The Objective
Hastío y estío

'Amarga Navidad', penitencia de un servidor

«La vanidad de Almodóvar es ya parte del paisaje nacional, como las procesiones o los toros»

‘Amarga Navidad’, penitencia de un servidor

Pedro Almodóvar en 'La revuelta'. | RTVE

En un artículo de hace pocos días dije que no había visto la última película de Almodóvar, Amarga Navidad, pero que no necesitaba hacerlo para adivinar lo que había en ella. Hay quien me lo echó en cara, que no podía criticar algo que no había visto, y como estamos en Semana Santa, decidí que mi penitencia fuera ver la película para después contársela a ustedes.

Cumplí la penitencia. Amarga Navidad es un melodrama autoficcional y algo autocompasivo, donde Almodóvar se mira al espejo una vez más y decide que el reflejo aún merece ser filmado con devoción. La historia sigue a Elsa, una directora de publicidad a la que se le muere su madre durante las Navidades y huye del duelo sumergiéndose en el trabajo hasta que un ataque de pánico la obliga a refugiarse en Lanzarote con una amiga. Allí, entre recuerdos, reproches y capas de ficción dentro de la ficción, se despliega el habitual tapiz «almodovariano»: madres ausentes, hijos heridos, secretos que supuran y una reflexión sobre cómo el arte vampiriza la vida real.

Con lo fácil que lo tenía. Después de tantos años diseccionando su propia biografía: dolor, deseo, maternidad, creación. Almodóvar podría haber ofrecido algo nuevo, una herida fresca, un silencio verdadero. En cambio, entrega una película que parece escrita con la misma pluma que Dolor y gloria, solo que más cansada, más autoconsciente y, paradójicamente, más impostada. El color sigue siendo espléndido, los encuadres impecables, la banda sonora de Alberto Iglesias envuelve como un abrazo de terciopelo. Pero debajo de tanta belleza formal late un vacío que no logra disimular. La tragicomedia se queda en drama pretencioso. El humor, cuando aparece, suena a chiste ya contado. Todo huele a autor que se toma demasiado en serio su propio mito.

La temática, esa mezcla de duelo aplazado, la creación como vampirismo y la familia como campo de minas emocionales, resulta tan previsible como que en julio hará calor. Almodóvar vuelve a contarnos que la ficción salva y traiciona al mismo tiempo, que la memoria es traidora y que los artistas devoran a sus seres queridos para convertirlos en material. Lo dice con elegancia, sí, pero ya lo ha dicho tantas veces que el discurso suena a lección repetida. En plena Semana Santa, un servidor no puede evitar pensar en esta película como una resurrección fallida. Un cadáver exquisito que dejó de serlo hace un par de décadas. Solo se embalsama con mimo un dolor que, a fuerza de repetirse, ha perdido su valor.

La estética, en cambio, es puro Almodóvar: cromatismo saturado, interiores que parecen decorados de revista de diseño, ropa que parece elegida por un estilista con trauma freudiano. Todo es hermoso, demasiado hermoso. La cámara acaricia los rostros y los objetos con una ternura que roza la complacencia. Lanzarote aparece como un paraíso árido y luminoso, perfecto para que los personajes se desangren con estilo. Pero tanta belleza acaba anestesiando. El melodrama se vuelve ornamental, casi decorativo. Uno sale del cine admirando la superficie sin que la herida haya calado de verdad.

En medio de este ejercicio de vanidad visto ya demasiadas veces, brilla con luz propia Bárbara Lennie. Su interpretación es lo único que merece ser salvado sin reservas. Lennie no actúa, habita. Convierte a Elsa en un ser de carne y contradicciones, frágil y feroz al mismo tiempo, capaz de transmitir el pánico, la culpa y el vacío con una economía de gestos portentosa. Su mirada, sus silencios, la manera en que carga el duelo como quien arrastra un peso invisible, elevan la película por encima de sus propios límites. Es, sin duda, la mejor creación femenina de Almodóvar en años. Mientras el director se contempla a sí mismo, Lennie mira de frente al abismo y lo hace suyo. Su trabajo es tan honesto, tan preciso y tan dolorosamente humano que uno casi le perdona al manchego el resto de excesos.

El resto del elenco cumple con corrección, Aitana Sánchez-Gijón, Leonardo Sbaraglia y compañía, pero ninguno logra escapar del peso de ser «personajes almodovarianos». Parecen conscientes de que están dentro de un universo cerrado, interpretando roles ya escritos por el director desde hace décadas.

Amarga Navidad es, en definitiva, una película para fans incondicionales y para aquellos que necesitan confirmar que Almodóvar sigue siendo Almodóvar. Para el resto, resulta un melodrama un tanto fatigado, una Navidad sin luces, pero con mucho postureo emocional. Con lo fácil que lo tenía para sorprendernos de verdad. En lugar de eso, nos ofrece un espejo donde el director se refleja una vez más y nos invita a aplaudirlo.

Un servidor, que cumplió su penitencia viendo la película, sale del cine con un hastío esperado. La vanidad de Almodóvar es ya parte del paisaje nacional, como las procesiones o los toros. Pero de vez en cuando uno echa de menos que el director, en vez de embellecer su propio dolor, se atreviera a dejarlo sangrar sin tanto adorno.

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