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Todo empezó con Gran Hermano

El veneno del populismo entró en España a través de la pantalla de la televisión

Todo empezó con Gran Hermano

Ilustración: Erich Gordon.

El populismo entró en España por el extremo izquierdo y la televisión –una forma de hacer televisión que nació hace 22 años– fue su más fiel aliado. La sociedad española no es la misma desde la primavera del 2000. La banalización del debate, la importancia de los gestos y los sentimientos sobre la razón, el fango por el que es arrastrada la verdad, la polarización absurda en un país satisfecho. Todo empezó con Gran Hermano.

Parecía, al principio, de oídas, una simple burla al personaje omnipresente de 1984, de donde tomaba obviamente su nombre. O una moda al calor del éxito de la película de Peter Weir El show de Truman, estrenada un par de años antes. O cosas de los holandeses, creadores del programa. De todo esto se habló en la primera rueda de prensa de la productora Zeppelin y Telecinco sobre Gran Hermano, en febrero del milenio recién estrenado. Los periodistas convocados nos tomamos aquello con nuestra habitual superioridad moral, mirando de soslayo el último invento televisivo, preguntando si sacarían a los concursantes en el baño o fornicando, lamentando que se tomara el nombre de George Orwell en vano.

Todo lo que dijeron los ejecutivos para defenderse era verdad: que sería «estrictamente voluntario entrar en la casa y salir», que no sacarían a la gente «haciendo sus necesidades», que aquello era una suerte de «experimento». Lo que no podían prever, ni ellos ni nadie, es que el espacio cambiaría la historia de la televisión española para siempre y, con ello, también la política. Gran Hermano se estrenó –oh, ironía– el Día del Libro y, de inmediato, la gente pareció volverse loca.

Los diez concursantes –en los tres meses que duró el programa participaron en total 14–, elegidos «con fuertes diferencias de
caracteres» por un equipo de psicólogos, según se había jactado la productora, se volvieron, por la propia dinámica del espacio, en personajes de un culebrón real, que marcaban tendencia con sus frases y sus pequeñas diferencias. Aquel «quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza» de Jorge Berrocal clamando al cielo porque expulsaron a su flamante novia María José
Galera ciertamente puede competir con el «pecador de la pradera» de Chiquito de la Calzada, el grito «A jugar» de Joaquín Prats o el «¿Cómo están ustedes?» de Fofó y sus payasos. Historia catódica de España.

Al final, la cuestión no sería, tal y como habían denunciado en Alemania con la edición en ese país, que encerraran a los participantes «en una ratonera» que se mostraba al público las 24 horas del día. En España, la emisión continua se dio a
través de plataformas de pago
–Quiero TV y Vía Digital–, de tímido desarrollo entonces, pero el formato obligaba a la cadena promotora, Telecinco, a salpicar su parrilla con minutos de «conexión» con lo que enseguida pasó a nombrarse con naturalidad como «la casa».

Estos enlaces no sólo sucedían entre programas, sino dentro de ellos. Así, todos fueron colonizados. Desde el magazine mañanero presentado por María Teresa Campos hasta el late night show conducido por un impecable Javier Sardá, los
comentarios, tertulias, debates, pasaron a girar en torno a las mínimas vicisitudes de ciudadanos sin ningún mérito
(asumimos que son bellísimas personas) a quienes los espectadores se referían familiarmente sin apellidos: Ismael, Iván, Ania, Mabel, Israel, Marina, Koldo, Íñigo… Del programa llegaron a hablar los informativos ¡y hasta la competencia! (En concreto, Antena 3, que dedicó a Gran Hermano algún que otro espacio e intentó, sin éxito, un remedo fugaz, El Bus.)

«No se trata en semejante experiencia ni de secreto ni de perversión, sino de una especie de escalofrío de lo real, o de una estética de lo hiperreal, escalofrío de vertiginosa y truculenta exactitud, de distanciación y de aumento a la vez, de distorsión de escalas, de una transparencia excesiva. Placer por exceso de sentido precisamente cuando el nivel del signo desciende por debajo de la línea de flotación habitual del sentido: la filmación exalta lo insignificante, en ella vemos lo que lo real no ha sido nunca (pero «como si estuviera usted allí»), sin la distancia de la perspectiva y de nuestra visión en profundidad (pero «más real que la vida
misma»). Gozo de la simulación microscópica que hace circular lo real hacia lo hiperreal (es algo parecido a lo que ocurre con el porno, cuya fascinación es más metafísica que sexual)».

Quien escribe es Jean Baudrillard –perdón por la cita postestructuralista, pero es que, relojes estropeados, ¡dos veces dan bien la hora!–, no sobre el Gran Hermano que estrenó la llamada telerrealidad en este país, sino sobre el primer reality show, An American Family, emitido en Estados Unidos en 1971 y que acabó como el rosario de la aurora. La familia protagonista, los Loud, filmada
ininterrumpidamente durante siete meses, saltó por los aires en prime time
(los padres se divorciaron, el primogénito salió del armario) en la misma época en que lo hizo el ideal estadounidense que representaban (padre viajante, madre ama de casa, cinco hijos, dos perros, casa en las fueras).

Al igual que sucedió con An American Family, seguido por 20 millones de espectadores, desde el principio Gran Hermano fue un éxito de público. La primera de las galas semanales, presentadas por una histriónica (y eficacísima) Mercedes Milá, llegó a reunir frente a la pantalla a cinco millones de personas; la última, a más de 11 millones. Con un share de media del 70%, el programa sigue ostentando el pico de cuota de pantalla más alto desde que se mide este dato en España (y existen varios canales de televisión): 89,9%, en algún momento de la gran final, ganada por Ismael Beiro (20 millones de las antiguas pesetas, era el premio).

La novela 'El corazón helado', de Almudena Grandes, será serie de televisión

¿Tener audiencia es un problema? ¿Servir de entretenimiento tiene algo de malo? No, tampoco. El problema era que, a esa superficialidad de la conversación, a esa nimiedad de las disputas, a esa simulación de la verdad, se unía algo verdaderamente poderoso: por primera vez, el espectador decidía. Enfrentados en diferentes pruebas (en las antípodas de Saber y Ganar), los participantes se «nominaban» unos a otros para ser expulsados, y la audiencia, durante las galas, votaba entre dos opciones por quien considerara que debía salir. ¿Decidir? ¿Con personalidades chocantes elegidas a propósito? ¿Con pruebas establecidas por la dirección del programa? (Solo una voz en off estaba en contacto cotidianamente con los concursantes, aquel Capi, el supuesto «gran hermano» de Gran Hermano.) Ilusión de decidir, nada más. El terreno se abonaba para tomar partido, y había que hacerlo forzosamente.

Dejo de lado, a propósito, la degeneración de Gran Hermano con las sucesivas ediciones, que incluye acusaciones de malos tratos dentro de una pareja y hasta un oscuro episodio de presunto abuso sexual denunciado ante la Guardia Civil. En la primera etapa, aún se guardaban ciertas formas, e incluso se tapó discretamente el asalto a «la casa» por parte de un abertzale. A partir de la segunda edición, se produjo un retruécano en la ilusión de verdad primigenia: todos los que entraban habían visto el programa y, por lo tanto, su comportamiento estaba doblemente condicionado, por las cámaras que filmaban y por el efecto que sabían causaban en el público. Destaco, eso sí, que España es el país donde se emitieron más temporadas (18) y que no volvió a haber un concurso exitoso que no repitiera mínimamente la fórmula telerrealidad-enfrentamiento-votación.

Dentro de esto cabe, claro, Operación Triunfo (falso concurso musical) y Masterchef (falso concurso de cocina), donde lo que importa no es tanto el mérito como quién cae bien a la gente, pero, además, cualquier otro programa de entretenimiento. Notoriamente, los hasta entonces inocuos y ligeros programas del corazón (en parte, es verdad, porque muchos de esos mismos concursantes demeritorios acabaron alimentando la máquina televisiva). Sí, el estercolero de Sálvame también empezó con Gran Hermano. La distancia que hay entre Corazón, corazón y el espacio de Jorge Javier Vázquez equivale a la que va de Rocío Jurado a su única hija biológica. La involución de una especie.

No es ninguna teoría de la conspiración, nadie planeó la granhermanización de la vida pública para que nos autodestruyéramos, los fenómenos complejos no se despachan con una sola causa. El asunto tiene que ver con comportamientos viejos. España se derrite por los concursos desde que le pusieron una tele por delante (Un, dos, tres, El Precio Justo, Grand Prix…) y, si una noticia sale en el telediario (alguna abuela existirá aún que diga «el parte»), es sagrada. Ni las plataformas de streaming ni las redes sociales han cambiado estos hábitos. Un estudio publicado en 2021 revelaba que la televisión sigue siendo el medio principal de información y de entretenimiento para los españoles, y que estos lideran el consumo televisivo en Europa, con una media de casi cuatro horas al día.

¿Se han fijado cómo en este país copa la tele las conversaciones cotidianas? ¿O cómo se pone a comentar el último hito de la telebasura a algunas de las mejores plumas en los periódicos? Esto no pasa en Estados Unidos, México o Argentina, por nombrar tres realidades que conozco, quizá porque el cable y la competencia entre muchos canales nos lleva una generación de ventaja.

Si detrás de un proyecto televisivo hay alguien con respeto por la mayoría, analfabeta o cultivada, con verdadera responsabilidad social, que haga honor a las vetustas funciones del medio (informar, entretener, educar), lo que sale son programas que ya no existen: La Clave, La Edad de Oro, La Bola de Cristal. Las privadas, en los noventa, se desentendieron de este tipo de televisión porque no es lo suficientemente rentable, pero los verdaderos enemigos siempre fueron los políticos (al recientemente fallecido José Luis Balbín lo defenestró el Gobierno de Felipe González.)

Y el día que se aliaron los políticos con la granhermanización de la vida pública, el resultado, tras el precedente sentado por José Luis Rodríguez Zapatero (concedió una cadena a modo, La Sexta, y confesó, con involuntario micrófono abierto , aquel «nos conviene que haya tensión»), fue Podemos.

«La izquierda muchas veces ha despreciado los programas de televisión que ve mucha gente, diciendo esto es carnaza que se hace para ganar dinero, que es algo que debemos ignorar porque es mucho mejor leer a Marcuse o a Gramsci. Si leyeran a Gramsci de verdad, se darían cuenta de que la televisión es la que configura la manera en la que la gente piensa y la manera en la que la gente pone nombres a las cosas». Esto le dijo literalmente Pablo Iglesias Turrión a Risto Mejide en 2014, tras conseguir el hito de colar a su formación en el Parlamento Europeo con un millón y un cuarto de votos y cinco escaños.

En las siguientes elecciones generales obtendrían más de cinco millones de votos: 69 diputados. Cada uno de ellos, ganados a fuerza de salir sus líderes en la tele y, como ganadores de un reality, caer simpáticos («están muy preparados», era una frase repetida por los españoles en aquellos años).

Que el Congreso se convirtiera, entonces, en una suerte de plató fue consecuencia natural. Carolina Bescansa amamantando a su bebé, el soviético beso en la boca de Iglesias y Xavier Domènech, la tensión entre Tania Sánchez e Irene Montero, las mujeres del líder… ¿Dónde vimos eso antes? En la casa de Gran Hermano.

«He venido a aprender porque yo ahora voy a empezar un programa de entrevistas en profundidad y te llevo estudiando mucho tiempo», le dijo también Iglesias a Mejide aquella vez. Muy preparados, en efecto: llevaban desde 2010 aprendiendo las maneras del medio, ya granhermanizada España.

De ninguna manera, sin la estrategia de incrustarse en la tele, los Iglesias-Errejón-Monedero hubieran llegado lejos desde la asociación estudiantil de la Facultad de Ciencias Políticas a la que pertenecían, Contrapoder. Tampoco, probablemente, sin los dineros bolivarianos, pero esto lo tendrá que demostrar el juez Manuel García Castellón.

Daniel Gascón: «Los moderados tienen miedo de su discurso»
Pablo Iglesias, durante un acto electoral en el Parque de Olof Palme. | Foto: Fernando Alvarado | EFE

Sin la tele, de igual manera, nada hubiera sido de aquella convocatoria de Democracia Real Ya, organización de extrema izquierda, para juntar a los indignados y manifestarse en varias ciudades españolas el 15 de mayo de 2011, el germen del llamado Movimiento 15M que tan bien aprovechó Podemos. Dirán ustedes: eso ya se acabó, el globo está pinchado, Iglesias volvió a su
ecosistema natural,
las elecciones andaluzas demuestran que la gente busca moderación y resultados de carne y hueso. Bien.

España sigue teniendo un presidente que con dramaturgia disfraza toda decisión política y oculta el hecho aberrante de haber pactado con los partidarios de los asesinos de compañeros de su propio partido. El ganador de la primera edición de
Gran Hermano, Ismael Beiro, ya ha dicho que quiere ser alcalde de su Cádiz natal y que la quiere convertir «en la Miami de Europa», ganándole «terreno al mar» y creando «15.000 puestos de trabajo».

Va otra vez Baudrillard (segunda hora correcta), síganme los valientes:

«Desde hace mucho tiempo, el poder no sueña más que en producir signos de su realidad. De pronto, ha entrado en escena otra figura del poder, la de la demanda colectiva de signos de poder, unión sagrada que se produce en torno a su desaparición y para conjurarla. Todo el mundo se adhiere más o menos a esta demanda por terror al hundimiento de lo político. (…) Cuando
nada quede de él, nos encontraremos todos, según una lógica de autodisuasión progresiva, bajo la alucinación total del poder. Una obsesión tal que se perfila ya por todas partes, expresando a la vez la compulsión de deshacerse del poder (nadie lo quiere ya, todos lo dejamos para los otros), y el nostálgico pánico de su pérdida. La melancolía de las sociedades sin poder fue lo que suscitó el fascismo, la sobredosis de un referencial fuerte en una sociedad que no puede culminar su enlutada vocación».

El péndulo al rebotar creó a Vox. El veneno del populismo está inoculado. Todo empezó como un experimento, solo era televisión. Veremos a ver qué pasa.

Yaiza Santos es periodista y escritora. Autora de ‘Vidas sin fronteras’ (Alfaguara, 2019), colabora con varios medios en México y en España.

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