El verdadero trono de la economía está en el cuarto de baño
Un centro comercial causa furor con sus seis plantas de retretes de lujo: dorados, relucientes y hasta con un piano de cola

Nanjing Deji Plaza. | Wikipedia
El arte, vanguardia de la exploración humana de la realidad, anticipa a menudo los grandes movimientos sociales y, por ende, económicos. A finales del año pasado, contamos por aquí la venta de un váter de oro por 12,1 millones de dólares en una subasta en la sucursal neoyorquina de Sotheby’s. Obra del artista conceptual Maurizio Cattelan, se define como «escultura funcional». Ejem. The Economist, barómetro oficial de las derivas financieras del mundo y alrededores, lleva más allá el enfoque preguntándose: «¿Pueden los cuartos de baño dorados arreglar la economía china?».
El rotativo británico muestra su deslumbramiento ante «una de las principales atracciones de Deji Plaza», fastuoso centro comercial de Nanjing. Una de sus secciones cuenta con «unos baños extravagantes repartidos a lo largo de seis plantas. En la tercera planta están decorados con fascinantes luces de neón; dos plantas más arriba lucen diseños dorados relucientes y un piano de cola. Los visitantes viajan durante horas para ver esta extravagancia».
Como el váter de oro de Sotheby’s, parece que se trata de una extravagancia muy funcional. Deji fue el centro comercial de mayor recaudación de China el año pasado, con unas ventas de alrededor de 25.000 millones de yuanes (más de 3.000 millones de euros). Según algunas estimaciones, fue el que más de todo el mundo. Grandiosa evacuación financiera que simboliza el penúltimo escalón de un proceso más amplio que el mismísimo Xi Jinping bautizó en 2015 como la Revolución de los Retretes. ¡Todo el poder para los traseros del Pueblo!
En realidad, no lanzó tal proclama, que se sepa, sino que insistió en la necesidad de modernizar los baños de China para construir una sociedad más civilizada y mejorar la higiene de la población. Por lo que sea, comenzó con los aseos de los lugares turísticos. Según Benjamin Haas, corresponsal del también medio británico The Guardian, «el hedor y la suciedad de muchos baños chinos horrorizan a los extranjeros». Así que, primero, se encargó de los traseros de los pueblos que aportan divisas.
Pero desde el Partido (el Comunista, claro, no hay otro) matizaban que la campaña también busca mejorar la experiencia higiénica de la población local. Haas escribía un par de años después del inicio de la campaña que «Xi le recordó a los cuadros la necesidad de mantener la lucha por los baños hasta el final», una arenga «quizás similar a la revolución permanente de Marx». Esto último hará mucha gracia a lectores de, por ejemplo, Cuba. También animó a los funcionarios «a seguir modernizando los baños turísticos, extendiendo la iniciativa a los hogares rurales», porque «muchos baños rurales son simples letrinas y carecen de fontanería».
En las ciudades, la población local tiene acceso a mejores váteres, pero según para qué. Un año después del informe de Haas, Radio Free Asia informaba de que las autoridades de Shanghái habían detenido a un activista llamado Ji. Su amigo Chen explicó que no sabía nada de él porque estaba incomunicado y que probablemente tan drástica medida la desató una pintada en el baño de un hospital que decía: «No tengo dinero para curar mis problemas intestinales, el gordo Xi [Jinping] está derrochando dinero y cambiando la constitución para autoproclamarse rey. ¿Cuándo terminará este sufrimiento? ¡Abajo el Partido Comunista!» La hermana del detenido argumentó que Ji «tiene una personalidad que le impide dejar pasar ciertas cosas, como la corrupción oficial o lo que sea».
Quizá el Partido le exigía un estreñimiento mental intolerable.
Después de arreglar los retretes de los turistas, el Partido también se empezó a hacer cargo de los de la gente del campo, los que estaban en peores condiciones, provocando incluso epidemias de malaria. Para finales de 2021, más del 70% de los habitantes de las zonas rurales disponía ya de acceso a instalaciones sanitarias. Según datos oficiales. Del Partido. Para recabar información alternativa habría que acudir a las paredes de los cuartos de baño… si el Partido no ha detenido antes a la fuente.
Existe una teoría histórica y económica sólidamente fundamentada que sostiene que el desarrollo de sistemas de saneamiento, que culminó en la invención y popularización del inodoro de cisterna, ha sido un motor fundamental de la prosperidad, el crecimiento económico y la civilización humana. La Organización Mundial de la Salud lo explica aquí, e incluye un exhaustivo informe sobre la actualidad del sector.
A la OMS se le escapa la función última del váter: una vez alcanzado el progreso, su función es flipar al personal. Por ejemplo, convirtiéndose en el epítome del lujo. Un váter de oro en el Sotheby’s de Nueva York refleja claramente la decadencia del capitalismo occidental. Un cuarto de baño con diseños dorados relucientes y un piano de cola en un centro comercial de Nanjing muestra la grandeza del Partido que se preocupa por la gloria intestinal del pueblo chino.
La semana pasada, la glamurosa Amy Odel titulaba en un especial de The New York Times por la segunda parte de El diablo se viste de Prada, que «los ricos no tenían antes este aspecto». Se refería a un reciente desfile de la Semana de la Moda de París para la marca de lujo Matières Fécales en el que las modelos «caricaturizaron al 1% más rico luciendo prótesis que simulaban rostros operados, incluyendo ojeras grotescas, piel estirada en las sienes y labios con un aspecto artificialmente inflado y cosido en los bordes».
Recordaba Odel que, «antiguamente, este rostro pertenecía a una clase de élites malvadas en las representaciones de ciencia ficción de un futuro distópico», y citaba Los Juegos del Hambre o Doctor Who. Hoy, en cambio, «los ultrarricos parecen cada vez menos preocupados por ocultar sus excesos. Son más ricos que nunca, y figuras como Lauren Sánchez Bezos y el presidente Trump les dan permiso para ostentar sus riquezas propias de una nueva Edad Dorada». La consecuencia ha sido el desplazamiento de la antigua ostentación de estatus, «asociada a vestidos de cóctel de 18.000 dólares o bolsos de diseño de 50.000 dólares», hacia los tratamientos faciales.
Y, por supuesto, el pueblo sigue la pista aspiracional. Sostenía Odel que, si antes operarse era algo vergonzante, «las redes sociales han impulsado enormemente la normalización de los tratamientos estéticos». Un cirujano plástico comentó que sus pacientes de la generación Z se toman selfis en sus citas «como si fuera un concierto o un vídeo de Get ready with me. Quieren que todo el mundo lo sepa’. Al igual que los blogs de compras, es una forma de decir: ‘Miren lo que acabo de comprar’».
Dice The Economist que el Gobierno chino está preocupado porque «el ánimo de los consumidores lleva años por los suelos y no hace más que empeorar» y cree que «los consumidores chinos sufren de una ‘demanda latente’, es decir, deseos de bienes y servicios a los que aún no tienen acceso, como lo demuestra su elevado nivel de ahorro». Así que «ofrecer los productos adecuados, o al menos así lo plantea el Estado, permitiría liberar estos fondos acumulados». O sea, fomentar el consumismo.
El Partido que rige los destinos de China lleva tiempo haciéndose retoquitos aquí y allá. Los retretes del centro comercial de Nanjing reafirman una revolución más permanente que la del rostro de Leticia Sabater. Será que, a partir de ahora, ha decidido que el verdadero espejo del alma es el…
