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¿Es bueno sentirse orgulloso de tu país?

"Cuando yo siento orgullo por mis padres, o por España, lo que quiero decir es que me doy cuenta de lo mucho que me aportan estos"

Foto: meteonrw | Pixabay

El Real Instituto Elcano acaba de publicar una encuesta sorprendente. Según esta, el número de españoles que se siente “muy orgulloso” de serlo crece sin ambages. Y en poco tiempo. De hecho, ha pasado del 41 % a finales del 2018 hasta un 56 % actual. A la vez, disminuye en 10 puntos el porcentaje de los que se sienten poco o nada orgullosos de nuestro país.

Con todo, hay algo que quizá es aún más significativo: este aumento del orgullo nacional prolifera a lo largo de todas las ideologías. Si hace año y medio ya un 81 % de gentes de derecha se sentían bastante o muy orgullosas de su españolidad, hoy llegan al 90 %. Ah, pero en la izquierda el aumento es aún más notorio: son casi 20 puntos los que ha crecido en ella ese orgullo patrio. También es relevante el dato de que solo un 5 % de nuestros conciudadanos dice no sentirse español.

Hasta aquí, los datos, que entusiasmarán a algunos, enrabietarán a otros y dejarán indiferentes a los más flemáticos. Ahora bien, una pregunta ética sobrevuela el ambiente siempre que se habla de estas cosas: ¿es realmente bueno sentirte orgulloso de tu país? ¿No es más bien algo ridículo? ¿O, incluso, peligroso? Estos interrogantes se tornan aún más incisivos cuando adquieren tintes rojigualdos: ¿de veras es loable el orgullo por pertenecer nada menos que a, ejem, España?

Comencemos por la primera objeción: la que asevera que carece de sentido el orgullo por tu país, sea este el país que sea. Lo más común ahí es subrayar que uno sí puede sentirse orgulloso de aquello que logra personalmente (aprobar un examen, correr la maratón), pero no tiene sentido enorgullecerse de algo que han hecho otros (por ejemplo, que yo me enorgulleciese de que el vecino del sexto haya aprobado un examen para el que ni siquiera le ayudé).

Este argumento suena contundente en sociedades individualistas, en que se asume que cada cual debe depender solo de sí mismo y de sus méritos. Sin embargo, cuando se observa de cerca, empieza a perder gran parte de su solidez. Para empezar, ¿de veras hay algo que cualquiera de nosotros logre “por sí mismo”? Si aprobé el examen, ¿no ayudaron también las explicaciones del profesor? Y, para que estas fueran buenas, ¿no colaboró que ese profesor estudiara en una universidad con excelentes profesores? ¿O los autores de los libros que haya leído? ¿No ayudaron los trabajadores con cuyos impuestos se pagó el edificio de mi facultad, o la carretera que lleva hasta ella? Al reflexionar sobre el asunto, enseguida comprobamos que para cualquier cosa son muchos los que han puesto su granito de arena, y que casi todo lo humano no son sino bellos castillos de ídem. En esa enorme red de méritos para lograr cualquier cosa, son muchos, pues, a los que cabría atribuir su miguita de orgullo por los resultados.

Al leer esto el lector probablemente piense: bueno, entonces ¿eso significa que todos podemos sentirnos orgullosos de lo que hace casi cualquiera? En cierto sentido es así, que los humanos compartimos un mismo barco llamado Humanidad. Pero no es aquí adonde querría llegar en este artículo. Aunque yo le debo muchas cosas a Platón, a Shakespeare o a Lavoisier, es indudable que, si nací en España, o vine a ella hace tiempo; si me eduqué en España, viajé por sus caminos y estoy sujeto a sus leyes, entonces me han afectado más las cosas que han hecho los españoles que, digamos, los malayos. Y que por tanto puedo sentir una especial vinculación con los primeros (sin negar la que, como humano, comparto con los pobladores de Malasia).

Vale, se me dirá, has mostrado que estás vinculado de forma privilegiada con los españoles presentes y pasados; pero eso no significa que puedas sentirte orgulloso de ellos. Como mucho, ellos, que te han ayudado, serán los que podrían sentirse orgullosos de ti. Pero carecería de toda lógica que tú te sintieras orgulloso de Velázquez (no sabes ni pintar) o del Maestro Mateo de Compostela: nada les aportaste en sus gloriosos días de antaño.

Aquí de nuevo habría matices que añadir: ¿de veras no le aporto nada yo a Velázquez, dado que pago por un museo, como el del Prado, que conserva varias de sus mejores obras? Pero, en cualquier caso, me gustaría centrar la atención en otro aspecto: ¿no me puedo sentir orgulloso de mis padres, por ejemplo, aunque son ellos los que me engendraron a mí, no yo el que les “eduqué” a ellos? Sí, sin duda cualquiera de nosotros puede sentir orgullo por sus progenitores, o por sus abuelos o hermanos. Porque el orgullo no es solo una chocolatina que nos merecemos cuando cumplimos bien con una labor. El orgullo también es un sentimiento de satisfacción con esos vínculos (familiares, o nacionales) de los que venimos hablando. Cuando yo siento orgullo por mis padres, o por España, lo que quiero decir es que me doy cuenta de lo mucho que me aportan estos, siento cierto agradecimiento, y soy capaz de proclamar ambas cosas. “Estoy orgulloso de ti” a menudo es una manera de decir “gracias, me doy cuenta de cuánto vales, me alegra nuestra ligazón”. Y por supuesto que esto se lo podemos decir a una madre o a una nación. Es falso que el orgullo tenga que estar obsesivamente centrado solo en mí mismo. (De hecho, este tipo de orgullo tiene un riesgo que no hay que olvidar, si se exagera: la soberbia).

Vamos ahora, pues, con la segunda objeción. De acuerdo, se nos podría decir, quizá no sea ilógico sentir orgullo por tu país; pero ¿acaso no es peligroso? ¿No es el orgullo patrio la fuente de mil y una desgracias?: guerras y rivalidades entre países, discriminaciones al foráneo, cerrazón ante ideas ajenas, contemplación obnubilada del propio ombligo… ¡o incluso de la propia y feúcha tripita!

Sin negar que estos, y otros muchos males, son bien reales y punzantes, quien así razona olvida una enseñanza fundamental de Aristóteles y de nuestras abuelas: en el medio está la virtud. Es decir, cualquier cosa bella y buena (comer sano, acariciar a alguien, mostrar valentía) puede convertirse en fea y mala (ortorexia, abuso sexual, temeridad) con solo irse a su exceso. Y naturalmente eso también le acaece a algo bello y bueno como el orgullo nacional. Siempre cabe exagerarlo hasta el patrioterismo.

Ahora bien, si en el medio está la virtud, también cabe el riesgo de quedarse cortos. Esto es lo que todos los asustados con las posibles consecuencias negativas del orgullo nacional suelen olvidar. ¿Cómo llamar a la falta de este orgullo, sino baja autoestima? Y ¿por qué habría de ser conveniente esta para las naciones? Vivimos en una sociedad obsesionada con que ningún estudiante reduzca su autoestima por suspender un examen, ¿por qué en cambio eso habría de ser bueno para toda una nación? Si la baja autoestima de una persona le impide dar lo mejor de sí, ¿no ocurre acaso lo mismo con los países, incapaces de confiar en sus propias fuerzas a la hora de abordar sus retos como grupo?

Esta paradoja siempre me ha llamado la atención en muchas gentes de izquierda, a menudo demasiado insistentes en no perjudicar la autoestima de ningún pipiolo, pero luego desdeñosas hacia nuestra autoestima como españoles. La encuesta de Elcano con que empezábamos este artículo parece, empero, insinuar el final de esa moda. Y también la de otra que no podemos abordar aquí, aunque la hayamos mencionado antes: la de quienes aceptan que el orgullo nacional es posible, pero por favor, dónde vamos a llegar, no el de un país tan malote como España, sino solo el de otras entidades (sean estas Dinamarca, Cataluña o el País Leonés).

Esta última batalla, por cierto, la de combatir la leyenda negra y su sistemática denigración de España, lleva tiempo lidiándose por nuestros mejores historiadores; rindámosles aquí un cierto agradecimiento, pues parece claro que sus frutos comienzan a prosperar. O lo diré mejor con lo que aquí hemos argumentado: nos podemos sentir orgullosos de todos estos intelectuales antinegrolegendarios. Se trata sin duda, en la guerra cultural que hoy asola España, de uno de los pocos campos de batalla en que parece ir venciendo la verdad.

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