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Tecnología

Un barco de guerra de 500 millones, delatado por una baliza de cinco euros

El buque neerlandés viajó para proteger un portaaviones en pleno conflicto en Ormuz con un pasajero inoportuno

Un barco de guerra de 500 millones, delatado por una baliza de cinco euros

Navío holandés HNLMS Evertsen 1.

Fue de la misma manera que una mascota, una mochila perdida o un iPad robado. Un buque de guerra de 500 millones de euros, armado para proteger a un portaaviones nuclear y en plena operación en una de las zonas más tensas del Mediterráneo, fue seguido durante horas con un dispositivo de cinco euros escondido en una carta.

En 1979, Sting, el líder del grupo The Police, lanzó un mensaje dentro de una botella que lo llevó al número uno en las listas musicales de medio mundo. Desde entonces, el tiempo ha pasado, la tecnología ha cambiado y los mensajes viajan de otra manera. El problema salta cuando se hace desde donde no deberían, y no a través de botellas de cristal, sino basadas en datos transmitidos por Bluetooth.

Porque a los autores de la jugada no les hizo falta romper cifrados, infiltrarse en redes militares ni hackear satélites. Les bastó con un chisme comprado por AliExpress al precio de un par de cervezas. El caso resulta incómodo por su sencillez. Alguien compró un rastreador barato, de los que se usan para encontrar llaves o mochilas, lo ocultó en una felicitación y lo remitió a la fragata HNLMS Evertsen a través del servicio postal militar neerlandés, la Militaire Post Organisatie. Ese servicio permite a los militares recibir cartas desde casa durante sus despliegues. La baliza entró al circuito postal sin levantar sospechas.

La operación no fue obra de una potencia rival. Tampoco de un oscuro servicio secreto ni del descuido digital de un marinero. Fue obra de los periodistas de Omroep Gelderland, un medio neerlandés que quiso probar hasta dónde podía llegar una vulnerabilidad de grado doméstico en un entorno, en teoría, seguro.

La fragata Evertsen tampoco fue un destino menor. Es un buque de defensa aérea y mando de la clase De Zeven Provinciën. Su misión el pasado marzo consistía en escoltar al portaaviones francés Charles de Gaulle en el Mediterráneo oriental.

La fragata HNLMS Evertsen.

La brecha de seguridad estaba en el control del correo. Su Ministerio de Defensa escanea los paquetes por rayos X, pero no aplica el mismo procedimiento a los sobres, o al menos no hasta ahora. Esa diferencia bastó para que el rastreador pasara por el sistema. No hubo una intrusión informática, un sabotaje sofisticado ni una operación de inteligencia con grandes recursos. Solo una postal, dos sellos y un dispositivo con una pila como la de un reloj.

El recorrido quedó a la vista de todos. La baliza salió de un centro de clasificación en Países Bajos, pasó por la base naval de Den Helder y llegó al aeropuerto de Eindhoven. Desde allí viajó a Creta, hasta el puerto de Heraklion, donde el Evertsen estaba atracado. Las cámaras del puerto mostraron a todo aquel interesado el buque antes de zarpar el 27 de marzo.

Cuando la fragata dejó el muelle, la imagen pública desapareció, pero la baliza siguió emitiendo señales. El dispositivo permitió observar primero una ruta hacia el oeste, junto a la costa de Creta, y después un cambio de rumbo hacia el este. Unas veinticuatro horas más tarde dejó de emitir, ya cerca de Chipre. Para entonces, el mensaje estaba claro.

Según informa el medio holandés, el rastreador fue encontrado durante la clasificación del correo de servicio, después de la salida de Heraklion. El comandante Marcel Keveling afirmó que el objeto fue detectado con rapidez y que se adoptaron las medidas previstas. El Ministerio de Defensa de los Países Bajos sostuvo que no hubo riesgo operativo, porque el buque ya estaba en una misión con cierto grado de exposición. La explicación no cerró el debate.

A pesar de todo, fuentes gubernamentales anunciaron cambios en los procedimientos. Entre las primeras medidas figuró la prohibición de enviar tarjetas con baterías en su interior a navíos de su armada, y la revisión de las normas de correo militar. El dilema queda en el aire: los soldados necesitan mantener el contacto con sus familias, pero cada sobre puede convertirse en una vía de acceso indeseada.

Una baliza Bluetooth no funciona como un GPS militar. Emite una señal de corto alcance que otros teléfonos o dispositivos cercanos pueden captar y remitir a una red comercial. En tierra, esa red es inmensa, incluidos los aparatos con esta tecnología que haya en bases militares o puertos. A bordo de un buque, basta con que un dispositivo cercano, como un ordenador portátil, una tableta o un teléfono móvil conectado con alguna red exterior, actúe como puente para que la señal de posicionamiento acabe en la nube de todos.

Una señal muy fiable

La siguiente pregunta es: ¿para qué ocultar un buque si puede verlo un satélite? La diferencia está en el tipo de dato. La imagen de un satélite comercial puede tener retrasos, horarios de paso, interferencias por nubes o dudas de identificación. Una baliza oculta puede confirmar que una señal concreta viaja dentro de un buque identificable sin dudas. En inteligencia, la confirmación vale tanto como el hallazgo inicial.

El caso neerlandés recuerda al episodio del Charles de Gaulle revelado por Le Monde. Un oficial de la Marina francesa registró el 13 de marzo de 2026 una carrera de algo más de siete kilómetros sobre la cubierta del portaaviones mediante Strava. Su perfil público permitió situar al buque cerca de Chipre. Francia admitió una infracción de seguridad digital y anunció medidas.

La escena parece menor, casi risible, pero no lo es. Un marinero sale a correr, activa su reloj, guarda la actividad y la sube a una aplicación deportiva. Para un usuario civil, la ruta puede ser una curiosidad, pero para un analista, un óvalo en mitad del Mediterráneo sobre una cubierta de vuelo es una pista de enorme valor.

Aplicaciones comerciales que hablan demasiado

Strava ya había provocado una alarma mayor en 2018 con su mapa global de actividad. Ese producto, creado con actividades deportivas de sus usuarios, dejó al descubierto patrones de vida en bases militares de Irak, Siria, Afganistán y otros lugares sensibles. No enseñaba secretos de Estado, pero sí rutas, perímetros, horarios y movimientos repetidos. En ocasiones, eso basta para localizar una instalación y determinar muchos de sus usos y costumbres.

La inteligencia de fuentes abiertas no siempre necesita documentos robados. A veces le basta con hábitos. Un soldado que corre cada noche alrededor de un perímetro, un reloj que sube una ruta, una cámara portuaria abierta y una baliza escondida en una postal pueden componer una imagen útil. Cada pieza aislada parece inocente. Todas unidas cuentan una historia operativa.

La frontera entre tecnología civil y militar se ha vuelto muy porosa. Antes, el riesgo estaba en radios, mapas, códigos o documentos. Ahora también reside en relojes, teléfonos, pulseras, etiquetas de rastreo, aplicaciones de deporte y redes comerciales. Ninguno de esos objetos nació para espiar a un buque de guerra, pero todos pueden ayudar a hacerlo si entran en el lugar adecuado.

Medios al alcance de cualquiera

Lo relevante del Evertsen no es que una fragata pueda ser vista. Lo grave es que un medio regional haya demostrado una forma barata de colocar una señal dentro del entorno de un buque desplegado. Un adversario no necesita copiar el método exacto para aprender la lección. Basta con entender que la rutina logística puede ofrecer más información que un sistema clasificado.

El incidente obliga a revisar el correo militar y también la formación del personal. No se trata de prohibir toda tecnología civil ni de aislar a los soldados. Se trata de asumir que cualquier objeto con batería, radio o conexión directa o indirecta puede emitir información. La seguridad ya no empieza en el radar del barco, sino en la mesa donde se reparte el correo, llega la carne congelada del rancho o están los utensilios de la lavandería.

Las armadas europeas han invertido durante años en defensa antiaérea, misiles, guerra electrónica y sensores navales. Todo eso sigue siendo vital, pero una guerra conectada castiga los descuidos, por muy pequeños que sean. Un buque puede estar preparado para interceptar un misil y, a la vez, quedar expuesto por una baliza de unos pocos euros. Esa desproporción define el problema.

Nueva tecnología, nuevas medidas

El caso no hundirá al Evertsen ni comprometerá por sí solo una operación aliada, pero deja una advertencia clara, una más. Strava mostró bases, un reloj deportivo señaló al Charles de Gaulle y una postal con una etiqueta Bluetooth siguió a una fragata holandesa en el Mediterráneo.

La guerra moderna se está escribiendo con nuevas reglas, las de unas charlas digitales que cada día cuesta más mantener en voz baja. En un concierto de Police en mitad del desierto, la señal de una baliza llegaría mucho más lejos que la voz de Sting.

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