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«No, bonita»

"Somos más los mayores de edad que no tenemos necesidad de ser coprotagonistas de la revolución adolescente de Carmen Calvo"

Foto: Manu Fernandez | AP

El entrecomillado que da título al presente texto pertenece nada menos que a la vicepresidenta del Gobierno en funciones dirigiéndose a millones de españoles que, defensores de la igualdad entre hombres y mujeres, arrastran la imperdonable tara de no ser de izquierdas. Ese “bonita”, que para nuestros pastores de hoy sería una afrenta machista si lo pronunciara un amable reponedor para indicarnos que no queda leche sin lactosa, Carmen Calvo puede usarlo con una extrema soberbia para quitar la razón a las mujeres que le llevan la contraria, explicándoles que no son dueñas un razonamiento femenino libre y reduciéndolas a una apariencia física determinada. Tanta sororidad, hermana, me abruma.

Calvo dijo sin pudor que el feminismo es patrimonio socialista y que, en consecuencia, nadie sin carné del PSOE puede defender la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer. Capacidad que, cabe recordar, la vicepresidenta ha arrebatado también a nuestra Constitución, cuyo artículo 14 incomoda a totalitarios de todo pelaje. En realidad, el “no, bonita” de Calvo a las mujeres que piensan por sí mismas y no se dejan tutelar por su paternalismo se parece bastante al “no, bonita, el balón no y el ajedrez tampoco” y al “niñas, al salón” que afortunadamente la mayoría de hogares españoles ya abandonó hace mucho tiempo. Aquel “yo no soy bonita ni lo quiero ser” que nos cantaban las abuelas sin intención de decirnos —qué bien lo entendían ellas— lo que debíamos ser, sino que nada debíamos exigir a cambio de lo que somos.

Pero Calvo nos quiere llevar atrás, a un tiempo que algunas ni siquiera hemos conocido, por los mismos motivos que asustaban antaño: permitir que existan personas libres que piensen y lleguen a conclusiones que no coinciden con la concepción del mundo que tenemos. El feminismo del PSOE es un cortijo donde las mujeres funcionan como un ejército monolítico que siempre les dará la razón. Y la libertad de la mujer no es elegir si le valida sus ideas, vestidos o ambiciones un hombre o si lo hace Calvo, es algo que requiere mayor grado de madurez: hacerlo por sí misma.

Todo esto lo comprende cualquier persona que en su vida privada haya cometido errores, maldades e incluso pecados inconfesables y se haya hecho responsable de ellos. También las políticas del PSOE. Hecho que convierte en imperdonable el uso del Gobierno de la causa por la igualdad, relegada a una excusa más para señalar y borrar del mapa de los buenos de la película a los que osan llevarles la contraria. La doctrina Calvo la ha asumido Fernando Grande-Marlaska y buena parte de la izquierda con los derechos LGTBI. Es lamentable cómo este Gobierno pretende estigmatizar al adversario a costa de infundir miedo entre determinados colectivos. Les saldrá mal: quizás consigan que los españoles comiencen a verse como enemigos por sus ideas políticas, quizás quiebren la convivencia en incluso quizás haya quien les crea. Pero más pronto que tarde se toparán con el hecho de que somos más los mayores de edad que no tenemos necesidad de ser coprotagonistas de la revolución adolescente de Carmen Calvo.

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