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VIDAS CRUZADAS

Patricia Simón: «Las mujeres tenemos que defender con uñas y dientes la libertad»

«La configuración de víctimas ideales me parece muy peligrosa; las mujeres tenemos que defender con uñas y dientes la libertad»

Patricia Simón (Estepona, 1983) es periodista especializada en relaciones internacionales. Ha realizado reportajes en más de veinticinco países, poniendo el foco en los derechos humanos, la violencia contra las mujeres, las migraciones y la pobreza. Es creadora del centro de documentación ‘No habrá paz sin las mujeres’ y actualmente colabora con La Marea, medio para el que ha documentado las protestas de Iraq, el incendio en el campo de refugiados de Lesbos o las elecciones presidenciales de Estados Unidos. En Miedo (Debate, 2022) aborda los temores que rigen nuestras vidas y las sumen en la incertidumbre. 

PREGUNTA. Tenemos a Ana Iris Simón, a Fernando Simón, a Pablo Simón, a Pedro Simón, a Unai Simón… ¿Hay una revolución de los Simones?

RESPUESTA. ¡Y a mi primo, Alejandro Simón! Que acaba de sacar la novela La parcela, con Caballo de Troya y que está recogiendo muchísimos reconocimientos. ¡Así que para mí la revolución es sobre todo de Alejandro Simón! Pero sí, ha sido un año muy Simón. 

P. Tu libro se titula Miedo. Su semilla fue un artículo que publicaste en La marea en los primeros compases del confinamiento. Me interesa esta paradoja, porque eres una persona que ha cubierto conflictos en todos los continentes y hablado con todo tipo de personas. Digamos que has mantenido una mirada hacia el exterior y, sin embargo, ha sido el momento del confinamiento lo que ha despertado esta esta idea transversal del miedo.

R. Sí, ese ha sido el proceso. He tenido que estar aquí para juntar todas las piezas. Yo venía de cubrir las protestas de Irak, llegué dos semanas antes de que se decretara el estado de alarma, y empecé a escribir todas las crónicas y el especial que publicamos en La marea. Estaba muy centrada en eso y no estaba atendiendo a lo que pasaba alrededor. Y cuando el Presidente anuncia que tenemos que ir a un confinamiento me sorprende el alivio con el que se recoge ese anuncio. Yo entiendo perfectamente que eran medidas necesarias, pero de sociedades democráticas avanzadas espero que vivan como una resignación tener que renunciar a derechos fundamentales. Y me daban miedo los discursos que empezaban a escucharse, por ejemplo, «esto se gestiona mejor en una dictadura». También los señalamientos a vecinos y vecinas que no cumplían estrictamente con las normas. Escribí el artículo como una llamada de atención, porque creo que es muy fácil, y lo hemos visto desde el 11 de septiembre, ir perdiendo derechos y libertades. Y siempre por una seguridad que creo que no entra en conflicto con la libertad. 

P. El 11-S es, como señalas, uno de los enclaves en los que anclas tu discurso. Lo que mencionas respecto a la justificación de recortes de derechos y libertades, una justificación que se encuentra en el miedo, es a la vez es el denominador común a muchos conflictos. 

R. A mí me venía preocupando muchísimo cómo se estaba instaurando un silencio en nuestra sociedad. Esa politización tan interesante y necesaria que hubo a raíz del 15M se había convertido en un problema. De repente las familias estaban muy divididas. Esa polarización y crispación de la que hablamos tanto se materializa en los círculos humanos más pequeños, y me di cuenta de que ese distanciamiento y esa conflictividad tenía mucho que ver con el miedo. Veía que a todas las personas les costaba compartir sus ideas sin sentirse heridas cuando otra persona les decía que no estaba de acuerdo. Desde ahí me parecía mucho más interesante y más fácil entender a quien no entiendo. Y, sobre todo, cómo esos miedos son azuzados e instrumentalizados por parte de la ultraderecha y de grupos populistas.

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Patricia Simón | Imagen: Carmen Suárez

P. Reparas en una tensión interesante. El 15M fue un momento de alta politización pero que tuvo como contrapartida la desunión de lazos familiares y grupos de amigos, algo que no se había producido en las décadas más alegres, cuando la política no ocupaba tanto espacio. ¿Tu valoración de la policitación es más negativa que positiva?

R. No, creo que es muy necesaria. Veníamos, efectivamente, de los tiempos banales de los años noventa y primeros dos mil, de una despolitización que tiene que ver con la burbuja y la crisis-estafa. La politización me parece muy necesaria, siempre y cuando se entienda desde el respeto a la pluralidad de ideas. No, por supuesto, a la ultraderecha y el fascismo, pero convertir al que piensa diferente en el enemigo me parece muy preocupante. Y me parece curioso que las personas que criticaban que esos políticos y políticas que discutían en el Parlamento luego se tomasen algo en el bar, ahora acudan a tertulias y lo planteen como un gran éxito que personas con ideologías muy diferentes puedan hablar y llegar a consensos. Eso es lo sano en una sociedad democrática. Y creo que hemos hecho todo este recorrido y estamos volviendo a la búsqueda de la posibilidad del diálogo, lo cual me parece muy importante. Lo que no me parece nada interesante ni enriquecedor es que la política se haya convertido en algunos casos en un problema.

P. ¿En qué sentido? 

R. Tiene mucho que ver con esa creación de los enemigos, pero también con el hecho de intentar buscar poder; eso es lo que ha hecho la política tradicionalmente, y creo que la nueva política en parte sigue haciendo lo mismo: poner el esfuerzo en la conquista del poder y no en solucionar problemas. Creo que ahora mismo estamos en un momento en el que volvemos a echar de menos que se hable de los problemas de la ciudadanía, y eso me parece muy peligroso. Gran parte del libro trata de cómo en los años ochenta se produce el secuestro que ha hecho el neoliberalismo de las democracias. Lo que ha hecho es que la gente sienta que las democracias no dan respuesta a sus necesidades básicas. Y, sobre todo, que les haya robado algo fundamental para cualquier ser humano: tener un horizonte de mejora. Si sientes que todo, principalmente desde 2008, va siempre a peor no tienes razones para levantarte de la cama. Y así se explican, por ejemplo, las altas tasas de ideas suicidas entre los menores de treinta años, la despolitización que de nuevo estamos viviendo y que muchas personas estén abrazando discursos totalitarios. Porque si la democracia no tiene nada que ofrecer, en términos de cubrir tus necesidades materiales, habrá quien se fije en un Estado totalitario, como el chino, que está sacando a millones de personas de la pobreza. Urge que las democracias vuelvan a recuperar esa función, y creo que parte del Gobierno actual lo está haciendo, o lo está intentando. Las personas no pueden vivir en la desesperanza continua, y lo que nos encontramos son sociedades muy entristecidas, muy desesperanzadas, y con una sensación de impotencia muy peligrosa. 

P. ¿Cuánto aprendizaje procede de tu contacto personal con la gente, más allá del estudio? Lo digo por la cantidad de testimonios en primera persona que ofrece el libro. 

R. El aprendizaje en primera persona es lo que ofrece el periodismo, frente a otras disciplinas de las ciencias sociales. El poder ver, ser testigo y luego contarlo es fundamental. Yo estoy constituida emocional y políticamente de todas esas personas que he ido conociendo y de todas esas historias que he ido contando. Eso no quiere decir que no crea profundamente en la necesidad del estudio, de hecho creo que el periodismo, cuando realmente es rico, es cuando concilia el ser testigo de los hechos con una vasta cultura. Pero no tiene nada que ver hacer reporterismo, ir a los sitios, con hacer artículos de análisis. Por eso me parece tan interesante esta mezcla de ensayo y crónica periodística que te permite conjugar ambas cosas. También el hecho de hacer siempre reporterismo en el lugar de los hechos me hace reiterar que, por mucho que contemos las cosas, si no las vives, no se pueden entender. 

«La configuración de víctimas ideales me parece muy peligrosa; las mujeres tenemos que defender con uñas y dientes la libertad»

Patricia Simón

P. ¿Por ejemplo?

R. A mí me pasó recientemente, tras el incendio del campo de refugiados de Lesbos. Yo fui para entender por qué la población local de Lesbos había virado ideológicamente. Había pasado de ser incluso candidata al Premio Nobel de la Paz por su hospitalidad a, supuestamente, abrazar posiciones más ultras. Y lo que vi es que no era así. Por otro lado, no tenía mucho interés en visitar el campo de Moria porque pensaba que ya lo habían contado muy bien muchos compañeros y compañeras. Y lo que me encontré cuando lo visité me sobrepasó. Era un lugar diseñado por la Unión Europea para hacer espacios de tortura. Y me pareció urgente volver a contarlo y explicarlo, y esto es lo que me recordó que, efectivamente, hasta que no vives algo no terminas de entenderlo. Es una cura de humildad también para el periodista, porque te obliga a esforzarte mucho en intentar narrar lo mejor posible, siendo consciente de que, incluso aquellos lectores, lectoras, televidentes u oyentes más interesados no van a terminar de entenderlo. 

P. Ahora que hablas del campo de Moira, ¿qué podemos hacer desde Occidente frente al drama de las migraciones? Las políticas no varían tanto de un Gobierno a otro, y el elefante sigue en la habitación: a escasos kilómetros hay miles de personas que están huyendo del terror o buscando una vida mejor y hay que dar una respuesta. Es un conflicto social y político importantísimo.  

R. Creo que es un conflicto interesado. El papel de las migraciones en la política europea y local de cada Estado es muy útil. El hecho de que estemos sintiendo ese miedo al otro, de que haya una población local a la que, diariamente, le llegue el mensaje de que quieren invadirnos, que van a acabar con nuestra cultura, que son un peligro para la seguridad, es muy útil porque estamos distraídos. Es lo que decía Sigmund Bauman sobre la manipulación de la incertidumbre. Y también es muy útil también para el capitalismo. El hecho de tener bolsas flotantes, entendidas como población desechable, además en una situación de vulnerabilidad legal absoluta, te permite bajar la remuneración de los salarios. Y estas personas se presentan como las culpables porque están dispuestas a aceptar cualquier condición. Y esto empuja a la población local a aceptar condiciones laborales mucho peores, porque supuestamente detrás hay otras cientos de personas dispuestas a aceptarlas. Es muy útil y lleva siendo muy útil por lo menos desde los años sesenta, con la llegada de personas de las excolonias a Francia, que se utilizaron para bajar derechos laborales que se habían conquistado a principios de siglo. 

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Patricia Suárez y David Mejía durante la entrevista. | Imagen: Carmen Suárez

P. ¿Qué papel juegan los medios de comunicación?

R. Los medios de comunicación tenemos un reto importantísimo: romper con ese discurso de los otros y nosotros, que a veces incluso desde el ámbito de los derechos humanos lo reproducimos cuando ponemos a competir de alguna manera quiénes son las personas que peor lo están pasando. Si estás buscando a los que están peor entre los que están peor en un barrio, probablemente sean migrantes, porque son los que están en situación más precaria. Pero al lado, probablemente, haya una señora anciana o una dueña de un bar, como cuento en el libro, que está luchando por sacar adelante su negocio y a la vez está muy preocupada porque su hijo tiene treinta años, está licenciado y no tiene oportunidades laborales. Son personas que están luchando por sobrevivir, y todas se están enfrentando a los últimos coletazos de este sistema económico que está en una etapa muy violenta con la clase trabajadora. Hay que mirar para arriba para encontrar a los responsables y no hacia quienes llegan en patera o por el aeropuerto, teniendo que dejar a sus hijos e hijas en Centroamérica para cuidar de nuestros niños y niñas. 

P. Y en términos propositivos, ¿qué podríamos hacer?

R. Desde hace por lo menos una década nos dedicamos a exigir a los Estados que cumplan con los Derechos Humanos. Cuando vamos a Ceuta, a Melilla, cuando decimos que no se pueden practicar redadas racistas, basadas en el perfil étnico de la gente, lo que estamos diciendo es lo que dicen las Naciones Unidas y todos los tratados internacionales. Los Estados tienen que volver a cumplir los propios tratados y normas que han suscrito. Tienen que permitir que las personas pidan asilo en sus países de origen; esto se eliminó y es fundamental. Además, tenemos una crisis demográfica. Las personas tienen que venir porque si no Europa tiene un problema. Y luego tenemos que entender que mientras el Norte global siga expoliando al Sur, mientras nuestras empresas estén quedándose con el territorio para construir hidroeléctricas, para quedarse con los minerales (que parece algo de los años noventa, el seguir exigiendo que las empresas de los países enriquecidos dejen de quedarse con los recursos de los países empobrecidos), no vamos a avanzar, porque estas poblaciones van a seguir moviéndose. El ser humano no es un sujeto que esté diseñado para la resignación; va a intentar seguir adelante siempre. 

P. Apuntas a un vacío que hay en el núcleo de la democracia: para quienes no son parte del club, es un teatro. El que está fuera por una cuestión tan arbitraria como haber nacido en otro lugar, carece de la legitimidad para exigir que se respeten sus derechos.

R. Y hay otra cosa importante. Yo siempre he trabajado mucho con mujeres solicitantes de asilo y lo que me encuentro es que la mayoría de las mujeres que llegan aquí en patera procedentes de países africanos no está buscando una oportunidad económica, sino un lugar donde se respeten sus derechos, donde poder ponerse a salvo de violencias machistas, como la mutilación genital femenina, la violencia intrafamiliar o la violencia sexual. Y las estamos tratando como migrantes económicas por defecto. Cuando hacemos estos discursos garantistas, de Estado preocupado por el respeto de los derechos humanos, creo que hay mucho cinismo en él. Y si no empezamos a romper con ese cinismo y realmente se cumplen los derechos o se habla claramente de qué es lo que estamos haciendo, el mensaje que le llega a la ciudadanía es que la democracia es solamente un teatro y que carece de contenido real. Y eso me parece muy peligroso, no solamente para la cuestión de los movimientos de población, sino, como decía, para poner a salvo nuestras democracias de quienes quieren secuestrarlas.

«Hay que mirar para arriba para encontrar a los responsables y no hacia quienes llegan en patera o por el aeropuerto»

Patricia Simón

P. ¿Cómo valoras el hecho de que en España existan discursos de discriminación étnica entre regiones? En Cataluña, por ejemplo, hay quien habla de “colonos” para referirse a la inmigración de origen andaluz.

R. Bueno, yo creo que la discriminación de descendientes de andaluces, por ejemplo en Cataluña, que son tachados como colonos, procede de una minoría ínfima en Cataluña. La mayoría independentista no trata de colonos a las personas descendiente de emigrantes. Entre otras cosas, porque hay muchísimas personas descendientes de migrantes que son independentistas. Lo que sí creo es que hacen mucho ruido, como hacen mucho ruido los nacionalistas españoles. Las redes sociales magnifican ciertas agresiones que son imperdonables, pero que son minoritarias. Además, creo que tenemos un problema de reconocimiento de esa plurinacionalidad, de esas identidades tan variadas, que se han sentido muchas veces humilladas. He vivido muchos años en Asturias y todavía se está luchando por la oficialidad de su propia llingua. En Andalucía también hay una identidad muy marcada, que ha sido no solamente discriminada, sino empobrecida y mantenida en la pobreza. Y hemos visto cómo también la catalanofobia ha crecido muchísimo. Mientras estamos enredados en estigmatizar a cada una de estas identidades culturales no estamos pendientes de la situación de pobreza y del fenómeno tan terrible que estamos viviendo, que es que haya tantos millones de trabajadores pobres. La diversidad es una riqueza, y me parece una pobreza que en la educación pública no aprendamos mínimamente a hablar en todas las lenguas que tenemos. Si en lugar de verlo como un problema lo estuviéramos aprovechando, probablemente tampoco habría tanta sensibilidad independentista. Yo conozco a muchísimas personas que no eran independentista hace una década y lo son ahora, y tiene mucho que ver con el agravio que sienten que han vivido desde las instituciones centralistas. Este país tiene un problema con el centralismo que nos atraviesa a todos. Yo nunca he vivido en Madrid, aunque paso mucho tiempo aquí, pero todo el mundo que no sabe dónde vivo piensa que vivo en Madrid, por el tipo de trabajo que hago, por la proyección de mi trabajo y eso tiene que ver con el hecho de que Madrid ha secuestrado las oportunidades y se concentran todas aquí. 

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Patricia Simón. | Imagen: Carmen Suárez

P. En el libro aludes a una idea fundamental para combatir el discurso xenófobo, que insiste en asociar inmigración y peligrosidad: España es un país muy seguro. Corremos el riesgo de crear una falsa realidad y legislar para un país que no existe. ¿Crees que parte de la izquierda ha incurrido en una falacia, también peligrosa, al hablar de la inseguridad de las mujeres?

R. Sí, la respuesta es visibilizar y contar que el 90% de las agresiones sexuales, físicas y psicológicas son por parte de personas del entorno, ya sean las parejas, los maridos, los padres, los abuelos. Tenemos un problema terrible de violencia sexual contra la población infantil que está muy bien visibilizado, pero es dentro de los hogares, y tenemos problemas de maridos que violan a sus mujeres. Pero, efectivamente, creo que en el espacio público, España es un sitio bastante seguro. Pese a que todas vivamos con el temor a que en cualquier momento nos pueden asaltar, pero claro, no se puede comparar con otros sitios. Yo en esto soy muy libertaria: hay muchos derechos que nos ha costado muchísimo conseguir, entre ellos el ser tratadas como mayores de edad, igual que un hombre. En ese conflicto entre seguridad y libertad siempre me decanto por la libertad. Yo quiero que se legisle teniendo en cuenta que soy una persona mayor de edad, con agencia y en condiciones de igualdad. No me gustan las legislaciones sobreproteccionistas con las mujeres porque corremos el riesgo de que se nos vuelva a infantilizar. Yo siempre recuerdo que tras la violación colectiva en los Sanfermines hubo personas que decían «como una mujer va a querer practicar sexo con varios hombres a la vez, incluido sexo anal». Y yo decía, «este no es el debate». Se ha demostrado que fue una violación, con el agravante de ser colectiva, pero no vamos a empezar a juzgar cuáles son las prácticas sexuales legítimas y cuáles no, porque eso sí me parece un retroceso. Eso tiene que ver también con una práctica que se ha llevado a cabo en el periodismo, que es la construcción de la víctima ideal, y la víctima ideal no existe, afortunadamente, porque somos mucho más fuertes de lo que nos quieren hacer creer. La configuración de víctimas ideales me parece muy peligrosa; las mujeres tenemos que defender con uñas y dientes la libertad. 

P. Volviendo al libro, me gustaría que compartieras tu reflexión sobre los afectos y la necesidad de la compasión, sobre todo con quien piensa diferente.  

R. Tengo la suerte desde muy joven de haber entrado en contacto con defensores y defensoras de Derechos Humanos, muchos de ellos y de ellas vinculados al cristianismo de base, misioneros y misioneras, activistas y demás. Yo soy atea, pero entiendo que el amor es una herramienta política y un prisma que te permite entender mucho mejor a los demás. Hay que huir de la sensación cada vez mayor de estar en sectas y en grupos de opinión muy homogéneos. La comprensión es algo fundamental, además, muy estimulante intelectualmente. Siempre hay cosas de las que aprender. Por otra parte, sí creo que estamos muy faltos de compasión. Hay muchísimos contextos, sobre todo donde hay crisis humanitaria, conflictividad y violencia, que no puedes entender sin atender a las lealtades y a los afectos por la familia, por los amigos. Y desde ahí puedes ser mucho más compasivo, y es la única forma de restablecer algo fundamental que hemos perdido, que es un espacio compartido de valores desde donde podamos empezar a conversar. Tenemos un problema: la falta de espacios públicos donde encontrarnos, tener este tipo de conversaciones y conocer al vecino. Creo que las instituciones han acabado con estos espacios de una manera voluntaria; cada vez que se crea un espacio autogestionado rápidamente hay que cerrarlo porque se convierte en un motor de conocimiento mutuo en los barrios. El periodismo tiene que jugar ese papel; somos la asociación vecinal, te estamos presentando a tu vecina, tu vecino, para ver si así, cuando entiendas que les mueve lo mismo que a ti, conseguimos que se libren de esos discursos que nos quieren enfrentados.  

P. Por último, Patricia, antes de despedirnos, ¿a quién te gustaría que invitáramos a charlar aquí? 

R. Pues me encantaría que trajeses a Manuel Rivas. Es uno de mis referentes, no solamente como escritor, sino como periodista y como humanista. Siempre arroja luz sobre temas oscuros y además lo hace desde una visión muy compasiva, y al mismo tiempo lírica y valiente. 

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