Carlos Mayoral

La alienación de las masas

«No es paradójico pensar que las épocas de mayor lucidez en la historia de este país se han dado cuando los hombres han decidido salirse del redil del pensamiento panfletario»

Opinión

La alienación de las masas
Foto: | La Moncloa
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

En La Guerra de España: reconciliar a los vivos a los muertos, ensayo recientemente publicado por Arpa Editores, el autor, Jean-Pierre Barou, sostiene con un tono narrativo extraordinario la tesis de que los grandes conflictos sociales parten de una premisa común: las conciencias se difuminan, se pierden en el magma de las ideologías. Comparto esta impresión, por supuesto, que además Barou apoya en el hecho de que algunas mentes capaces de escapar a esa densidad ideológica suelen pagarlo con la vida. Esta alienación es la que consigue, como bien indica el autor, que un primo político apriete el gatillo sobre la frente de Lorca; o que el pueblo de Casas Viejas reproduzca una guerra civil en miniatura cuando las guerras sonaban, como sugirió Ángel González, lejanas; o que los terrores de la guerra se fuesen engarzando, como si no fuese posible el último sin el primero. Una época donde las ideas personales ya se han perdido; donde las voces y los ecos se mezclan; donde las posturas se polarizan; donde sólo queda el desastre.

La sociedad de hoy ha cedido completamente a esta polarización. Si aparece una mujer dando una versión del supuesto maltrato al que ha sido sometida, muy pocos se detienen a analizar el caso particular, a valorar la opinión enfrentada o la opinión experta, muy rápido se decanta el español por una de los dos veredictos que la ideología plantea de antemano. Si un líder político propone un recurso para sofocar algún efecto de la pandemia, pocos acuden al detalle, pocos se informan del impacto que la medida haya podido tener aquí o allá, sólo importa cuál de los dos frentes ha propuesto el asunto, que profundice quien se aburra. Miren a su alrededor, seguro que saben perfectamente qué piensa cualquier amigo de ustedes sobre la libertad de Delacroix en manos de borrachos franceses, sobre el gol de Dani Olmo en el minuto noventa o el ascenso de las temperaturas en Semana Santa. Ya no hablan los individuos, hablan las ideologías.

No es paradójico pensar que las épocas de mayor lucidez en la historia de este país se han dado cuando los hombres han decidido salirse del redil del pensamiento panfletario. Ocurrió al inicio del ahora llamado Régimen del 78, cuando un grupo de políticos decidieron bajar de las trincheras en las que llevaban instalados cuarenta años para apretar las manos del contrario, y buscar en los ojos del otro el perdón. Es lo contrario al clima que con buena pluma glosa Barou: un país roto, un país donde el fanatismo se comió la moral crítica de un pueblo. De alguna manera, el ensayo viene a decirnos que los ecos de aquella guerra rebotan en las paredes del presente. Y creo que tiene razón. Pero más allá de, como digo, establecer los paralelismos evidentes con la actualidad, me quedo con la conclusión de Barou, que propone reconciliar a los muertos para apaciguar a los vivos. Aunque yo, inevitablemente, invertiría el orden del proceso.

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