Andrés Miguel Rondón

El enigma de la quietud millennial

«Los observadores en Sol y las Ramblas se preguntan por qué salimos ahora por un rapero y no mucho antes por los alquileres, las pensiones o el desempleo juvenil. Quizás en lo que va de siglo no haya mayor enigma político que este»

Opinión

El enigma de la quietud millennial
Foto: José María Moreno| Flickr
Andrés Miguel Rondón

Andrés Miguel Rondón

Economista venezolano viviendo en Madrid. Sus escritos se enfocan en el estudio de los populismos modernos y han sido publicado en medios como el Washington Post y Politico Magazine.

Las manifestaciones de Pablo Hásel son síntoma de un fenómeno muy millennial: se protesta poco y se protesta mal. Los observadores en Sol y las Ramblas se preguntan por qué salimos ahora por un rapero y no mucho antes por los alquileres, las pensiones o el desempleo juvenil. Quizás en lo que va de siglo no haya mayor enigma político que este. Porque lo normal es que las generaciones se manifiesten con salud y con frecuencia. Que con los años vayan metiendo codo, vayan dejando su sedimento en la historia. Nosotros, poco de una cosa, y poco de la otra.

Pongamos de ejemplo a nuestros padres, los Baby Boomers. La historia a partir de la segunda mitad del siglo veinte es prácticamente su biografía. Entre la Beatlemanía y Vietnam, entre Woodstock y la nueva izquierda, entre el give peace a chance de los adolescentes marihuaneros y el Wall Street taquillero de los treintañeros periqueros, entre esa primera hipoteca en el suburbio y esa tercera de regreso en el centro urbano, entre la inflación de los setenta y la pensión segura de la actualidad, no hay década que se entienda sin ellos.

En comparación, ¿qué huellas hemos dejado nosotros? Ya deberíamos tener edad como para haber marcado alguna.  El pico demográfico de nuestra generación –el año 91, en el que yo nací— fue hace ya treinta. Pero nosotros no hemos producido un Hendrix, un Clinton, o un García Márquez. El auge, en España, de partidos como Podemos (un fenómeno que tiene su réplica en varios países) no basta para sustituir a la primavera del 68. No solo por su tamaño, sino sobre todo por su dirección. Aquello fue un arranque visionario, esto una dupla trasnochada y repetida.

El enigma es mayor por agravio comparativo. La generación hipotecada por excelencia ha parido a la que alquila por fuerza. La clase media más ancha de la historia ha dado paso a la juventud más subempleada desde el período de las entreguerras. Estas tensiones, exacerbadas ahora por la pandemia, están escritas en la ley, los sindicatos, la seguridad social y la tasa de interés. Pero no hemos salido a la calle. Nos hemos quedado quietos.

¿Por qué? Las teorías abundan. Unas apuntan a la distracción de nuestro ahorro, nuestro tiempo y nuestro esfuerzo: videojuegos, viajes de mochilero, productos orgánicos y redes sociales. Otras, mejores, a una especie de escepticismo primitivo, al hecho de ser hijos de ateos y divorciados que se fueron con su I’ll Do It My Way a buscar horizontes nuevos y se terminaron extraviando. Nuestros padres tuvieron tradiciones, monolitos culturales de los que renegar, nosotros acaso substitutos fragmentarios y sectarios, pequeñas rebeldías domésticas que por naturaleza fueron tan distintas como variadas fueron las utopías de los boomer. Carecemos de frentes amplios por eso. Cada millennial ha sido antisistema a su manera.

Hay teorías menos antagónicas. La prosperidad boomer coincidió con nuestra infancia, envidiable en términos universales. Nacimos en la clase media de las grandes expectativas, los viajes de verano y las casas hipotecadas que eventualmente se heredarán. Es difícil hacerle la revolución a una generación que nos ha mimado tanto, que todavía no nos suelta y que quizás tampoco queremos que nos suelte.  En la Tierra del Nunca Jamás no se lucha, sino que se vuelve.

Ninguna de estas interpretaciones, sin embargo, me basta. Porque ganas de manifestarme yo, al menos, sí las tengo. El problema no es dónde, sino con quién. Los partidos tradicionales, por temas de economía política, se han vuelto conjuras de boomers para boomers. La vanguardia, habiendo extenuado todas las ideas, está arrinconada en la anarquía. Los nuevos reaccionarios quieren volver cada vez a tiempos más pretéritos. Y yo, que solo quiero algunas reformas puntuales, me he quedado en una minoría dentro de mi propia generación.

Ahí quizás está la respuesta más inmediata al enigma. Los millennials no sufrimos de apatía, sino de fragmentación. La generación huérfana de monolitos sí ha dejado una marca grande, aunque difusa, en la política: el multipartidismo. En España, el fin de la supremacía del PSOE y el PP coincide con la década en que empezamos a votar en masa. En su momento, esto se entendió como un rechazo al pasado. Ahora, varios intentos de coalición después, yo lo veo más como un desacuerdo sobre el futuro.

El enigma tiene, entonces, respuesta. La pelota no es que no se mueva. Es que la chutan por tantos lados a la vez que parece inmóvil cuando no lo está.

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