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Scott Fitzgerald perdido en una generación

Romhy Cubas

“Show me a hero, and I’ll write you a tragedy.” ― F. Scott Fitzgerald

Durante los años 20, más allá del Jazz y los excesos de la noche que se aferran de madrugada a las décadas, con la marca de la Primera Guerra Mundial aparece una generación de escritores estadounidenses que se liberan de sus experiencias bélicas y del  sin sentido de la guerra para crear un estilo de vida. Mejor conocida como la Generación Perdida,  estos escritores americanos hicieron de Europa –especialmente París– y su liberalismo cultural un nuevo hogar en donde ignorar el pesimismo y los embates económicos de la embestida en casa.

De este grupo surge un prototipo literario que se creó un nombre entre las sombras del dinero y la indecisión de escribir por amor al arte. Francis Scott Fitzgerald, autor americano, decadente por naturaleza, a veces alcohólico y depresivo, casi siempre con un talante atrapado entre la fama y el brillo del Jazz, es la estela de esa generación perdida a la que también pertenecieron  Ernest Hemingway, John Steinbeck, Ezra Pound y William Faulkner.

Desde mucho antes de que en el 2013 Leonardo DiCaprio protagonizara la segunda adaptación cinematográfica de una de las novelas más conocidas en el inventario de Fitzgerald, El Gran Gatsby ya era reconocida como uno de los romances elementales de la literatura moderna. Sin embargo, la construcción de esta ficción de superficies fútiles y familias acaudaladas publicada en 1925 por Fitzgerald es solo el costado de un legado que utilizó al Jazz, las fiestas y las apariencias para describir una desesperación colectiva.

Fitzgerald se entendió con el éxito desde temprano, su debut definitivo fue a sus 23 años con la novela A este lado del paraíso, pero ya con anterioridad la pugna entre el amor, al arte y al dinero se mezclaban en una reflexión personal que aceptaba sus propias aspiraciones consumistas. Por ejemplo, en 1920 Fitzgerald publica Los cuatro puños, una historia que el mismo admitió haber escrito “desesperado una noche porque tenía una pila de tres centímetros de cartas de rechazo y era económicamente necesario para mí darle a la revista lo que querían”.  

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Portada de A este lado del paraíso de F. Scott Fitzgerald | Imagen: Alianza Editorial

Durante su carrera como escritor ese mecanismo de escribir para los editores o para su tranquilidad artística se presentó como una de sus mayores tribulaciones personales, a pesar de que para 1929 ganaba $4,000 -$55,000 en el presente- por cada historia vendida al Saturday Evening Post.

Gatsby ni siquiera fue el éxito literario que hoy conocemos en su época. Fitzgerald era mucho más conocido en el codeo intelectual y nocturno por  su turbulenta relación con Zelda Fitzgerald, también escritora, o por sus relatos cortos y obras posteriores como Hermosos y Malditos, Cuentos de la era del Jazz, y Suave es la noche. Sin embargo es Gatsby la que fue posteriormente considerada como unas de las mejores novelas de la historia de Estados Unidos, un símbolo de esa época, lo mejor y lo peor del sueño americano.

Amor en tiempos de Jazz

La depresión y posterior esquizofrenia de Zelda, añadido a los problemas de alcoholismo y los propios intentos de suicidio del autor, crearon una clásica tragedia de ascenso y caída en donde precisamente esas desventuras fueron el elemento catalizador para una bibliografía casi tan extravagante como sus ficciones.

En una carta a su agente, Harold Ober, Fitzgerald narra el episodio del suicidio: “Conseguí una morfina [vial] y tragué lo suficiente como para matar a un caballo. Sucedió que era una sobredosis y casi antes de poder llegar a la cama vomité todo y la enfermera entró -vio el frasco vacío- y hubo un infierno que pagar por un tiempo. Luego me sentí como un tonto”.

Su relación con Zelda fue precisamente famosa por las fiestas, la lujuria, la violencia y los excesos. Cuando Fitzgerald murió vivía en Hollywood con su amante,  la columnista de chismes Sheilah Graham mientras Zelda subsistía en un hospital para enfermos mentales en el Norte de Carolina.  Zelda no atendió a su funeral, aunque sí adquirió para este un espacio en el cementerio de Rockville en Maryland, donde ella también fue enterrada al morir en 1948 durante un incendio del hospital psiquiátrico de Highland.

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Zelda Sayre y F. Scott Fitzgerald en su hogar de Montgomery, Alabama, en 1919 | Foto: Getty Images

Las cartas y archivos de Fitzgerald, quien documentaba minuciosamente su vida y desventuras, reflejan ese estereotipo de escritor de romances e historias tal vez más impersonales de las que hubiera querido contar con el cual sus editores y contemporáneos se afincaban en encerrarlo.

“Sería un milagro o un pirata si pudiera seguir produciendo un producto idéntico durante tres décadas. Sé que eso es lo que se espera de mí, pero en esa dirección el pozo está bastante seco…”

“No es particularmente probable que escriba muchas más historias sobre el amor joven. Fui etiquetado con eso por mis primeros escritos hasta 1925. Desde entonces, he escrito historias sobre el amor joven. Se han hecho con dificultad creciente y creciente insinceridad. Sería un milagro o un pirata si pudiera seguir produciendo un producto idéntico durante tres décadas. Sé que eso es lo que se espera de mí, pero en esa dirección el pozo está bastante seco y creo que soy mucho más prudente al no tratar de forzarlo, sino abrir un nuevo pozo, una nueva veta. . . Sin embargo, un número abrumador de editores continúa asociándome con un interés absorbente en las chicas jóvenes, un interés que a mi edad probablemente me lleve tras las rejas”, le escribe al editor de la revista Collier’s  Kenneth Littauer, en  1939.

La rapidez con que se generó este estereotipo fue la que aplacó parte del potencial de Fitzgerald para adentrarse en otras complejidades de la historia americana. Aunque siempre se consideró a sí mismo un novelista, su ficción corta y cuentos fueron a menudo el mayor campo de pruebas y borradores para sus ideas y personajes.

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Scott y Zelda Fitzgerald con su hija Scottie. | Imagen: REX FEATURES

Cuando a Fitzgerald le preguntaron en una entrevista en 1936 sobre los escritores de aquella generación que vivió al ritmo del Jazz y el sabor de la ginebra, este recuerda la futilidad y autodestrucción de una generación que intento regresar a la normalidad después de una guerra que para muchos nunca tuvo sentido:

Algunos se hicieron especuladores y saltaron por la ventana. Otros se convirtieron en banqueros y se pegaron un tiro. Otros se hicieron periodistas”.

Precisamente ese término de “generación perdida” acuñado por Gertrude Stein se refería a la falta de propósito o impulso resultado de la desilusión y desolación de la Primera Guerra Mundial para quienes en la época tenían entre 20 y 30 años.

Es entonces cuando aparece esa ficción de decadencia, viajes sin rumbo, bebida y fiestas de los círculos de expatriados. Su naturaleza es la frivolidad en las vidas superficiales de jóvenes ricos después de la guerra, historias que juegan con la banalidad de sus personajes y con los roles tradicionales de la época para idealizar un pasado ilusorio, para entenderse en una década de desalientos y excesos.

Fueron esos excesos lo que acabaron con la vida de Fitzgerald un 21 de diciembre de 1940, año en el que murió tras sufrir un ataque al corazón luego de una larga historia de alcoholismo. Falleció antes de poder completar su última novela, El último magnate, desacreditado por su generación como tantos grandes escritores, anhelando esas ficciones decadentes y románticas que terminaron por ser un espejo de su vida detrás de los libros.

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La educación de un instinto

Juan Claudio de Ramón

Foto: Markus Schreiber
AP Photo

Yo era, lector, de los que pedían permiso. Con el paso de los años, y aminorado ya el sentimiento de ridículo que aún me suscitan no pocos episodios de mi torpe adolescencia –mas por amor se puede hacer el ridículo– crece en mi ánimo la sospecha de haber perdido, por timidez, más de un beso, o lo que es peor y más grotesco, de haberlo perdido por la vanidad, propia del pedante, de pensar que al amor se llega a través de las palabras. Con admirado pasmo observaba la muy otra manera de actuar de mis amigos más duchos, peritos en el arte de deshacer las situaciones de incertidumbre sexual con un gesto y no como yo pretendía, ay, con un verso; gesto, para mí mágico, que bauticé con el nombre de «maniobra x»: la acción audaz y relampagueante que rompe, con permiso solo intuido, y por tanto nunca seguro, el hiato entre dos cuerpos que se atraen.

Me pregunto hoy si la «maniobra x» no estará en vías de extinción. La campaña de concienciación contra el acoso sexual a raíz el caso Weinstein ha dado fuerza a una idea que lleva tiempo sugiriéndose como el modo más eficaz de evitar situaciones violentas y potencialmente traumáticas durante los encuentros románticos: transitar de una cultura donde el consentimiento sexual suele ser tácito o presentido, a una en que sea expreso y certificado. Se trata de la política del «ask first» o «pregunta primero», presente desde hace tiempo en muchos campus de Estados Unidos, y ahora facilitada por la tecnología del smartphone. Estos días, se discute en Suecia una reforma legal que, con objeto de facilitar la prueba de violación, hará necesario el previo consentimiento explícito antes de iniciar una relación sexual. La propuesta tiene sus críticos: compraríamos seguridad al oneroso precio de protocolizar al máximo las relaciones eróticas, privándolas de toda espontaneidad e instalando un contraproducente clima de suspicacia entre los sexos.

La cuestión del consentimiento, expreso o tácito, es clave tanto en el movimiento #metoo como en la réplica –o matizada y parcial crítica– contenida en el manifiesto con el que cien mujeres francesas han salido al paso de lo que creen contraproducentes excesos vindicativos. Cuesta entender, en todo caso, la necesidad de tomar partido. Las activistas del #metoo han mejorado el mundo, librándolo o achicando el espacio de los déspotas sexuales, y las intelectuales francesas disidentes han mejorado el debate, librándolo de maniqueísmos y simplificaciones. Las primeras invitan a los hombres a hacer examen de conciencia en su relación con las mujeres. Las segundas invitan a las mujeres a comprender que los riesgos en el ejercicio de la libertad incluyen también el que otra persona libre no sepa hacer un uso virtuoso de la suya. Unas y otras, estoy seguro, estarían de acuerdo en que algunos casos son difíciles de juzgar. Como todos los debates interesantes, este es un debate de límites, donde la frase lapidaria tiene todas las papeletas para ser una tontería. Y donde es probable que toda postura extrema quede arrinconada en la práctica: en el tira y afloja entre el instinto y la educación, aspiremos a tener unos instintos educados.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

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Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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Céline, ¿publicar la abyección?

Anna Maria Iglesia

“Sin duda contradictorios, arrebatados, ‘delirantes’ si se quiere, los panfletos de Céline (Mea Culpa, 1936; Bagatelles pour un massacre, 1937; L’Ecole des cadavres, 1938; Les beaux draps, 1941), a pesar de la estereotipia de los temas, prolongan la belleza salvaje de su estilo. Aislarlos del conjunto de su texto es una protección o una reivindicación de izquierda o de derecha, ideológica en todo caso, pero no un gesto analítico o literario”.

En la misma Francia que hoy pide, consiguiéndolo, que Gallimard no publique los panfletos antisemitas de Céline, la crítica Julia Kristeva sostenía en 1982, en su ensayo Poderes de la perversión (publicado en Argentina en 1988), la importancia literario-analítica de conocer los panfletos del autor de Viaje al fin de la noche: “Los panfletos otorgan el sustrato fantasmático sobre el cual se construye, por otro lado y en otro lado, la obra novelesca. Es así como, muy ‘honestamente’, aquel que firma no sólo sus novelas sino también sus panfletos con el nombre de su abuela, Céline, reencuentra, el nombre de su padre, su estado civil, Louis Destouches, para asumir la paternidad totalmente existencial, biográfica, de los panfletos”. En Bagatelas por una masacre, así como en sus otros textos panfletarios, especialmente en L’Ecole des cadavres, encontramos al Céline intelectual, es decir, no al novelista, no al escritor que hace del abyecto una poética, sino al ciudadano que, a través de la escritura, se sitúa y se compromete políticamente con el nacionalsocialismo.

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Portadas de los viejos panfletos de Céline. | Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Publicadas en 1937, las Bagatelas fueron promocionadas por su editor, el belga Robert Denoël, con las siguientes palabras: “El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Releídas ahora, es difícil encontrar comicidad en aquellas 379 páginas -algunas se pueden encontrar sin mucho problema en internet, tanto en francés como en inglés-, en aquel vómito de improperios que el escritor francés escribió en tan solo dos meses y que, como escribe el crítico argentino Mariano Dupont, puede definirse como un “furor demente antisemita, antimasónico, anticomunista, antitodo. Un viaje febril y espeluznante, intolerablemente cómico, al corazón de sus odios, de sus miedos, de sus fantasmagorías, de sus indigestas alucinaciones”.

“El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Robert Denoël.

Hace algunas semanas, la editorial Gallimard anunció la publicación en un solo volumen de Bagatelles pour un massacre, L’Ecole des cadavres y Les Beaux Draps; los textos irían acompañados por un aparato crítico firmado por Régis Tettamanzi, profesor de literatura francesa de la universidad de Rennes. El anuncio de dicha publicación provocó de inmediato mucho revuelo y varios colectivos vinculados a la lucha contra el racismo, el antisemitismo y contra la homofobia pidieron que se impidiera la publicación del libro, sosteniendo que los textos ahí reunidos hacían apología del racismo y de la homofobia. Razón, sin duda, tenían, sin embargo, asumiendo su carácter ideológicamente deplorable, ¿es adecuando prohibir su publicación? El escándalo suscitado fue tanto que Gallimard ha anunciado que cancela el proyecto de editar los panfletos de Céline a través de un comunicado en el que, sin embargo, se reafirma en su proyecto y en la relevancia histórica de los textos: “Los panfletos de Céline pertenecen a la historia del más infame antisemitismo francés, pero condenarlos a la censura impide esclarecer sus raíces y su impacto ideológico y fomenta una curiosidad malsana ahí donde tendríamos que ejercer nuestra facultad de juicio”, sin embargo, añade la editorial, “entiendo y comparto la emoción de los lectores”, pues es consciente que la edición de estos textos, “choca, hiere o inquieta por evidentes razones humanitarias y éticas”.

Céline nunca renegó de sus escritos y, en efecto, en una entrevista con Albert Zbinden, en 1956, no dudaba en afirmar: “no reniego nada de nada… no cambio para nada de opinión, tengo simplemente una pequeña duda, pero será necesario que me prueben que me equivoqué y no probar yo que tengo razón”. Sin embargo, era consciente de que, tras su condena in absentia, puesto que se había exiliado en Dinamarca, por colaboracionismo y ser amnistiado en 1951, gracias a la defensa pública de varios intelectuales, entre los cuales se encontraba Sartre, sus panfletos no podían volver a publicarse. Como le advirtió su mujer, Lucette Destouches, la primera lectora de los textos, él sería, tarde o temprano, víctima de sus propios escritos.

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Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Durante todos estos años, desde su muerte en 1961, su viuda, hoy centenaria, ha respetado la voluntad de su marido. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Como señala Marc Bassets en El País, la publicación de Los escombros de Lucien Rebatet, ante la cual Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, le hizo pensar que el contexto había cambiado, los años habían transcurrido y, por tanto, podía ser el momento de que las Bagatelas salieran a la luz. Lucette Destouches se equivocaba, Francia no está preparada para los escritos de quien fuera su marido, por mucho que éstos se acompañen de un aparato crítico.

La polémica suscitada recuerda mucho o demasiado a la que rodeó en Alemania la publicación de una edición crítica del Mein Kampf, libro que se agotó a los pocos días. Si bien es cierto que todavía hoy hay más de un detractor, la publicación del escrito de Hitler en una edición crítica supone una indagación en la raíces ideológicas, sociales y económicas del nazismo, supone el redescubrimiento de un documento esencial para estudiar un momento histórico central de la historia europea y un movimiento político, cuyas réplicas son más que notables. Leer el Mein Kampf no es fácil, como dice el comunicado de Gallimard, sus palabras chocan, hieren e inquietan, pero ¿es mejor acaso no conocerlas? ¿Es mejor  ignorar el relato que justificó la mayor barbarie de la humanidad, al menos, en lo referente al siglo XX?

“¿Cuál es el verdadero amigo del pueblo? El fascismo. ¿Quién hizo más por el obrero? ¿La URSS o Hitler? Hitler. No hay más que mirar con los ojos limpios de mierda. ¿Quién hizo más por el pequeño comerciante? No es Thorez, ¡es Hitler!” Escribe Céline en L’École des cadavres. ¿Son sus palabras apología del nazismo? Lo fueron, sin duda, y lo pueden seguir siendo si no se analizan críticamente, si no se contextualizan, si no sirven para relatar la historia intelectual de la Francia nazi, donde encontramos nombres como Pierre Drieu de la Rochelle o Charles Maurrás. Como hizo Kristeva en su ensayo 1982, los panfletos de Céline son útiles para elaborar un completo perfil crítico del escritor y, por entonces, intelectual francés, pero habría que añadir que también son útiles para conocer el germen del totalitarismo nacionalsocialista en Francia. “La República masónica desvergonzada, llamada francesa, completamente a merced de las sociedades secretas y de los bancos (Rotschild, Lazarre, Barush, etc.) entra en agonía. Gangrenadas a más no poder, se descompone por escándalos. Ya no son más que jirones purulentos de los que el judío y su perro francmasón arrancan a pesar de todo, cada día todavía, algunas nuevas golosinas, restos cadavéricos, se llaman, ¡jolgorio! Prosperan, se muestran jubilosos, exultan, deliran de carroñería”, prosigue Céline páginas después. ¿Pueden utilizarse como propaganda antisemita sus palabras? Sin duda, pero ¿acaso no es más fácil que se utilicen como tal mientras circulen por la red libremente que si se editan?

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Louis-Ferdinand Céline con sus perros. Foto vía The New York Review of Books.

Sin duda sus palabras hieren y hieren sobre todo porque nos recuerda aquello que sucedió hace poco más de setenta años. Negar la historia es todavía más peligroso que dulcificarla por no ser testigo de determinados testimonios. “Los judíos, híbridos afroasiáticos, un cuarto, seminegros y Cercano-orientales, fornicadores desenfrenados, no tienen nada que hacer en este país”, escribía Céline, pero sus palabras las suscribían muchos, demasiados, todos aquellos que convencidos desfilaron brazo en alto y fueron partícipes de la maquinaria nacionalsocialista. Y, todavía peor, sustituya “judío” y ponga “refugiado”, ¿cuántos hoy suscribirían esas mismas palabras? Muchos, demasiados, y esto es lo que da miedo, esto es lo que hiere: ver reflejado en esas palabras nuestro pasado, pero también parte de nuestro presente. El judío es, para Céline, el otro, aquel que se impone, que domina, es el usurpador que priva a Francia del bienestar: “Están todos camuflados, travestidos, son unos camaleones los judíos, cambian de nombre como de fronteras, se hacen llamar bretones, auverneses o corsos, otras veces son turandotes, durindainos o cassoules… cualquier cosa… que introduzca el cambio”.

En las palabras de Céline, desgraciadamente, resuenan demasiados ecos de los discursos populistas de la actual extrema derecha, basta cambiar el sujeto de la frase. Situar los textos del escritor francés junto a los programas electorales de partidos como el Frente Nacional sería un importante ejercicio para observar la pervivencia de ciertas ideas. No sé si, como dice el comunicado de Gallimard, la no publicación de dichos textos fomentará la curiosidad, pero de lo que no cabe duda es que hará posible su mal uso. El desprecio del judío, hacia el cual Céline dirige homófobos insultos, es el desprecio al otro, omitir textos en el que se leen frases completamente abyectas –“Los 15 millones de judíos encularán a los 500 millones de arios”- y completamente descriptivas de un tiempo histórico es, involuntariamente, una forma de negar esa misma historia. Se escribieron estos textos, se publicaron y se aplaudieron, fue así, aunque duela reconocerlo.

Publicar ahora estos textos de Céline no es homenajearlo, todo lo contrario, es retratarlo en su abyección ideológica, es condenarlo a través de sus propias palabras. Publicar los textos de Céline es retratar la Historia, sin matices, es obligarnos a mirar críticamente hacia ese pasado incómodo y, sobre todo, es enfrentarnos a un presente que comparte demasiadas similitudes con aquellos años ya pretéritos.

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Grande Pessoa

José Antonio Montano

Foto: Creative Commons

Pasó algo precioso el otro día, con Pessoa. Me dio por poner en Twitter la siguiente encuesta: “Sobre esta frase que circula de Oscar Wilde: ‘Sé tú mismo. Los demás puestos ya están ocupados’. ¿Qué creen que diría Fernando Pessoa? ‘Mi propio puesto está…’”. Ofrecía dos opciones: “vacante” y “superpoblado”. Lo precioso fue que casi empatan las dos. Se mantuvieron durante muchas horas al 50%, y al final ganó “vacante” con un 52%.

¿Qué otro escritor hay así? Lo de “superpoblado”, como apuntaron algunos, le pegaba más a Walt Whitman, el que dijo lo de “contengo multitudes”. Pero el autor del ‘Canto a mí mismo’ –al que tomaron como maestro dos de los heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos– no hubiera podido compaginar lo de estar superpoblado con lo de estar vacante. La grandeza de Pessoa está en esa compaginación.

Vacante, con el yo difuso, dubitativo, borroso, fantasmal, y al mismo superpoblado de heterónimos. Despersonalizado e ‘impersonado’ –y lo uno como condición de lo otro. La obra entera de Pessoa es, como él dijo, un “drama en gente”. Un drama no dividido en actos, sino en personas, en ‘pessoas’: en máscaras.

Me acuerdo de lo que decía Antonio Carlos Jobim (adaptador, por cierto, de dos poemas de Pessoa, “O rio da minha aldeia” y “Cavaleiro monge”) al ver que los únicos que tenían más canciones que él en las listas eran los Beatles: “Pero ellos son cuatro y yo solo uno”. Pessoa fue uno y cuatro (y más de cuatro). Y a la vez no fue nadie.

(La frase de Wilde, por otra parte, resulta que es apócrifa. De sus frases verdaderas mi favorita es: “Uno debería ser siempre un poco improbable”. Aunque, para que quedase redonda, tendría que haberle puesto un añadido pessoano: o no ser).

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