'Mírame', la inquietante llamada de los autorretratos
El libro de Manuel Alberca ofrece una galería de emociones y perfiles psicológicos a través de la historia de la pintura

Detalle de un autorretrato de Alberto Durero. | Wikimedia Commons
Posiblemente, no exista un género pictórico más fascinante que el retrato. Con independencia de poder reflejar con pasmosa naturalidad una imagen fidedigna del individuo, diríase que los retratos tienen una irrenunciable vocación de eternidad. De hecho, de la complicidad entre quien lo pinta y quien posa para el mismo depende el momento, lugar, circunstancia, actitud, aparato, escenografía, ambientación, vestuario y atributos que el afortunado o afortunada ha seleccionado para vivir eternamente y hacer perdurar su imagen en la memoria inmediata y de las generaciones venideras. No sorprende, pues, que Oscar Wilde tuviera muy presente esa atemporalidad para invertir la relación entre retrato y retratado en una de sus más conocidas e icónicas novelas, cuyo protagonista, Dorian Gray, consigue transferir diabólicamente a su propia persona la capacidad del cuadro para congelar el tiempo, siendo este último quien experimentará las huellas del inexorable paso del tiempo.
Si esto sucede cuando quien pinta retrata al otro, ¿qué no pasará cuando lo hace sobre su propio ser? A este interrogante responde el libro de Manuel Alberca, Mírame. Enigma y razón de los autorretratos, publicado por Confluencias Editorial, una aportación fascinante, sugerente y poliédrica que viene a poner el foco en una cuestión de fondo capital que cuestiona la presunta «objetividad» del ejercicio de pintar a los demás y, sobre todo, de pintarse a sí mismo. Como certeramente apuntaba Rafael Argullol, «nadie sabe cómo es su cara» y es obvio que, tratándose de uno mismo, la sinceridad absoluta no existe, por más que se pretenda. Por eso, constituye todo un acierto haber elegido como carta de presentación de este libro el autorretrato realizado en 1832 por un joven Louis Janmot, del Musée des Beaux-Arts de Lyon, que además pasa por ser un auténtico y metafórico manifiesto de las intenciones de Manuel Alberca al brindárnoslo.
No en balde, de la contemplación de la obra referida (y del restante, versátil y nutrido corpus iconográfico que lo acompaña a lo largo de las 400 páginas del libro) se infiere la capacidad del autorretrato como herramienta manejada por los artistas para profundizar en el «yo» desde imprevisibles e insólitas perspectivas. De cualquier manera, todas ellas vendrán marcadas por el triunfo de la subjetividad más rotunda y absoluta, con oscilaciones imprevisibles desde el autoconocimiento al narcisismo, desde la reflexión existencial a la especulación autobiográfica, desde la sensibilidad a flor de piel a la inconfesada petulancia, desde la fragilidad y la ternura al orgullo y el perfeccionismo declarados, desde la humildad y la conciencia de las limitaciones personales al exhibicionismo, la soberbia y el ansia megalómana… En definitiva, desde tantos y tantos registros como los que brotan desde la inmensidad y la profundidad más recónditas del alma humana.
Confiesa y reconoce Manuel Alberca en su obsesión por el autorretrato el agente motivador que le inspira la feliz realidad de este libro, estructurado en seis apasionantes capítulos o acercamientos a otros tantos «problemas» históricos, iconográficos, compositivos y conceptuales de estas singulares obras. No podemos olvidar la consideración del género como un inmejorable vehículo de exposición pública del artista a los ojos de «los otros»; exposición que, por lo demás, cuenta con el componente visual como inmejorable aliado a la hora de superar cualquier otro tipo de autopresentación, ya sean las de carácter verbal o escrito especialmente. En este punto, reconocemos la naturaleza intrínseca del autorretrato como plataforma de una suerte de diálogo visual que, sutilmente, establece una conexión silenciosa, penetrante y, hasta cierto punto, hipnótica con quien lo contempla. De esta manera, el autorretrato sobrepasa la escrutación realista de una fisonomía o la mera reproducción mimética de un cuerpo para ofrecernos toda una taxonomía del carácter y una radiografía del temperamento.
Hubo que esperar a la autoafirmación del individuo surgida del humanismo renacentista para que el autorretrato encontrase su lugar en la jerarquía de los géneros pictóricos. Qué duda cabe de que esa nueva visión antropocéntrica del mundo y de las cosas sirvió de impulso al individuo-artista para reconocer en este tipo de obras un ejercicio de autoaproximación y autoconocimiento. Pero también, un instrumento clave susceptible de ser rentabilizado en su propio beneficio en pro del culto a la personalidad y la exaltación de la autoestima, habida cuenta de que «no hay autorretrato sin alguien que lo mire», en palabras del autor. De ahí que la mirada resulte, a todas luces, un elemento fundamental en el éxito de tales aspiraciones, por cuanto el autorretrato pone en juego un intercambio de estímulos visuales entre espectador y artista que, contra todo pronóstico, explota en un cúmulo de sensaciones emocionales y flujos mentales entre ambas partes.
Identidad y selfis
Altamente sugestiva es la reflexión que Manuel Alberca plantea en las páginas del libro en torno a la consideración del autorretrato como «problema de identidad». En este punto, el libro traza un imaginario puente con otros registros visuales históricamente utilizados por el individuo como formas de «venderse» al mundo. Y es evidente que aquí los selfis y los perfiles de redes sociales tendrían mucho que decir sobre el particular. Tales testimonios de identidad no serían sino inequívocos y auténticos «autorretratos», puestos al servicio del egocentrismo y los delirios narcisistas alimentados por la autotematización imperante en el modus vivendi y la cultura del siglo XXI.
Es más, esa perentoria necesidad de contar y visualizar la existencia en tiempo real, que marca los tiempos de la época que nos ha tocado vivir, amplifica los límites tradicionales del autorretrato hasta una dimensión incalculable, prácticamente infinita. En los autorretratos «de siempre», el artista transmite al mundo una autoimagen cuidadosamente seleccionada en espacio, tiempo y forma. Nuestros selfis y perfiles de redes reinventan constantemente la noción de autorretrato sin solución de continuidad, sometiendo al individuo a una generación constante de testimonios visuales de sí mismo, marcada por una exasperante dinámica de adición y adicción que, lejos de conformarse ya con producir imágenes «terrestres», alcanza incluso el espacio exterior. Y, si no, que se lo pregunten al astronauta japonés Akihiko Hoshide.
En la plasmación de la autoidentidad, los autorretratos activan a pleno rendimiento todos los resortes de la gramática corporal y gestual. Si brazos, piernas y torsos transmiten al exterior la tensión o relajación que embarga el ánimo de quien sirve de modelo, las cejas, boca, mentón, cabello, músculos faciales y, por encima de cualquiera de ellos, los ojos sacuden hasta la última fibra del semblante en esa controvertida comunión perseguida por quien se autorretrata con quien lo/la mira. En definitiva, los autorretratos de los y las artistas protagonistas de este libro de Manuel Alberca componen un carrusel de emociones y perfiles psicológicos agudamente «cansados o enérgicos, pacientes o neurasténicos, soberbios o humildes, narcisistas o discretos, deprimidos o exultantes, persuasivos o seductores, desconfiados o seguros, esquivos o directos, perplejos o firmes, furiosos o resignados, lánguidos y decaídos, seguros y arrogantes: caben estos modos de mirar y todos los que la perspicacia y buen olfato inspiren al espectador», según asevera el autor.
Aunque Manuel Alberca no oculta su debilidad por la que denomina su «galería de favoritos», es cierto que el libro termina trazando un discurso paralelo a su objetivo preferente, al describir un recorrido por la historia de la pintura contemporánea a los autorretratos protagonistas. Sin embargo, lejos de atenerse a una sucesión cronológica tradicional, ese itinerario apuesta por lo transversal, dando voz a las mismas obras, con vistas a resolver las grandes cuestiones planteadas en el encabezamiento de los capítulos sin ataduras ni encorsetamientos estilísticos. De esta manera, Ferdinand Hodler, Alberto Durero, Pablo Picasso, Diego Velázquez, Francis Bacon, Gustave Courbet, Rembrandt, Vincent van Gogh, Caravaggio, Francisco de Goya, Anton Van Dyck, Otto Dix, Arnold Böcklin van discurriendo por las páginas de Mírame junto a artistas conocidos y otros no tanto, sin olvidarnos, por supuesto, de ellas: Artemisia Gentileschi, Sofonisba Anguissola o Catharina Van Hemessen, que convirtieron el autorretrato en una demostración de habilidad, reivindicación de autoría, manifiesto de intenciones y ejercicio de visibilidad. En cualquier caso, y gracias a Manuel Alberca, el autorretrato ya nos resulta menos enigmático y menos hermético para presentársenos como un espejo de intercambios y diálogos con la vida y con la muerte.
