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Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

No habrá democracia para nosotras, las máquinas

Foto: FOTO VIA TED | TED Talk

Yuval Noah Harari es un profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, y el lector no sabría de quién hablo si no hubiese vendido 1,2 millones de copias de su libro Sapiens. Breve historia de la humanidad. Es difícil saber cuál es la razón de su éxito, pero no será muy distinta del hecho de que no sea en realidad una historia, sino una interpretación ingeniosa de la misma. Es un gran literato y le debemos que haya popularizado unas cuantas ideas sobre nuestro pasado común.

Convertido en un súper ventas, ya todo lo que haga le va a salir bien. Y como el tema del pasado lo tiene cubierto, escribió un segundo libro sobre el futuro, Homo Deus, que también ha volado en los comercios del ramo. Presente y futuro resueltos por su poderosa visión, a Harari sólo le quedaba el presente, y a él ha dedicado su último libro.

Si escribe en una nueva dimensión temporal, además del de literatura, se habrá ganado el Nobel de física, pero mientras esto llega o no, Harari ha escrito un artículo publicado en el diario El País y que merece atención. Dice que el libre albedrío es un prejuicio cristiano, y que la moderna tecnología es capaz de llegar a los recovecos más intrincados de nuestra mente. De este modo, gobiernos y empresas serán capaces de apretar determinados botones (los “del miedo, el odio o la codicia”), y llevarnos por donde ellos quieren. Con la particularidad de que seguiremos creyendo que somos nosotros los que elegimos pensar como queremos, con lo que nos convertiremos en los perfectos esclavos: actuamos sin mirar la mano del amo, porque estamos convencidos de que no lo tenemos.

El autor, por supuesto, no ofrece ninguna prueba de que todo nuestro pensamiento esté determinado. Tampoco de que toda influencia haya de ser de índole material. Y deja de lado la cuestión, fundamental para su tesis, de demostrar que toda causa procede de fuera, o al menos puede ser manipulada desde fuera. Utiliza la tecnología como señuelo, la muestra al lector como si su sola mención fuese suficiente para mostrar la validez de su tesis, que no es más que una petición de principio.

Tampoco lo necesita, porque de lo que él habla en realidad no es de un determinismo que anule todo libre albedrío, sino el de la masa; una masa que apenas levanta el vuelo del pensamiento, sencilla y manipulable, vulnerable ante la pulsión de los instintos. Harari necesita asumir este brutal elitismo porque si todo el pensamiento humano fuera como sugiere, gobernantes y titanes de la industria tendrían también una tabla rasa por cerebro, un vacío del alma, y su carácter humano sería tan robótico como el de los demás.

No. Él y quienes le escuchan en Davos son listos; con ellos no va el artículo. Va con la masa moldeable en la que estamos la mayoría de los contribuyentes. Si cada uno de nosotros tiene un software manipulable, se pregunta Harari, ¿podemos seguir confiando en la democracia liberal? ¿Podemos mantener la ficción del libre albedrío, que es el zócalo de la libertad y del voto? Por supuesto que no, nos dice el autor. La democracia liberal ya no nos vale; más cuando estas masas “en vez de enfrentarse al reto de la inteligencia artificial y la biotecnología” recurre a “fantasías religiosas y nacionalistas”, que están aún más alejadas “de las realidades científicas de nuestro tiempo” que el viejo y ajado liberalismo.

De modo que “debemos desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI”. Y aquí, justo aquí, cuando tenía que decirnos lo más interesante de todo el artículo, es cuando lo termina. Por miedo a reconocer que lo que propone es un gobierno científico ejercido por los pocos que se escapan al destino de nuestra inteligencia de convertirse en la secreción de la materia. Un destino que nos convertirá a los demás en una máquinas programables, en objetos del juego de algoritmos sin alma.

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