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Como el oleaje

"La vida es ondulante, decía Montaigne, y lo cierto es que llevamos desde 2008 inmersos en un periodo de incertidumbre que describe un final y anuncia un inicio"

Foto: Javier Lizon | EFE

La democracia funciona como el oleaje cuando choca contra la orilla: una ola sigue a la otra, cada una con su forma, cada una con su personalidad. La vida es ondulante, decía Montaigne, y lo cierto es que llevamos desde 2008 inmersos en un periodo de incertidumbre que describe un final y anuncia un inicio, aunque seamos incapaces de vislumbrar el rostro de esta nueva sociedad que está surgiendo. ¿Se sitúa más o menos a la derecha que la Europa que se construyó en la postguerra? ¿Es más nacionalista o, en realidad, lo es menos y, por lo tanto, más igualitaria? ¿Asistimos a un proceso acelerado de profundización de la democracia o a la manifestación de una deriva patológica de la misma? Casi cualquier respuesta que demos a estas preguntas resulta plausible. A veces las tendencias de fondo contradicen los movimientos coyunturales, es decir, la inmediatez de la política. Quizás sea ese el caso. Sólo el tiempo lo dirá.

Las elecciones de ayer cierran un ciclo intenso que ha cambiado el mapa político de nuestro país. El principal se sustancia en el paso de un bipartidismo estable a la relativa italianización del poder. Conviene subrayar el adjetivo, relativo, es decir, que todavía no es absoluto. El segundo cambio consiste, de nuevo, en el desplazamiento ideológico de la sociedad hacia la izquierda, tras la catástrofe económica del zapaterismo y los años de Rajoy. Una vez más, se trata de un principio cíclico que actúa con regularidad guiado por una regla rígida: gana la formación que ocupa –en el plano emocional- el centro del campo. Más arriba, en lo que podemos llamar la superficie, se ha producido además una clara reestructuración dentro de cada bloque: el PSOE vuelve a lucir sus galas tras los años de acoso podemita, Ciudadanos ha abandonado su posición de bisagra para aspirar a la hegemonía en el centroderecha y el PP resiste mucho mejor de lo previsto en sus tradicionales feudos territoriales. Perdiendo cuotas de poder, en efecto, pero manteniendo el liderazgo conservador lo cual era clave para Génova. Eso, y mantener Madrid.

A esta hora de la noche, con los resultados definitivos todavía en el aire, el mapa político que se dibuja es algo parecido a la España de 2004, con el agravante de la crisis territorial que ha vivido el país desde entonces. Pero resulta interesante subrayar que a pesar de la descomposición de la derecha, el bipartidismo no ha dicho su última palabra. Las olas van y vienen y el PSOE arrodillado de hace apenas dos años rema ahora con la fuerza de la corriente a favor. De todos modos, haríamos mal en dar por muerto al PP antes de hora. En estos próximos años, el tablero conservador se va a mover, reconstruyendo liderazgos y recomponiendo alianzas. Y quizás –sólo quizás- el futuro responda menos a un escenario italiano que al de un bipartidismo matizado. De confirmarse, habríamos dado un largo rodeo para regresar a los consensos del 78. Ya lo veremos.

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