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Por qué NO donar ropa, comida y trastos a países en desarrollo

Clara Paolini

Foto: Bill Wegener
Unsplash

En el primer mundo se piensa: los niños de Zimbabwe apenas tienen juguetes, los jóvenes de Burundi no llevan zapatos y  en los países del Cuerno de África, sacudidos por incesantes hambrunas, toda donación en especie podría servir de ayuda. Mientras tanto, los trastos inservibles se acumulan en el desván, haces espacio en el armario porque las zapatillas de la última temporada, que ya no están de moda, ocupan el espacio reservado para nuevas adquisiciones y buena parte de los alimentos que compras acaban en la basura porque sencillamente, sobran.

Entonces, llega el engañoso momento de iluminación: “Si tengo cosas que otras personas necesitan, ¿por qué no donarlas? Así, además de deshacerme de ellas, llevaré a cabo una acción solidaria”. Se trata de un autoengaño común pero más peligroso de lo que imaginas. Lo cierto es que en la mayoría de los casos, enviando ropa usada, trastos y comida a países en vías de desarrollo no sólo no ayudas a nadie, sino que podrías acabar perjudicando.

Querer ayudar no es excusa para desconocer las consecuencias de lo que estás haciendo, así que antes de empezar, con toda la buena intención, a repartir tus desperdicios, ten en cuenta lo siguiente.

Las donaciones pueden ralentizar el crecimiento de la economía local

Un artículo publicado en la revista Time, ya lo advertía hace algunos años: “No es tan difícil conseguir camisetas en África, e inundar el mercado de productos gratuitos podría arruinar a las personas que ya las venden”. Donar ropa es un tema sensible en África porque las industrias textiles de muchos países se derrumbaron bajo el peso de las importaciones de ropa de segunda mano que se introdujeron en los años setenta y ochenta y conviene actuar para eliminar esa lacra. Como apuntaba James Shikwati, director Inter Region Economic Network de Nairobi, “primero destruyes la capacidad de producción textil de estos lugares y luego dices: ‘¿Puedo darte una camiseta y celebrarlo?’. Es como ofrecer veneno recubierto de azúcar”.

Vanesa Anaya, responsable de comunicación de la Fundación Agua de Coco, apunta que parte del problema radica en la imagen estereotipada que se tiene de África como continente empobrecido, lleno de niños hambrientos y falto de recursos: “Aunque en muchas ocasiones la dureza de la situación es real, esto contribuye a tener una visión paternalista. La gente, con toda su buena intención, quiere contribuir a mejorar la vida de las personas en países empobrecidos, pero lo primero que proponen es siempre enviar cosas, incluso trastitos que allí son inservibles”.

Por qué NO donar ropa, comida y trastos a países en desarrollo
Mercado en Mali | Imagen: Kraig Peel / Flickr creative commons

Desde su punto de vista “el problema es dar por hecho que unas camisetas viejas que tienes por casa van a servir allí, ese concepto de enviar cosas sobrantes. En el caso de la comida, por un lado, muchas las organizaciones no disponen de recursos para hacerlas llegar, y por otro, te aseguro que es posible comprar arroz, leche y harina allí mismo, contribuyendo así a fomentar el mercado local”.

La cultura de la recogida de alimentos y objetos proviene de la época en la que las ONGs basaban su trabajo en la caridad de la ayuda humanitaria, pero a estas alturas cada vez son más las organizaciones que sientan sus bases en la ayuda al desarrollo. Este cambio de actitud se resume en una frase algo manida pero irrebatible: “Dale un pez a un hombre y comerá un día; enséñalo a pescar y comerá siempre”.

África no es un vertedero

Rasna Warah, conocida periodista keniata y autora del libro Missionaries, Mercenaries and Misfits, declama alto y claro la triste realidad: “África es el mayor vertedero del planeta, todo lo que sobra se trae aquí y lo triste es que los gobiernos africanos no dicen que no, de hecho, dicen: ‘Por favor, envíenos más’. Abdican de la responsabilidad de sus propios ciudadanos (…) La solución a largo plazo no es este tipo de ayuda”

Tal y como apunta Vanesa Anaya, existe un grave problema en la gestión de la basura en muchos países africanos, y en muchos casos, bienes enviados desde aquí con buenas intenciones, acaban en vertederos contaminando el medioambiente y generando dinámicas sociales muy peligrosas como la explotación laboral infantil. Según su opinión, el caso de las nuevas tecnologías es especialmente grave: “porque hay una tendencia a enviar ordenadores viejos que casi no funcionan. Al cabo de un par de años estos ordenadores no sirven para nada y acaban allí”.

A veces es mejor no enviar nada que enviar un trasto inservible que acabe en un área de basuras donde reciclar o remodelar resulte inviable, y “lo mismo ocurre con otros objetos y materiales con una vida útil corta que acaban abandonados en el río, lago o ciudad en lugares que no tienen una adecuada gestión de los residuos”. Ya bastante grave es la situación de los vertedores de residuos tecnológicos en África como para que además, contribuyamos a su perpetuación sin ser conscientes de ello.

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Partes de equipos electrónicos en los vertedoros de residuos en Ghana | Imagen vía EFE/Jane Hahn

Se pueden enviar cosas más útiles

Aunque te guste pensar que tus juguetes de infancia cobrarán una nueva vida en manos de un huérfano africano, el dinero que es necesario invertir para enviar un cargamento de osos de peluche a países empobrecidos podría utilizarse en cubrir necesidades más apremiantes, como medicamentos o personal que lleve a cabo proyectos sociales o de economía sostenible desde el terreno.

Desde la Fundación Agua de Coco explican que en su caso sólo se limitan a llevar productos bajo ciertas condiciones: que los haya demandado su equipo desde los lugares en los que trabajan; que sean difíciles o imposibles de conseguir en el país; y que no puedan ser sustituidos por otro producto local.

Por supuesto esto no quiere decir que en todos los casos debamos limitarnos a donar medicamentos, pero sí conviene ser consciente de qué se necesita y qué no. Por ejemplo, si una ONG tiene un proyecto para incentivar la inclusividad mediante el deporte, la donación por parte de una empresa de un cargamento de botas de fútbol, será útil. Por el contrario, si tienes unas zapatillas viejas en casa y pretendes entregárselas a una asociación con pocos recursos que trabaja en el ámbito de la salud, allí también son basura.

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Una niña se sostiene de la cinta de la ropa que ha tendido en la barriada de Kangemi en las afueras de Nairobi | Imagen vía
REUTERS/Darrin Zammit Lupi

Perpetúas un modelo de consumo dañino

Si tienes montañas de ropa de la que quieres deshacerte pero sientes la necesidad de comprar prendas nuevas, posees trastos inservibles porque eres incapaz de darles una nueva vida por ti mismo y en tu nevera la comida caduca antes de que la toques, algo estás haciendo mal. Puede que la clave no sea donar tus desperdicios a un país empobrecido, sino consumir menos y hacerlo de forma más consciente.

Estamos lejos de alcanzar un sistema económico igualitario y resulta difícil escapar de las garras del consumismo, pero cada acción cuenta. Si en lugar de comprar diez camisetas de 4€ fabricadas con mano de obra barata adquiriéramos una con garantías de comercio justo proveniente de un país en vías de desarrollo, entonces sí, la solidaridad tendría otra cara.

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Por qué la humanidad vive mejor que nunca

Luís Torras

Foto: KIM KYUNG-HOON
Reuters

La idea de la insostenibilidad del crecimiento por el crecimiento ganó fuerza con la crisis del petróleo de 1973. Fue el despertar. Sucedió poco después de que, a finales de los años 60, el entomólogo de la Universidad de Stanford Paul Elrich escribiera The Population Bomb, donde abogaba por poner límites al crecimiento como forma de salvar a la raza humana de una supuesta hambruna a la que llevaría el incremento constante de la población. No era una idea nueva. El mismo miedo lo había tenido ya el clérico británico Thomas Malthus en el siglo XVIII.

Cuando Malthus escribió su tesis en 1779, la población mundial no alcanzaba los 1.000 millones, la pobreza era la condición natural de prácticamente todos, la alfabetización estaba reservada a una estricta minoría, la esperanza de vida apenas llegaba a los 35 años -con una mortalidad infantil altísima- y tales eran las condiciones que incluso el Rey de Francia tenía que hacer sus necesidades en las esquinas de los pasillos de Versalles. Hoy, la población mundial supera los 7.000 millones de almas y, como nos recuerda y expone con brillantez Johan Norberg, vivimos mejor que nunca. La pobreza se ha reducido como nunca antes en la historia de la humanidad, hemos conseguido que la pobreza extrema -vivir con menos de un dólar al día- afecte a tan solo un 10% de la población mundial, el analfabetismo solo afecta a un 16% de la población mundial y el conjunto de las mejoras en la alimentación, la sanidad y la higiene han permitido incrementar la esperanza de vida hasta los 72 años, entre otras mejoras notables.

Porcentaje de población viviendo en la pobreza absoluta, 1820-2015
Distintos indicadores muestran cómo ha descendido la pobreza en los últimos 200 años. | Foto: OneWorldInData.org vía World Economic Forum en español

Todos estos datos los recoge con gran rigor Norberg en su magnífico libro Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo, editado por Deusto y con apadrinamiento de Value School y el Instituto Juan de Marian. Se trata de un libro en clave divulgativa que permite tomar perspectiva del estado del mundo para aproximar con mayor solvencia qué podemos esperar del futuro. El libro de Norberg incluye altas dosis de Historia y también de Teoría, siguiendo la dicotomía del economista vienés Ludwig von Mises. Teoría que nos ofrece una visión sintética de las principales métricas que ayudan a evaluar el progreso de la humanidad en estos últimos 200 y pico años, básicamente desde la Revolución Industrial europea, y algunas pinceladas, aunque sea de forma somera, sobre por qué mejoramos.

Una de las grandes virtudes del libro es su síntesis y brevedad; el autor se apoya en muchos de los grandes economistas y pensadores del momento

Norberg resume los avances de la humanidad en cuanto a alimentación, saneamiento -acceso a agua corriente-, esperanza de vida, violencia, medio ambiente, alfabetización, libertad e igualdad. Muchas de estas tendencias se retroalimentan entre sí: una mejor alimentación, fruto del avance tecnológico y científico, repercute positivamente en una mayor esperanza de vida y un menor impacto negativo en el medio ambiente. Todo lo anterior incide en un mayor acumulación de capital, tanto físico como humano -pensemos en la educación-, lo que tiene a su vez se relaciona positivamente con la reducción de la violencia o en alumbrar sociedades más libres y equitativas. En cada uno de estos capítulos, el autor sueco intercala elementos ligados con la evolución histórica, y una explicación de por qué se sucede esta evolución.

Esperanza de vida en Inglaterra y Gales, 1700-2000
La esperanza de vida incrementa con las mejoras en la alimentación, higiene y sanidad. | Foto: OneWorldInData.org vía World Economic Forum en español

A través de las páginas y apoyándose en los datos empíricos y con casos prácticos (sobre la importante evolución reciente de la India, China y muchas partes de África), Norberg descubre al lector los conceptos que hay detrás de todos estos avances. Los derechos de propiedad, el imperio de la ley, la solidez institucional o la libertad de empresa son solo algunas de las grandes ideas detrás de la gran conquista del progreso por parte de la humanidad. Una conquista, además, relativamente reciente. Norberg nos muestra como el discurso neomalthusiano infravalora de manera sistemática los incentivos y la capacidad creativa, inventiva, de solucionar los problemas de la humanidad. Nuestra imaginación es infinita. Reagan es quizás el que lo expuso de manera más clara cuando dijo: “No existen los límites al crecimiento porque la capacidad de invención del hombre es infinita”. Reagan hacía suyas las tesis de Julian Simon, que citaba en el frontispicio de este articulo, explicadas en The Ultimate Resource, libro en la misma tradición intelectual que el de Norberg, que este último actualiza, amplía y mejora.

Sin voluntad de ser exhaustivo, una de las grandes virtudes del libro es su síntesis y brevedad; el autor se apoya en muchos de los grandes economistas y pensadores del momento. Además del citado Simon, sobre las mejoras en temas de alimentación y pobreza, Norberg cita los trabajos clásicos de Robert Fogel o Angus Deaton, este último Nobel de Economía, Steven Pinker en temas de violencia, o Bill Easterly, entre muchos otros, cuando habla de la evolución en la esperanza de vida. Muchos de los gráficos y datos han estado trabajados por Max Roser, líder del proyecto Our World In Data, página imprescindible para tomar conciencia de forma rápida y gráfica de cómo ha mejorado el mundo en los dos últimos siglos.

“El principal combustible para acelerar el progreso mundial es nuestra reserva de conocimiento, y el freno es nuestra falta de imaginación”.

–  Julian Simon, The State of Humanity (1995)

Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

Continúa leyendo: Hay una gran literatura africana (y la estamos ignorando)

Hay una gran literatura africana (y la estamos ignorando)

Jorge Raya Pons

Foto: Neil Hall
Reuters

Cuenta Sonia Fernández, experta en literatura africana, que el conocido autor Nuruddin Farah supo expresar con acierto la situación de silencio que sufren los autores africanos en el mundo editorial, salvo por excepciones como la suya: soy el somalí que el mundo ha aceptado en la fiesta. En la misma lista de invitados aparecen nombres como J.M. Coetzee o Chimamanda Ngozie Adichie. Ambos en grandes editoriales, con difusión y lectores; el primero con un Premio Nobel de Literatura, incluso. Con todo, la realidad nos demuestra que existe toda una literatura riquísima que no llega a las librerías o que, solamente a veces, asoma con timidez en los últimos estantes.

Hace unas semanas, en los días anteriores a que se anunciara el ganador del Premio Nobel de Literatura de 2017, cobró fuerza el nombre del keniano Ngugi Wa Thiong’o. Pero se lo llevó Kazuo Ishiguro. “La literatura africana es muy desconocida”, dice Fernández, con cierto lamento. “Encontrar un libro de literatura africana en una librería es muy difícil. Este año he empezado a ver, y es algo significativo. Pero muy poquito, a cuentagotas”.

El escritor Antonio Lozano ahonda en el debate y afirma: “Es como si no existiera: le hemos dado la espalda”. Luego añade: “La literatura africana no es que haya sido olvidada, es que no ha sido visitada. Existe un cuerpo literario riquísimo desde los años 20 hasta ahora. Pero es raro encontrar a gente que haya leído literatura africana”.

Así pues, a beneficio de la literatura africana, surgen varias preguntas.

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Chinua Achebe, posando para una entrevista en 2008. | Foto: Craig Ruttle/AP

¿Cómo hacer que el lector español (o europeo) se interese por esta literatura?

Fernández reconoce que no aboga por ofrecer privilegios como método: “No soy partidaria de que haya que darle visibilidad por ser de África”. Pero asegura que la mejor manera es esforzarse en dar difusión a las obras que nos gustan. “Una forma que hemos encontrado últimamente y que está dando mucho resultado son los clubs de lectura basados únicamente en letras africanas”, dice. “Es una forma de dar visibilidad”.

Esta postura guarda muchos puntos comunes con las propuestas de la novelista ecuatoguineana Remei Sipi Mayo, afincada en Barcelona. “Debemos hacer mucho trabajo de campo”, dice. “Difundir para crear interés en el público llano. Tanto por la literatura como por África, que no interesa”.

La escritora sostiene que hay dos razones por las que no se lee literatura africana: porque –a priori– no tienen lectores y no dan dinero, por lo que las editoriales grandes renuncian a ella, y porque África no interesa: “La gente solo conoce África por estereotipos: mujeres sumisas, niños con los mocos caídos, etcétera”.

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Nuruddin Farah, durante una entrevista. | Foto: Thomas Mukoya/Reuters

En su ansia por encontrar lectores, ¿para qué público están escribiendo los autores africanos?

Fernández responde con entusiasmo: “Es uno de los eternos debates”. Dice que la mayor parte de los temas que preocupan a los escritores de África tienen que ver con nuestra visión respecto al continente. Dice que abordan cuestiones de inmigración, de racismo. “No es lo mismo que una historia que se desarrolla en Uganda con personajes de Uganda y problemáticas de Uganda”, dice. “Esa clase de obras se ven con cuentagotas”.

Y va más allá: clasifica a los autores africanos –si puede aplicarse como concepto más que como gentilicio– en tres categorías. El primero tiene que ver con los autores que viven, escriben y publican en África. El segundo, con los que han vivido en África pero, por circunstancias laborales o personales, han salido al extranjero y han desarrollado su obra en Europa o Estados Unidos. El tercero, con los que no han nacido en el continente africano, aquellos que son de segunda generación. Dice que los dos últimos grupos acaparan el 90% de la literatura africana que llega a nuestras manos.

“Sin duda el escritor africano escribe más bien para el lector europeo y americano, o en todo caso para la élite cultural de sus propios países”, comparte Lozano. “Hay que pensar que estos países suelen tener una alta tasa de analfabetismo”. En este sentido, surge la cuestión de la lengua: conforme menos extendida esté la lengua de los escritores, más difícil es encontrar un mercado. A veces es incluso imposible encontrar traductores. Por ello, muchos renuncian a sus idiomas maternos para escribir en la lengua de los colonizadores, principalmente francés o inglés. Hay honrosas excepciones, como el propio Ngugi, que renunció al inglés en los 70 para escribir únicamente en kikuyu, exclusivo de su etnia. Y esta es una cuestión que genera cierta discusión entre autores, que se cuestionan entre sí el compromiso con su cultura en función de la lengua que emplean.

“Los autores africanos suelen escribir en las lenguas del antiguo colonizador y en países ajenos al suyo”, continúa Lozano. “Es que la industria editorial está poco desarrollada en África, sobre todo en la África negra. Aunque en el Magreb, por ejemplo, hay muchos escritores que escriben en árabe y publican allí”.

A pesar de estas posiciones, Sipi Mayo no se resigna a aceptar esta visión. “Los autores africanos no escriben para el público europeo, solamente”, dice, desencantada. “Tampoco para el público africano, solamente. El escritor escribe para que le lean, sin elegir el público. Para que le lean y sobre lo que conoce”.

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Ediciones en castellano de ‘Todo se desmorona’, de Chinua Achebe (Mondadori), y ‘Mi carta más larga’, de Mariama Ba (Altaya).

¿Con qué libros o autores hacer la primera incursión en las letras africanas?

“Hay bastante literatura africana traducida al español”, arranca Lozano. “La Casa de África ha hecho una colección que tiene ya 18 títulos importantes, pero hay otras editoriales que también han publicado cosas. También es verdad que son editoriales pequeñas, de difícil acceso”. Así, Fernández recomienda que el lector comience con títulos más recientes, que aborden problemas de hoy, para luego continuar con los clásicos, aquellos centrados en la etapa precolonial.

Lozano se lanza a dar nombres: “Hay títulos fundamentales, como Todo se desmorona, de Chinua Achebe. Hay novelas reivindicativas muy importantes, como El baobab que enloqueció, de Ken Bugul. O la primera gran obra feminista, que es Mi carta más larga, de Mariama Ba. O Boubacar Boris Diop, del que destacaría Murambi, que es una obra sobre el genocidio de Ruanda”.

A estos, Sipi Mayo añade nombres como la propia Chimamanda o Buchi Emechita, aunque también incluye a Colson Whitehead, que es estadounidense. Lo hace por su libro El ferrocarril subterráneo. “Describe la situación de la gente que vivió la esclavitud”, dice la escritora. “Y si hablas de esclavitud, tienes que partir de África”. Para Sipi Mayo, esta literatura también forma parte de las letras africanas.

Continúa leyendo: Autosuficientes y subestimados: los árboles del Amazonas crean su propia lluvia

Autosuficientes y subestimados: los árboles del Amazonas crean su propia lluvia

John McKenna

Foto: NACHO DOCE
Reuters

Muchos de los fenómenos de la selva amazónica, así como muchas de sus especies y sus ciclos son un misterio para los científicos. Misterios que resultan especialmente atractivos para cientos de investigadores y que han ido desvelando poco a poco. Uno de estas peculiaridades del pulmón vegetal más grande de nuestro planeta era la estación de lluvia. ¿Por qué las lluvias comienzan en el Amazonas dos o tres meses antes que en cualquier otro lugar de América Latina?

Un equipo de investigadores de Estados Unidos cree tener la respuesta: los árboles hacen su propia lluvia.

La transpiración es una parte muy conocida de la fotosíntesis; a las hojas llega gran cantidad de agua absorbida por las raíces de las plantas y luego se evapora en la atmósfera. Sin embargo, los académicos de la Universidad de California creen que la selva amazónica va un paso más allá: la gran cantidad de humedad liberada en la atmósfera por la transpiración ayuda a provocar la lluvia.

Los árboles liberan tanta humedad en el aire que la atmósfera cambia, lo que desencadena un cambio en los patrones de viento, que trae más humedad del océano. Esto significa que en la selva amazónica puede comenzar a llover hasta tres meses antes de la llegada del sistema climático conocido como la zona de convergencia intertropical (ZCIT o ZCI), que es responsable de la temporada de lluvias de la región.

Visto desde el espacio

La científica del clima de la Universidad de California, Rong Fu, y sus colegas, utilizaron el satélite Aura de la NASA para observar los vapores del agua sobre la selva amazónica. Rong Fu explicó a la revista Science que el satélite mostraba vapores coincidentes con la transpiración, en lugar de la evaporación. ” Esto se debe a las diferencias en los procesos, ya que el agua de la transpiración es más pesada que el agua de la evaporación,” añade Fu.

Otro indicio que respaldaba la transpiración como origen de los vapores más pesados era que fueron más frecuentes al final de la estación seca, cuando la fotosíntesis es más fuerte. A medida que las nubes de lluvia inducidas por los árboles liberan su propia lluvia, calientan la atmósfera. Esto estimula la circulación, que a su vez aporta más humedad del océano.

Los árboles en el Amazonas crean su propia lluvia
Un hombre corta un árbol con una sierra cerca de la municipalidad de Itaituba, Brasil. | Foto: Nacho Doce / Reuters.

Clima vital en el Amazonas

Existen investigaciones anteriores que han demostrado que la selva amazónica también libera aerosoles que contribuyen con la formación de nubes de lluvia, con lo cual es evidente que las plantas no son receptores pasivos de la humedad en la atmósfera.Esto aporta aún más credibilidad a la batalla contra la deforestación.

Durante mucho tiempo, científicos y activistas medioambientales han defendido las selvas tropicales como el Amazonas como los pulmones del planeta, que inhalan dióxido de carbono y exhalan oxígeno. Esto ayuda a reducir la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera, que es uno de los gases de efecto invernadero responsables de retener el calor del sol y calentar el planeta.

Autosuficientes y subestimados: los árboles del Amazonas crean su propia lluvia

Las investigaciones de Fu y sus colegas muestran que los bosques tropicales no tienen únicamente un efecto indirecto sobre las temperaturas del planeta, sino que también pueden enfriar directamente su entorno inmediato.

La tala de estos bosques tropicales para hacer lugar a tierras agrícolas se ha descrito como uno de los principales desafíos que enfrenta la humanidad. Desafortunadamente, los datos publicados a principios de este año mostraron que la deforestación en el Amazonas ha vuelto a aumentar.

En un intento por revertir esta tendencia, el Gobierno brasileño está congregando a empresas y organizaciones sin fines de lucro en la llamada Coalición Brasilera de Clima, Bosques y Agricultura. A nivel mundial también existen iniciativas como la Alianza Tropical 2020 que es un proyecto de capital mixto dedicado a apoyar las colaboraciones que promuevan el desarrollo rural sustentable y las oportunidades de crecimiento que impliquen la reducción en la deforestación y el uso controlado de tierras en los países con selvas tropicales.

Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

Continúa leyendo: Hollywood no hace buenas películas sobre acoso sexual

Hollywood no hace buenas películas sobre acoso sexual

Nerea Dolara

Foto: LUCY NICHOLSON
Reuters

Harvey Weinstein cayó, pero la industria tiene mucho que avanzar con respecto a su manejo narrativo del acoso y el abuso sexual.

Sí, se ha abierto una olorosa y roñosa caja de Pandora que lleva años cerrada y haciendo imposible la vida de muchas mujeres vinculadas al mundo del cine (en esta ocasión, como han dicho Emma Thompson o Meryl Streep estos indefendibles comportamientos masculinos no pertenecen sólo a Hollywood). Harvey Weinstein, el productor estrella -famoso por sus rabietas, su tendencia a inmiscuirse en el proceso de edición de las películas y su facilidad para ganar Oscars- se ha hecho famoso en las últimas semanas por cargos mucho peores -de hecho está siendo investigado en varias ciudades en EEUU y Reino Unido- como los de acoso, abuso sexual y violación. Primero fueron el New York Times y el New Yorker quienes sacaron a la luz testimonios de varias mujeres, más y menos conocidas, sobre los abusos de Weinstein; ahora se suman más de 50 acusaciones y la ola de se ha expandido a otros depredadores de la industria, como el cineasta James Toback, que ya tiene sus propias 40 acusaciones.

Para hablar del tema pensamos en revisar las películas que el propio Hollywood tendría que ver para aprender sobre acoso sexual, pero haciendo una revisión queda claro que las películas sobre el tema son pocas. No es de extrañar si se piensa un poco. La mayoría de los ejecutivos en los estudios son hombres (blancos y heterosexuales), la mayoría de los directores son hombres (blancos y heterosexuales), la mayoría de los guionistas son hombres (blancos y heterosexuales)… ¿se entiende el panorama? Y no es que a propósito todos estos hombres hayan optado por no hablar del tema para cubrirse las espaldas, por ejemplo. Es más simple. No es un tema que vean, que vivan, y no lo cuentan. Hablan de lo que conocen y esto, el acoso sexual, es una dolencia mayoritariamente femenina.

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Escena de la película North Country.

La búsqueda de películas sobre el tema arroja pocos resultados -cuando se busca acoso sexual y no violación- porque la cotidianidad de estas conductas no es material “suficientemente dramático” para la pantalla, o eso parece. Si se incluye violación, ese acto imperdonable y vil que tantas veces se utiliza como catalizador narrativo sin muchos miramientos, la lista crece. Películas como North Country, nominada al Oscar en 2005, retratan la indiferencia de ciertos ambientes laborales ante el acoso masculino, de hecho la película trata exactamente de eso: la minoría de mujeres trabajadoras de una mina demandan a la compañía por los maltratos sufridos en sus instalaciones… está basado en una historia real y de hecho cambió las leyes sobre acoso sexual en el entorno laboral… la directora de esta cinta es una mujer.

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Escena de la película Disclosure.

En la mayoría de los filmes en que se retrata el acoso sexual sus consecuencias se minimizan, es un acompañante de otras agresiones. O, en los peores casos, es perpetrado por mujeres contra hombres indefensos. ¿No lo recuerdan? El principio de los noventa trajo a los cines los thrillers eróticos y con ellos la figura de la mujer profesional poderosa, obsesiva y peligrosa. El comienzo de la década, tras la entrada masiva de la mujer en el mundo laboral a partir de los setenta, vio a las féminas ocupar cada vez más cargos de responsabilidad (ya no se trataba sólo de secretarias y niñeras) y con ese cambio de paradigma llegó el pánico, transmitido a través de mujeres profesionales que se convertían en violentas acosadoras cuando eran rechazadas. Dos ejemplos claros son Disclosure y Atracción fatal. En ambas, Demi Moore y Glenn Close interpretan a mujeres en altos cargos, centradas en su profesión, que se obsesionan con un hombre (casado, siempre, con una “buena mujer” que le dedica todo su tiempo) a niveles de locura. Nadie dice que el acoso sexual sea exclusivamente masculino (el comportamiento reprochable es unisex), pero es cierto que para ejercerlo se requiere poder sobre el otro… y en la mayoría de los casos en el mundo las mujeres, de una forma u otra, no tienen ese poder.

Hollywood no hace buenas películas sobre acoso sexual

La verdad es que el acoso es un tema que ha sido manejado de forma mediocre, o no manejado en general, en el cine desde hace mucho (la televisión ha tenido avances mucho más claros, un buen ejemplo de la normalización de este comportamiento hace unas décadas es Mad Men y un buen ejemplo actual es el episodio dedicado al tema de Master of None).

La apertura a nuevas voces narrativas, diversas, producirá más amplios resultados en cuanto se ponga en marcha. Las mujeres directoras no llegan ni al cincuenta por ciento de los cineastas que trabajan actualmente, ni hablemos de mujeres en minorías raciales o religiosas. Es hora de sacudir el suelo de una industria que se quedó en tiempos antiguos en que el hombre tenia -y debía tener- todo el poder. La caída de Harvey Weinstein es un comienzo, esperemos que los cambios sean profundos y reales.

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