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De madres e hijos

"Frente a una cultura que se escuda en palabras ostentosas como libertad y autonomía, la maternidad nos confronta con lo que fuimos, somos y seremos, en mayúsculas y sin aditivos"

Foto: Joshua Rodriguez | AP

Cada vez es más habitual encontrarse, de un tiempo a esta parte, con ataques a la maternidad en una deriva hacia la nada. Quizá no sea más que un episodio más de la incesante guerra cultural a la que asistimos, pero no deja de ser un síntoma al que prestar atención. Y lo hago mirando de soslayo a Hugo, que nació hace ahora tres meses, mientras duerme confortado en el regazo de su madre. Frente a una cultura que se escuda en palabras ostentosas como libertad y autonomía, la maternidad nos confronta con lo que fuimos, somos y seremos, en mayúsculas y sin aditivos.

Al hablar de la maternidad no es difícil caer en el tópico para olvidarse de lo esencial. Nacimos de una mujer, y no fuimos hasta que unos ojos femeninos nos observaron con tierna plenitud. En ese preciso instante en el que se roba el tiempo a la historia, lo verdadero y lo bello se unen con la humildad debida en el amor. Cada minuto nacen unos trescientos niños y cada nacimiento nos vincula a la responsabilidad por el otro que es, en realidad, la imagen más cercana a uno mismo. Acertaba Emmanuel Lévinas al suponer que la maternidad es nuestro primer encuentro con la alteridad humana. En el cobijo de los brazos maternales, descansa el fruto de la vida compartida y el regalo del reconocimiento mutuo. El fundamento primero de la ética, en definitiva, se encuentra en la experiencia originaria del cuidado materno.

La maternidad y la filiación nos sitúan en la esfera del ser, no en la del hacer. Nos recuerdan que existe una lógica del don que rompe con las ataduras de la predominante del mérito. Solamente desde la gratuidad, honda y sencilla, podremos alcanzar la libertad y la plenitud. La maternidad es sinónimo de vida, pero también de liberación, y nos recuerda el gozoso misterio cotidiano de existir, con sus alegrías, esperanzas y penas. La sabiduría popular ha remarcado esta certeza desde antiguo con la frase “dar a luz”. Porque la maternidad, como el modelo ético por excelencia que es, nos muestra luminosamente la dignidad de la relación y del servicio a la que todos estamos llamados.

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