The Objective
La otra cara del dinero

Eduardo Mendoza y el radiante futuro del humor

Los idiotas y las desgracias son un manantial inagotable de chistes y nunca nos van a faltar

Eduardo Mendoza y el radiante futuro del humor

Eduardo Mendoza fue el escritor que más libros firmó el día de Sant Jordi. | Kike Rincón (Europa Press)

Cuando César González Ruano falleció, Francisco Umbral acudió a su casa junto a un tropel de periodistas. «Estaba —recuerda— tirado en el suelo, como un rey antiguo, y tenía un pañuelo anudado a la barbilla—. Y añade—: A la vuelta, metidos todos en un taxi, Raúl del Pozo dijo: ‘Ya no nos reiremos tanto hasta la muerte de Azorín’».

¿Por qué nos hace gracia?

El comentario es perfectamente banal. El contexto lo hace extraordinario. Imaginemos la escena. Un grupo de adultos acaba de dar el pésame a la viuda del amado maestro. Viajan en silencio, circunspectos, grotescamente amontonados uno encima de otro. De repente, de las profundidades del coche emerge la voz casi sofocada de un joven dando a entender que se lo ha pasado muy bien y lamentando que no se entierre a un escritor famoso más a menudo.

Es la solemnidad violada, la transgresión. A primera vista y como poco, el humor es una falta de educación. ¿Cómo puede nadie hacer chistes en un velatorio? ¿O decir, como Eduardo Mendoza, que Sant Jordi era un maltratador de animales y un analfabeto?

Y sin embargo, desde Aristófanes hasta La que se avecina, una carcajada reverbera sobre la humanidad. Alguna utilidad tendrá, ¿no?

Control social

El filósofo Henri Bergson decía que la risa es una modalidad benigna de control social, una suerte de linchamiento de baja intensidad. En lugar de azotar al disidente, lo ridiculizamos.

No es, en efecto, inverosímil que un grupo de homínidos formase un círculo en el que se satirizaran las faltas leves. Esta variedad de justicia fomenta presumiblemente una adhesión más sólida que el mero ejercicio del terror y la selección natural ha recompensado la aptitud humorística igual que lo ha hecho con la reproducción: liberando un placentero chorro de endorfinas.

Una vez creado el mecanismo, las personas hemos aprendido a activarlo por pura voluptuosidad, igual que nos provocamos mutuamente orgasmos sin ánimo de procrear.

Anestesia del corazón

La naturaleza punitiva del humor explica por qué suele ser contra terceros y satirizar a alguien: la rubia tonta, el alemán cuadriculado, el hortera de bolera, el paleto…

Se trata, sin embargo, de clichés huecos, despersonalizados. Únicamente así hacen gracia. En cuanto los rellenamos con una identidad, les ponemos nombre y apellidos, la hilaridad se esfuma. ¿Qué desalmado se burla de un aldeano que no ha tenido la menor oportunidad en su vida y cuida cabras desde los cinco años?

«No hay mayor enemigo de la risa que la emoción», escribe Henri Bergson.

Lo cómico requiere «una anestesia momentánea del corazón», y esto es lo que hace de él un recurso tan valioso. Porque del mismo modo que hay que desimpresionarse para disfrutar del humor, disfrutar del humor nos permite desimpresionarnos, marcar distancias, alejarnos de la desgracia, convertirnos en fríos espectadores.

Es el «ya no nos reiremos tanto» de Raúl del Pozo, una técnica que, según Sigmund Freud, dominaba Mark Twain.

Mujeres muy maquilladas

El padre del psicoanálisis cuenta en Lo ominoso cómo, paseando una calurosa tarde de verano por un desierto pueblecito italiano, desembocó «en un barrio sobre cuya naturaleza nadie podía abrigar dudas mucho tiempo»: se veían exclusivamente «mujeres muy maquilladas», asomadas indolentes a las ventanas. Freud apretó el paso, dobló por la primera bocacalle y luego por otra y otra más, y así deambuló un rato sin atreverse a preguntar por el camino de vuelta a la plaza de la que había salido, hasta que se encontró de nuevo ante las mismas «mujeres muy maquilladas», que lo reconocieron y empezaron a mirarlo con interés.

Se alejó a toda prisa, completamente desazonado, «absteniéndome en lo sucesivo de cualquier otra aventura de exploración».

¿Quién no ha experimentado esa angustiosa sensación? «Por ejemplo —sigue Freud—, uno puede perderse en un bosque, quizá tras ser alcanzado por la niebla, y a pesar de todos los esfuerzos […], acabar una y otra vez en el mismo lugar […]. O puede estar tanteando en la oscuridad de una habitación desconocida, buscando la puerta o el interruptor de la luz y chocando repetidamente con el mismo mueble».

Sin embargo, ¿no da pie esa misma situación a «algo irresistiblemente cómico»?

Una larga noche gateando

Freud recuerda, en concreto, un episodio que relata Twain en Un vagabundo en el extranjero.

El escritor estadounidense se había alojado con su amigo Harris en un hotel alemán. Estaban exhaustos tras un largo día caminando. El compañero se durmió en seguida, pero Twain se obsesionó con un ruidito irregular, que atribuyó a un ratón. Le arrojó un zapato, que le dio naturalmente a Harris. Con el otro par rompió uno de los dos espejos de la habitación y se desveló por completo. Optó por vestirse. En la más completa oscuridad, a cuatro patas y golpeándose minuciosamente con cada mueble («no recordaba que hubiera tantos, especialmente sillas, las había por todas partes»), recuperó prenda por prenda su ropa, salvo un calcetín. «En un acceso de irritación, decidí salir sin él. Me dirigí resuelto hacia donde suponía que estaba la puerta y de repente me encontré delante del otro espejo».

Desalentado, renunció a abandonar la habitación e intentó regresar a la cama, siempre a gatas «porque así podía ir más rápido», pero estaba completamente desorientado.

«Al poco encontré la mesa (con la cabeza); […] luego una pared; luego otra silla; luego un sofá; luego un piolet; luego otro sofá, lo cual me desconcertó, porque pensaba que había un sofá». Al final, acabó tirando una lámpara, que a su vez golpeó una jarra de agua y la vació sobre Harris. «¡Asesino —gritó este—, me ahogan!» Varios huéspedes y dos empleados irrumpieron alarmados. A la luz de sus candiles, Twain miró a su alrededor.

«Estaba en la cama de Harris […]. Había efectivamente un único sofá […] y una solitaria silla a cuyo alrededor había estado girando como un planeta».

Un manantial inagotable

La técnica de Twain y Raúl del Pozo es la alquimia que transforma la ansiedad en carcajada y nos ayuda a tolerar lo intolerable y aceptar lo inaceptable.

Siempre habrá, por supuesto, quien se moleste porque bromeas sobre Sant Jordi o no dices «afrodescendiente» y «persona con diversidad funcional». Pero, en lugar de atizar la indignación contra lo que nos disgusta, debemos aprender a reírnos de lo que nos gusta. Primero, porque es una fuente de placer cuando las cosas van bien y de consuelo cuando van mal y, segundo, porque es una cruzada inútil. Todos los dictadores han intentado combatir lo cómico, pero cuanto más lo arrinconas, más a sus anchas se mueve. Se nutre de la transgresión, de la solemnidad violada. Poner límites, trazar rayas rojas, decir: «Por aquí ya sí que no», le da alas.

Por eso soy optimista sobre el futuro del humor. Los idiotas y las desgracias son un manantial inagotable y nunca nos van a faltar.

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