Gregorio Luri

Elogio de la dificultad

«Los acusadores de Sócrates eran ciudadanos bien intencionados que, como ciertos neocomunistas actuales, proponen la vuelta a la praxis política concreta e, incluso, al antagonismo violento»

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Elogio de la dificultad
Foto: Andy Miah| Flickr
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

El Teeteto es un hermoso —y difícil— diálogo de Platón en el que Sócrates y el joven que da nombre al diálogo intentan encontrar la definición del conocimiento. La respuesta, sin embargo, se les resiste y sus argumentos desembocan una y otra vez en aporías. Pero Sócrates no se rinde. Es notable su insistencia en proseguir con el común empeño. «¡Esfuérzate!» le pide reiteradamente a Teeteto. Expresiones como «¡recomencemos!», «¡volvamos a examinar tranquilamente la cuestión desde el principio!», «¡cobra ánimo!» o «¡examínalo otra vez!», se encuentran en cada página. La voluntad de verdad no puede ser menor que la resistencia de la verdad a dejarse amansar, porque las dificultades que continuamente les salen al paso son dolores de un parto que ya está teniendo lugar. Gracias a la resistencia de la respuesta van descubriendo tanto el perfil preciso de su ignorancia como la auténtica dimensión de la pregunta. Ni una cosa ni otra aparecen cuando se piensa en solitario, dice Sócrates, sino cuando discutimos cara a cara con alguien que se crece ante las dificultades y nos plantea interrogantes a los que nosotros no hubiéramos llegado de forma aislada. El diálogo, pues, no fracasa si es capaz de iluminar nuestra ignorancia, la relevancia de la pregunta y las diferencias exactas que mantenemos con el otro. Quizás sea esto lo que realistamente podemos pedirle a un diálogo honesto; es decir, a un diálogo difícil sobre lo que nos inquieta, alejado de los lugares comunes. No es poca cosa.

Para Platón, el diálogo es un acontecimiento frecuentemente imprevisible que tiene lugar «in medias res», como un capítulo de una corriente de sentido que lo precede y lo sucede. No es infrecuente que un azar lo ponga en marcha y otro azar lo cierre sin que la respuesta buscada haya sido atrapada. Pero es allí donde la lógica parece inexpugnable donde se revela la psicología de los dialogantes y, más en concreto, su dominio de sí. El término griego para el dominio de sí es «enkrateia» y muy probablemente fue una creación socrática. Puede pensarse que Sócrates nos está diciendo que la conquista del autodominio es la auténtica respuesta del diálogo.

Las tres principales fuentes de dificultad del diálogo se resumen en los que Freud tenía por empeños imposibles: educar, gobernar y curar. No estamos hechos para triunfar definitivamente en ninguno de los tres, pero sí podemos hallar satisfacciones parciales en nuestra búsqueda de respuestas. Observemos que son empeños más de artista que de tecnólogo.

Precisamente porque el diálogo se sitúa «in medias res», siempre hay otras alternativas políticas al mismo. Por ejemplo, el Teeteto tiene lugar en una ocasión bien singular: Sócrates ha salido de casa con la intención de dirigirse al ágora para enterarse de la denuncia que han presentado contra él acusándolo de pervertir a los jóvenes de Atenas y de no creer en los dioses de la ciudad. Estaba de camino cuando topa casualmente con Teeteto y se detiene un par de horas a dialogar con él, sin dejar escapar la oportunidad. Mientras tanto, la denuncia sigue su curso. Los acusadores de Sócrates son ciudadanos bien intencionados que, como ciertos neocomunistas actuales (pienso en Badiu o en Zizek), cansados de teoría y de diálogo, proponen la vuelta a la praxis política concreta e, incluso, al antagonismo violento.

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