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Cultura

Una historia de amistad, supervivencia y cocaína a bordo de un asfixiante submarino artesanal

Después de más de 3500 millas náuticas un semisumergible cargado con más de tres toneladas de droga es hundido a la desesperada por su capitán. Lo cuenta Javier Romero en su libro ‘Operación Marea Negra’

Una historia de amistad, supervivencia y cocaína a bordo de un asfixiante submarino artesanal

Jaime Olmedo. |Cedida por el entrevistado

Una historia terrorífica y fascinante

Era uno de esos fines de semana plácidos de 2019 en los que el periodista Javier Romero (Xinzo de Limia, 1980) no estaba de guardia. La historia, sin embargo, era lo suficiente singular como para que sus compañeros lo sacaran de la cama a primera hora de la mañana de aquel domingo 24 de noviembre: frente a la costa gallega acababan de localizar un narcosubmarino semihundido, a eso de las dos y media de la madrugada, y capturado a dos de los tripulantes del mismo, dos ciudadanos ecuatorianos. Un tercer integrante del equipo que había pilotado el semisumergible andaba huido. Por su conocimiento del terreno, sabían que conocía la zona, por lo que debía ser gallego. Tardarían casi seis días en dar con él. Largos días de soledad, silencio y hambre, en los que el enigmático piloto, escondido en una cabaña al final de la rúa As Tomadas, en el número 9, cercado y sin opción de huir, sin agua ni víveres, aguardaba tratando de conseguir -sin suerte- ayuda desde el exterior. 

Sucedió a las 11:20 horas de la mañana del viernes 29 de noviembre. El operativo montado por las fuerzas de seguridad del Estado para atraparle se topó con un hombre corriendo, que salía de la cabaña. «Vestía traje de neopreno, tenía un cuerpo atlético y unos treinta años de edad, hablaba castellano y evidenció haber nacido en España». Además, el neopreno olía mal a varios metros, sus uñas y su piel presentaban las mismas manchas que las de los dos ecuatorianos arrestados hacía seis días. Calzaba botas de goma bajas de color rosa y agarraba, con sus dos manos, una mochila negra donde guardaba sus pertenencias», escribe el periodista Javier Romero en Operación Marea Negra (Ediciones B, 2022). Y añade que no opuso resistencia y evidenció carecer de fuerzas. Pidió, de hecho, ya derrotado, ayuda a sus captores. Estaba exhausto. Se daba fin, con ello, a cuatro semanas de una travesía infernal y suicida que había comenzado en la selva amazónica. El patrón del barco se llama Agustín Álvarez y se halla actualmente recluido en la prisión de A Lama, junto a los dos ciudadanos ecuatorianos -y primos- que le acompañaron en su travesía intercontinental (Pedro Roberto Delgado Manzaba y Luis Tomás Benítez Manzaba), a la espera de la sentencia que habrá de dictar la jueza Sonia Plata, tras la pasada celebración del juicio durante el mes de diciembre de 2021. 

Imagen vía Ediciones B.

Nos cuenta Javier Romero, al teléfono, que el germen de este libro se halla en una profunda decepción, y la ulterior obsesión derivada de ésta. La cosa es que, un par de semanas después de que se levantase el secreto de sumario, Romero consigue el procedimiento judicial: «Un pdf de 1600 páginas que ha sido mi oráculo», nos confiesa. De la alegría pasa pronto al desengaño, porque es poco lo que encuentra ahí, cuando pensaba hallar muchísimo más. Y es que lo único que se ha podido judicializar en el procedimiento es la presencia de los tres miembros de la tripulación en el submarino (que ellos mismos ratificaron, admitiendo que habían aceptado el viaje por necesidad de dinero), así como el intento (frustrado) de tres amigos de la infancia del piloto del semisumergible, así como del padre de uno de ellos, por tramar un plan -que no pudo llevarse a cabo- a petición de su amigo Agustín, el encargado de manejar el submarino, para descargar la droga en el mar, con el objetivo de llevarla de camino a la costa. 

Se trata, en el caso de estos cuatro últimos, de «colaboradores circunstanciales que aceptaron participar por una cantidad inconcreta de dinero», nos cuenta Romero. Darse cuenta de esto, sin embargo, de que «estos cuatro colaboradores son ajenos a cualquier organización de narcotráfico» le sirvió a Romero para averiguar que eran todos amigos de la infancia, y de ahí fue tirando hilos. Descubrió un pasado de Agustín como prometedor -y, más tarde, frustrado-boxeador amateur. Sacó en La Voz de Galicia, diario donde trabaja como periodista investigador, un primer reportaje con una fotografía del joven, así como con testimonios de gente que lo conoció. Asimismo, pudo ir atando cabos, entendiendo las relaciones de amistad entre Agustín y sus amigos. También consiguió un informe harto relevante: el informe de peritaje oficial que desmenuza el submarino, que le hace «la autopsia».

Ya con esto cambia todo: Romero se obsesiona con esos 27 días que los tres hombres pasaron encerrados en el submarino, en el mar, sin apenas espacio, con el insoportable olor ácido de la cocaína, los humos tóxicos que proceden del motor (cuyo habitáculo no está cerrado herméticamente), la falta de ventilación, de aire que no esté viciado. Nos cuenta el periodista gallego que, pasado el primer año del hundimiento del narcosubmarino, se le autorizó a realizar una serie de entrevistas y fue ya ahí que comenzó a vislumbrar que este relato le podía proporcionar «una historia de superación humana digna de ser contada». 

Javier Romero visitando el narcosubmarino para uno de los reportajes en La Voz de Galicia. | Foto: Óscar Vázquez.

Una foto icónica del narcotráfico

21,47 metros de eslora. 2,58 metros de ancho. Fabricado en fibra de vidrio para evitar que lo localicen, con refuerzos transversales de acero y una quilla maciza de madera, hormigón y fibra que ofrece estabilidad y fiabilidad estructural. Con una torreta (prácticamente indetectable) que apenas sobresale 35cm del nivel del mar. Tres tanques de 20.000 litros de combustible y un volumen de carga (donde iba la cocaína) de unos nueve metros cúbicos. Una sala de máquinas situada en la popa, equipada con un motor diesel de seis cilindros y 240 caballos de potencia. Tenía hasta nombre: Che. Se cree que costó un millón de euros fabricar el narcosubmarino semisumergible. Se cree que es obra del grupo colombiano del Clan del Golfo. Hoy se exhibe en el Museo de Formación del Cuerpo Nacional de Policía de Ávila. El espacio en el que estuvieron 27 días los tres tripulantes del batiscafo era de apenas seis metros cuadrados. Ahí tres personas lo hacían todo. 

Nos cuenta Romero que, una vez apresado, fue a ver el narcosubmarino en varias ocasiones. Y que, al entrar adentro, sintió «un poco de asco y de miedo a la vez. Miedo por la vida indigna que tuvieran que llevar allí metido hacinados Agustín y los dos primos, y asco por quienes los metieron ahí, por el poco respecto que tienen a la vida de quienes se prestan a hacerles ese trabajo. Pero, si he de destacar una emoción por sobre las otras -reflexiona-, me parece que te diría que lo que sentí fue la infamia».

No es mala forma de definir toda esta trama, un hito histórico del narcotráfico global con Europa como punto de destino, pero también una profunda historia humana. De ambición, amistad, supervivencia y crimen. El narcosubmarino hubo de hacer frente a tres terribles tormentas en el Atlántico, sufrió desde primera hora averías mecánicas, estuvo a punto de ser arrollado por un gran buque mercante en el medio de la nada, se quedó tirado a la deriva cuando se había de hacer el desembarco de la droga en las Azores y deambuló perseguido por una ingente cantidad de efectivos policiales (barcos, lanchas rápidas, helicópteros) de varios países europeos por las costas gallegas, cambiando constantemente -y a la desesperada- de planes. 

Javier Romero, con una patrulla de la Armada en Colombia durante la grabación del documental ‘Operación Marea Negra’, la travesía suicida, de Amazon Prime Video.

En Operación Marea Negra, Javier Romero barrunta donde los hechos no se pueden probar y más que formular hipótesis triangula informaciones sabidas, pero que no se pueden acreditar en sede judicial, para formular lances plausibles y con sentido. El más impactante es precisamente aquel que relata la plausible vida a bordo del submarino, con esos tres hombres encerrados en un espacio mínimo, enfrentados a la inmensidad del océano, con apenas unos instrumentos mínimos de navegación (sin radar, ni radiobaliza o emisora; nada más que un compás, un gps y varios teléfonos satelitales), una exigua cantidad de aire respirable y nada de comida caliente. Esa atávica lucha del hombre contra la naturaleza que ha inspirado, asimismo, una serie de ficción producida por Amazon Prime Video y basada en estos mismos hechos y que contará con el actor Álex González como protagonista. La podremos ver este próximo mes de febrero.

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