abogamos por la justicia» está a la altura de las estrafalarias y cínicas declaraciones de otro gran partidario de los lados correctos de la historia, Donald Trump, aunque él prefiere la versión de que Dios está de su parte (un poco menos ahora, después de su rifirrafe con el Papa).

Los comunistas chinos que han adoptado el capitalismo de Estado han sabido sacar al país del hambre y el subdesarrollo. La capacidad económica y tecnológica del país asiático es otra historia de éxito. Pero los principios y la justicia del régimen están ahí, gentileza de Human Rights Watch y Amnistía Internacional, para el que quiera conocerlos:

  • La represión en Xinjiang, las «graves violaciones de derechos humanos» que la ONU ha documentado contra los uigures y otras comunidades, se basan en detenciones arbitrarias masivas, torturas, campañas de esterilización y trabajos forzados.
  • La asimilación forzosa en Tíbet y Xinjiang, con vigilancia policial intensa, recolección de datos biométricos y restricciones religiosas y culturales.
  • La restricción de libertades en Hong Kong desde la imposición de la Ley de Seguridad Nacional, cuyo objetivo ha sido deshacer la sociedad civil, la oposición política y los medios de comunicación independientes.
  • La Gran Muralla Electrónica de la censura en internet y el control de todos los canales de información y del sistema educativo.
  • La persecución de disidentes, periodistas, abogados y activistas de derechos humanos y la aplicación de detenciones, juicios sin garantías y cárcel.

La guinda es la brutal coacción estratégica sobre Taiwán, con una combinación de presión militar y económica, guerra híbrida, ciberataques y desinformación.

Los 23 millones de taiwaneses tienen la mala suerte de no estar en el lado correcto de la Gran Muralla, y Sánchez les coloca junto a los iraníes y los saharauis cuando dice, como recoge la agencia oficial de noticias del régimen comunista, que «España se adhiere firmemente al principio de una sola China».

¿Puede Sánchez al mismo tiempo felicitar al ganador de las elecciones en Hungría —si fueran en España, el gesto de cortesía sería más difícil, como ya se ha demostrado—, liderar la contestación a Trump y bailarle el agua a Xi Jinping? Claro que puede. El truco está en no mirarse al espejo, en distanciarse del populismo derechista de Viktor Orbán abrazando el populismo izquierdista con el que vampiriza a sus socios de Gobierno, en intentar ocultar los síntomas de la deriva iliberal.

El truco está en recurrir una y otra vez al manido y pomposo lado correcto de la historia en la confianza de que haya todavía admiradores de la fabricación de superioridad moral que aplaudan. La victoria de Péter Magyar en Hungría ha dejado claro que el lado correcto de la historia no es el de los Gobiernos que, para sacudirse de encima la corrupción que les ahoga, atacan a los jueces y a la prensa independiente. No es despreciar al Congreso ni colonizar las instituciones una por una, ni crear muros divisorios y enfrentar a la sociedad. No es tampoco eludir el liderazgo que España debería tener en la democratización de Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Estar en el lado correcto de la historia no es asumir el autoritarismo como modelo de organización política y social. Y desde luego no es ser zalamero con los dirigentes chinos e ignorar sus violaciones de los derechos humanos y las advertencias europeas sobre los riesgos que implica entregarse a los intereses políticos, económicos y de seguridad de Pekín.

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