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La postulación de un Javier Marías amargado

Es divertidísimo cómo Javier Marías le ha tomado gusto a la provocación. Se ha convertido en un troll maravilloso: atildado, como es él, pero de lo más efectivo. En su columna de El País Semanal da domingo tras domingo en la diana. No digo que domingo tras domingo tenga razón, sino que domingo tras domingo irrita a nuestros almidonados (¡y almidonadas!). En estos tiempos en que, como diría Ernst Jünger, no solo la libertad sino la mera alegría de vivir están amenazadas de confiscación, se agradece el cachondeo fino que se trae Marías. El premio son reacciones como, por ejemplo, la de Ignacio Escolar, que escribió en Twitter tras la última: “Javier Marías, ahora contra Gloria Fuertes”. Ese impagable ‘ahora’…

En realidad, Marías ha sido siempre así. Solo que en la actualidad cuenta con menos cómplices, y el ambiente –por internet– está mucho más crispado; el provocador de toda la vida, más o menos estetizante, pasa por triste troll. El escándalo ha vuelto, pero a un coste coñazo. Lo divertido es recordar cuáles eran antes los enemigos de Marías: personajes como Camilo José Cela o Antonio Burgos. Ese es el puesto que ocupan hoy Escolar o Barbijaputa, los nuevos detentadores de un cierto casticismo inquisidor… (No puedo terminar este párrafo sin mencionar a Andrés Trapiello, que es una excepción porque él sí se ha metido con gracia con el “volatinero” Marías y sus dichos redichos).

Están fallando los lectores, que parece que han dejado de percibir el juego retórico. El paladar literario se ha estropeado y lo que hay es una boca de borrico periodístico-ideológica. La consecuencia es un achicamiento del espacio mental. Y una pérdida del humor. Que no debe confundirse con el jiji jaja de Twitter, en permanente estado de tensión prehistérica. Se va expandiendo el imperio del resentimiento…

Y hay falta de imaginación psicológica. Resulta llamativo cómo los escandalizados le postulan a Marías una amargura que para ellos es incuestionable, como si no existiera otra explicación posible para el que les pinchotea el globito. A mí se me ocurra otra, más coherente con el que introdujo a Thomas Bernhard en España: la de la lucidez feliz. O el viejo placer de ser un aguafiestas.

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