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Cultura

La arquitectura y el arte, una manera de instalarnos en el mundo

Hay un transfondo en el arte que nos permite entrar en la esencia del Ser en el mundo, que lo hace más amable y más habitable

La arquitectura y el arte, una manera de instalarnos en el mundo

Laura Martínez|The Objective

Entrevistamos al arquitecto, escritor y artista plástico Álvaro Galmés para hablar sobre la urgencia de repensar el modo de habitar en nuestra sociedad. Adentrados en la era del antropoceno y sumando los miedos e inseguridades que nos ha dejado la pandemia de la covid, sus investigaciones así como su obra artística, han tomado una vigencia absoluta. 

P: ¿Cómo decide qué lenguaje utilizar para abarcar cada tema de investigación, siendo su carrera tan multidisciplinaria ?

R: Las pulsiones son las mismas pero utilizo medios expresivos diferentes. Parto de un interés por organizar algo del mundo que me rodea, siempre hay un afán de investigación detrás de todas estas actividades, muchas veces nace de una intuición. En el origen no sé cuál va a ser el medio de expresión, cuando lo tengo claro, pongo en ello el oficio ya desarrollado sea como escritor, pintor o arquitecto.

Imagen vía Editorial.

En 2014 publicó Morar: Arte y experiencia de la condición moderna, un libro que fue la continuación de su tesis doctoral titulada Narrativas domésticas, basada en la fenomenología del habitar. 

La arquitectura puede alterar la experiencia temporal.  El espacio es un medio difuso que no muestra sus claves de manera consciente sino inconsciente. Actualmente la llamamos atmósfera, toda la información que recibimos de ésta genera una experiencia emocional consistente. Es por esto que la arquitectura puede transformar la experiencia global, lo hace principalmente  mediante la luz y la gravedad. Las atmósferas arquitectónicas dan la posibilidad de brindar ‘ofertas’ al individuo para que actúe de una manera u otra y que así experimente una realidad distinta. 

Imagen vía Editorial Pre-Textos.

Galmés recuerda lo fundamental que fue en su formación, su paso por el estudio de Juan Navarro Baldeweg, donde encontró una comunicación directa entre su profesión, la reflexión y el mundo de la artes. En 1996 realizó su primera exposición individual titulada Cartografía de la luz, donde reflexionaba a través de la pintura sobre el impacto que tenía la iluminación en el espíritu y en los seres humanos. Este conocimiento se fue ampliando a lo largo de los años y lo plasmó en la publicación La luz del sol, un ensayo que narra a manera de itinerario, los diferentes tonos y configuraciones que adquiere la luz a lo largo del ciclo diurno, analizando de una manera más vivencial que teórica, la forma en que sus matices se hacen presentes, buscando el gozo de esa incesante variación. 

P: Actualmente está inmerso en la escritura de un libro que esperemos llegue a nuestras manos el próximo año.

R: Va sobre la gravedad y el ritmo, dos experiencias que aparentemente distan entre sí, pero que tienen mucho que ver la una con la otra. Empiezo hablando sobre la manera en que éstas vivencias repercuten en el ser humano y cómo han sido fuente de inspiración para poetas, escultores, arquitectos o músicos, vinculando el arte con un experiencia primigenia. A mí no me interesa pensar el arte como un campo encapsulado de las élites, creo que el arte repercute con la vida diaria del hombre, y tiene un aprendizaje para la misma, me gusta siempre decir que el mayor arte es el de vivir feliz, el de vivir instalado en el mundo. El concepto de «instalación» ha sido clave desde mis inicios.  Veía que el principal problema que teníamos como personas, era que no nos sentimos bien instalados en un mundo que siempre era como ajeno a nosotros mismos. Me di cuenta que todas las artes y toda la cultura trabajaba en ese sentido. Un escultor cuando hace una escultura, como la pudo hacer Fidias en la Acrópolis, está haciendo que nos adaptemos mejor en el mundo, como también lo ha hecho Stravinsky, Charlie Parker, o cada artista desde su particular aporte. Hay un trasfondo en el arte que nos permite entrar en la esencia del Ser en el mundo, que lo hace más amable, más habitable al final.

Pintura de Galmés ‘Ventana. Hora cuarta’. | Imagen cedida por el entrevistado

Y ¿cómo instalarnos en esta era, en un mundo azotado por una pandemia, que está viviendo el desastre de la huella que ha dejado la sociedad en los último siglos?

El confinamiento por ejemplo, creo que nos ha dejado una experiencia  positiva y una negativa. Nos ha enseñado a vivir en nuestras propias casas, teníamos una experiencia imperfecta de lo que eran. Nos ha enseñado las posibilidades que tiene y recordado que puede servir de protección emocional. La palabra «morar» tiene esa connotación de detener el tiempo, sus derivados vienen de «demorar», «moratoria» o «muro», son paradas en el tiempo. La covid nos ha permitido experimentar ese detenimiento. En el foro público sin embargo, nos ha producido una circunstancia más negativa que es la de desconfiar de las distancias respecto al otro. Creo que en el tiempo se va a producir una reinterpretación tanto del espacio público como del privado. No sé si los urbanistas o arquitectos seremos capaces de sacarle partido a esa nueva conciencia, pero va a ser una nueva manera de experimentar nuestro entorno. Estamos en una sociedad en la que las preocupaciones nos generan una dificultad de abrirnos hacia los demás. Ser permeables y conscientes de ello, es lo que deberíamos de anhelar. 

Casa Santa Ponsa. Álvaro Galmés+Geoarquitectos. @ Miguel Guzmán | Imagne cedida por el entrevistado.

¿Y cuál sientes que es hoy el rol de la arquitectura? 

La arquitectura contemporánea se ha convertido en un producto del arte que la sociedad considera elitista y que entiende que no le ofrece los rudimentos o los elementos necesarios para el habitar que desea. Hay estudios que muestran cómo por ejemplo en el cine de Hollywood, cuando tienen que crear el entorno del malvado lo hacen en una casa moderna, mientras que al «bueno» lo ponen en casas antiguas o tradicionales. Hay una falta de confianza a lo contemporáneo y el gremio considera que la sociedad no está preparada para sus innovaciones. Hace falta hacer una labor pedagógica en ambos sentidos. Buscar culpables es la manera más fácil de no solucionar el problema. Hay un distanciamiento entre la arquitectura, el urbanismo y la sociedad. Esta brecha no nos deja habitar como queremos, no permite que las posibilidades que nos ofrece la arquitectura del siglo XXI sea procesada por la sociedad y por otro lado ésta desconfía de todas esas oportunidades. Yo creo que todos estamos preocupados por la ecología, por el cambio climático, por esta era tan hiper humanizada que estamos dejando. Se están haciendo esfuerzos, a lo mejor necesitamos modificar el discurso y las propuestas para que verdaderamente sean eficaces, creo y espero que se pueda lograr.

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