'Recreación de un asesinato', una puesta al día de 'Doce hombres sin piedad'
La película vuelve al clásico de Sidney Lumet sobre el peso de los prejuicios en la visión de los hechos durante un juicio

Escena de ‘Recreación de un asesinato’. | Syldavia Cinema
El 23 de diciembre de 1996, Sophie Toscan du Plantier, de 39 años, apareció muerta en el exterior de su casa en la costa irlandesa. La noche del crimen estaba sola en esa residencia bastante aislada en West Cork. El asesino actuó con extrema brutalidad, golpeándola repetidamente con una piedra. No había signos de agresión sexual. Sophie, directora de documentales francesa, estaba casada con Daniel Toscan du Plantier, un importante productor de cine. La pareja frecuentaba las altas esferas, incluido el mismísimo presidente Mitterrand.
En consecuencia, el crimen se convirtió en un fenómeno mediático. Se barajaron decenas de sospechosos, incluido el marido, que estaba en Francia cuando se cometió el asesinato, pero acaso pudo contratar a un sicario. La relación de la pareja pasaba por un mal momento y el comportamiento posterior del viudo encendió algunas alarmas. Finalmente se detuvo a Ian Bailey, periodista y poeta aficionado, primer informador en llegar al lugar del crimen. La inaudita rapidez con que lo hizo despertó sospechas. Y el testimonio de una testigo lo situó cerca del lugar del crimen unas horas antes de cometerse. Sin embargo, el ADN no lo incriminaba y la testigo acabó resultando no muy fiable… Bailey fue arrestado varias veces y puesto en libertad por falta de pruebas inculpatorias. Sin embargo, su historial de violencia doméstica, que en alguna ocasión había requerido incluso el ingreso hospitalario de la esposa, jugaba en su contra. No se le juzgó en Irlanda, pero sí en Francia, en ausencia, en 2019. Allí lo condenaron a 25 años, pero su país se negó a extraditarlo. Bailey falleció de un ataque al corazón en 2024, llevándose el secreto a la tumba.
El caso, repleto de enigmas, ha sido abordado en numerosos podcasts dedicados al true crime y ha dado pie a dos documentales: Sophie. Un asesinato en Cork (disponible en Netflix) y Asesinato en Schull, ambos de 2021. El segundo, en formato de miniserie, es obra de Jim Sheridan, al parecer obsesionado con este asunto, porque ha vuelto a él, en este caso a través de la ficción, con Recreación de un asesinato.
En esta ocasión codirige con David Merriman y la propuesta es cuando menos curiosa. Imaginan un juicio ficticio en Irlanda, que nunca se llegó a celebrar. 12 jurados encerrados en una sala deliberan sobre la culpabilidad o inocencia de Ian Bailey, que espera la sentencia en prisión. La película arranca cuando, a punto de dar un unánime veredicto de culpabilidad, uno de los miembros del jurado, la número 8 (interpretada por la siempre efectiva Vicky Krieps), levanta el dedo y dice que ella no lo ve claro. ¿Les suena? Evidente, el personaje de Krieps es una versión femenina y moderna del Henry Fonda de Doce hombres sin piedad de Sidney Lumet, el clásico de 1957. Como los tiempos han cambiado, aquí los 12 hombres sin piedad se convierten en 12 hombres y mujeres sin piedad (y el sexo de cada jurado tendrá su importancia a la hora de sostener su opinión sobre la culpabilidad o no del acusado).
En ambas películas, los miembros del jurado están ansiosos por dar un veredicto y volver a sus casas, y el personaje dubitativo les parece un incordio. Pero poco a poco, mediante un proceso de reevaluación de indicios y pruebas dudosas, uno a uno, los reticentes van cambiando de opinión.
Drama judicial
Doce hombres sin piedad fue primero un guion televisivo de Reginald Rose, estrenado en el programa CBS Studio One en 1954. Pasó después al teatro y en 1957 llegó la aplaudida versión cinematográfica (la pueden disfrutar en Filmin). Esta ha servido de modelo para montones de dramas judiciales, el último de los cuales es Recreación de un asesinato.
Uno de los aspectos que el clásico de Lumet desarrollaba de forma brillante era la idea de que la visión de los hechos nunca está del todo exenta del influjo de los prejuicios que cada uno acarrea. Toda mirada está condicionada, tiene un sesgo. Y en este tema insiste Recreación de un asesinato, que va desvelando la mochila que acarrea cada uno de los jurados y cómo influye en el veredicto que dan. Esto resulta especialmente relevante en el caso del jurado número 3 (gran interpretación de John Connors), el más recalcitrante a poner en duda la culpabilidad del acusado. El personaje parece un tipo hosco y reaccionario, pero acaba desvelando inesperadas heridas.
El clásico de Lumet no temía amedrentar al espectador con un planteamiento teatral. Si la memoria no me juega una mala pasada, salvo unas escenas iniciales en los juzgados, una vez que los jurados se retiraban a deliberar, la cámara ya no abandonaba en ningún momento la sala en la que se les recluía. La decisión era la correcta: no tratar de aligerar el peso del escenario único saliendo de vez en cuando de él, sino sacarle todo el partido dramático y cinematográfico mediante el manejo de los encuadres, los primeros planos, el montaje y la expresividad de los rostros y los gestos de los actores… Sheridan y Merriman no se atreven a tanto e introducen flashbacks con imágenes documentales, muestran al policía que monitoriza la sala mediante un circuito cerrado de televisión, hacen que los jurados se suban a un autobús para visitar el lugar del crimen…
Final abierto
La obsesión de Jim Sheridan con este caso es tal que incluso interpreta al presidente del jurado. No es la primera vez que el director irlandés —autor de clásicos protagonizados por Daniel Day-Lewis como Mi pie izquierdo y The Boxer— se enfrenta al tema de las injusticias judiciales. Ya lo había hecho en En el nombre del padre —también con Day-Lewis—, inspirada en la historia de los llamados Cuatro de Guildford, que, en los años más sangrientos del terrorismo norirlandés, fueron acusados de pertenencia al IRA, con pruebas muy endebles y confesiones bajo tortura. Años después se demostró su inocencia.
No se espere el espectador que Recreación de un asesinato le dé la respuesta definitiva sobre si Ian Bailey fue o no el asesino de Sophie Toscan du Plantier. La película se limita a sembrar dudas razonables sobre su presunta culpabilidad, y el final abierto probablemente desconcierte a más de uno. El tema central del largometraje es hasta qué punto los prejuicios condicionan nuestra mirada.
La casualidad ha querido que, coincidiendo con el estreno de esta cinta, se hayan puesto en marcha nuevas pruebas de ADN con tecnología avanzada, que tal vez permitan resolver de una vez por todas el caso. De no ser así, este asesinato seguirá encandilando a los forofos del true crime. Porque este tipo de crímenes repletos de misterios y dudas resultan irresistibles para los amantes de este género que invade con documentales y series las plataformas de streaming.
