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Inocencio X

El arte resulta troppo vero, porque si nuestros políticos se vieran en ese espejo de la humanidad herida, descubrirían algunas cosas interesantes

Foto: ALBERT GEA | Reuters

Andreu Jaume y Juan Claudio de Ramón me convencieron de que no podía abandonar Roma sin pasar una tarde frente al retrato de Inocencio X en la Galleria Doria Pamphilj. Por fortuna, les hice caso. El museo –un viejo palacio que todavía pertenece a la familia– tiene algo de estrambótico para nuestra frenética mirada moderna. No sólo por la abigarrada acumulación de piezas de arte, sino sobre todo por el orden histórico de las mismas, alejado de cualquier voluntad pedagógica o didáctica. Los cuadros permanecen en las paredes tal y como fueron colgados hace siglos, guardando la disposición sigilosa que marcaron las épocas. En un lugar privilegiado, junto a un busto del papa Doria esculpido por Bernini, se encuentra el retrato inmortal de Velázquez, que le valió una justa y famosa amonestación del propio papa: “Troppo vero!” (“¡Demasiado veraz!”). Y ya sabemos que la verdad no siempre alumbra lo que deseamos ver. Ni siquiera cuando nos enfrentamos a la belleza absoluta de una obra maestra.

Ramón Gaya decía, y con razón, que en la pintura de los grandes maestros la carnalidad apunta siempre hacia un misterio: la poesía –digámoslo así– oculta en la realidad. Pero ese misterio no es mental ni responde a una filosofía analítica, sino que es algo muy distinto, perceptible sólo por los sentidos. Bajo esa borrachera de rojos que es el retrato de Inocencio X, el exceso de veracidad se sustancia en lo que no podemos definir, ni casi describir, pero que se hizo de inmediato evidente al papa, y lo es también para el espectador atento: las arrugas del poder, el alma hendida, la mirada afilada que nos ofrece la totalidad de un universo extrañamente personal.

El Inocencio X fue el cuadro más shakesperiano del pintor andaluz y, en este sentido, el más grave y apegado a la textura trágica de la vida. Porque, en efecto, todo lo que no es comedia, ni objeto de piedad o de perdón, adquiere una condición trágica e incluso amenazante. Nuestro mundo político –con su énfasis en el poder y sus armas, en el resentimiento y la manipulación interesada de las emociones– no es muy distinto al que desnudó Velázquez en su retrato romano. Allí se halla todo, concentrado en una realidad palpitante. El arte resulta troppo vero, porque si nuestros políticos se vieran en ese espejo de la humanidad herida, descubrirían algunas cosas interesantes. Por un lado, el rostro mustio de la ambición desmedida. Por otro, la condición inmutable de la naturaleza humana. Y, en consecuencia, también de la política. Verían quizás los efectos de su irresponsabilidad sobre los ciudadanos y el llanto que acompaña a la peste social y cultural cuando penetra en la ciudad bajo uno u otro nombre. Al desnudarnos percibimos el valor de los ropajes, su fuerza moderadora sobre los instintos. La democracia no es ajena a este principio y, por eso mismo, no hay democracia que sobreviva sin los pulmones de un Estado de Derecho o de un pacto más o menos sólido entre el ayer, el hoy y el mañana. No pensé nada de eso aquel sábado por la tarde en Roma. Lo pienso ahora, a las puertas de otra semana de pasión.

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