María Jesús Espinosa de los Monteros

Ha muerto el Cristo de Pasolini

«En un país convulso y terriblemente dañado por el ruido que nos acompaña, apenas ha habido espacio para recordar la vida de uno de los hombres más apasionantes de los últimos tiempos»

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Ha muerto el Cristo de Pasolini
Foto: Tonino Delli Colli| Arco Film Roma
María Jesús Espinosa de los Monteros

María Jesús Espinosa de los Monteros

Apasionada de la radio, los podcasts, la literatura y el cine. Una vez hice una tesis doctoral sobre R. W. Fassbinder. También tengo dos Premios Ondas.

Siempre fantaseé con la idea de escribir su historia y contarla como merecía. Desde que vi a Enrique Irazoqui como el Cristo de El evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini y descubrí la historia detrás de aquella interpretación quise conocerle. Ya no será posible porque ayer falleció, a los 76 años, este actor, economista, ajedrecista y profesor de literatura en Cadaqués.

Hace un par de años, la revista Vanity Fair publicó un extenso reportaje sobre Irazoqui, al que visitaban en su casa de Cadaqués. Allí recordó cómo conoció a Pasolini a mediados de los años sesenta: «Yo era el secretario general del sindicato universitario de Barcelona, por supuesto clandestino, y como mi madre era italiana me mandaron a Italia para conocer gente importante que pudiera venir a las universidades españolas o que nos diera dinero, porque no teníamos un duro». En Italia conoció a Rafael Alberti, Vasco Pratolini y Giorgio Bassani. Ya en el último día, uno de los responsables de las  juventudes comunistas italianas le dijo que tenía tres horas para ver a un poeta que se llamaba Pier Paolo Pasolini. Irazoqui no lo conocía pero pronto sabría de la envergadura de aquel hombre.

Aquella misma noche, Pasolini le pidió a Irazoqui que fuera su Jesucristo en la película que estaba rodando pero no le interesaba. Al rescate acudió Elsa Morante para convencerle, pero ni por esas. Quien finalmente lo hizo fue Giorgio Manacorda, que le conminó a entregar lo recaudado por la película a la causa. Finalmente aceptó, la película se convirtió en uno de los títulos imprescindibles del italiano pero Enrique terminó castigado 15 meses por haber participado en una película de propaganda comunista. A su vuelta a España participó en dos películas de la llamada Escuela de Barcelona, Noche de vino tinto, de José María Nunes, y Dante no es únicamente severo, de Jordá y Esteva.

Su relación con el cine terminó ahí pero comenzó un largo idilio con la literatura y el ajedrez. Se convirtió en profesor de literatura de instituto y solía decir que el hastío lo soportaba leyendo a Kafka y a los surrealistas cada noche. En 2002 fue el árbitro del torneo de ajedrez Brains in Bahrain entre el campeón del mundo Vladímir Krámnik y la computadora Deep Fritz, que finalizó en empate. Algunos veranos de los años sesenta en el Cadaqués de Dalí, los pasó jugando al ajedrez con el pintor Marcel Duchamp y el músico John Cage. En una entrevista con Leontxo García en El País en aquel año 2002 dijo que sólo las computadoras cuánticas, «si llegan a existir», lograrían avanzar a la máquina frente al hombre porque, como sostenía Irazoqui, «la intuición no se ha conseguido programar». En aquella misma entrevista afirmaba que no sería capaz de verlo, que antes moriría. Y así ha sido. En un país convulso y terriblemente dañado por el ruido que nos acompaña, apenas ha habido espacio para recordar la vida de uno de los hombres más apasionantes de los últimos tiempos.

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