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Momento ciceroniano

"Aplastada por la normatividad de la burocracia, por la falta de instrumentos comunes y por los errores iniciales de diseño, la UE ha de dar un salto adelante que transforme la cooperación en sustancia"

Foto: Manu Fernandez | AP

Bienvenidos al mundo de la irracionalidad que, como la vida misma, no es tampoco tan irracional. En gran medida porque la realidad admite lógicas distintas y a menudo contrapuestas. Se diría que la lógica de los científicos es una y la de los médicos, otra; como otra es la de los empresarios, la de los altos funcionarios, la de los maestros y profesores, la de los padres y la de los niños. Sin duda, con el desconfinamiento la espesa niebla del futuro adquiere tonos aún más sombríos, precisamente porque carecemos de faros o de piedras miliares que marquen un camino nítido, inequívoco. Así que la ruta posible es la de la famosa oración del cardenal Newman: “One step enough for me”, un paso tras otro hacia un lugar todavía desconocido.

¿Adónde va nuestro país? No lo sabemos, ni lo sabremos realmente en los próximos meses, ni quizá en años. Sabemos que, sin la solidaridad europea, difícilmente lograremos superar el Cabo de Hornos de septiembre u octubre, por la falta de liquidez para hacer frente al desfondamiento de la economía. Pero ignoramos cómo se articulará la solución a este problema dramático y qué supondrá para nosotros. Ignoramos si nos dirigimos hacia una mayor globalización –una crisis global exige respuestas globales– o si, por el contrario, la renacionalización de la soberanía se convertirá en el nuevo trending topic de la geopolítica mundial. No lo sabemos, entre otros motivos, porque desconocemos también el futuro inmediato de la clase política, tanto de la española como de la mundial. ¿Trump o Biden? ¿Sánchez atado a Iglesias o libre de él? ¿Un Sánchez centrado o subiendo la apuesta hacia los extremos? ¿Quién maneja a quién? A saber, porque estamos inmersos en un escenario irracional, volátil e inflamable. Un escenario en el que hace ya tiempo –mucho antes de la pandemia– que la lógica común no funciona, presa de otras pulsiones. Irracionales, en efecto. Dentro y fuera de España.

Porque, si el futuro necesario es Europa, nada justifica que sigamos año tras año, década tras década, paralizados por la indefinición jurídica acerca de de quiénes somos. Es el abismo político que plantea Pierre Manent al hablar de un momento ciceroniano (carente de una forma política clara y definida) para la UE, que la convierte en una pieza no solo inoperante, sino también ineficiente en el tablero de las grandes potencias mundiales. Aplastada por la normatividad de la burocracia, por la falta de instrumentos comunes y por los errores iniciales de diseño, la UE ha de dar un salto adelante que transforme la cooperación en sustancia, la copertenencia en federación, el Estado-nación en imperio. O no, pero entonces habría que seguir el camino opuesto, que es el adoptado por el Reino Unido, y recuperar las herramientas fundamentales para la soberanía de los países. En medio de las dos posibilidades, nos hallamos en una tierra de nadie, lo cual en cierto modo es también el peor de los mundos. Otra irracionalidad.

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