Manuel Arias Maldonado

Observaciones sobre el caso Hasél

«Persuadir a los enemigos del sistema de que el sistema tiene sus virtudes parece difícil, aunque quizá no sea imposible»

Opinión

Observaciones sobre el caso Hasél
Foto: Luis Tejido| EFE
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

1. Las protestas por la condena de Pablo Hasél no tienen nada que ver con la libertad de expresión: en el mejor de los casos, expresan un malestar larvado que podría relacionarse con el déficit de representación que sienten determinados sectores sociales más o menos abandonados a su suerte; en el peor, sirven de pretexto a quienes quieren acabar con la democracia liberal, naturalmente presentada —de acuerdo con la más rancia tradición marxista— como un Estado fascista.

2. En modo alguno puede sorprendernos que las decisiones de los jueces sean objeto de rechazo en nuestro país: aquí llevamos al menos una década alimentando la idea de que ni las leyes ni las sentencias merecen respeto alguno, hasta el punto de que quienes reventaban conferencias en la universidad y organizaban escraches contra políticos electos se sientan ahora en el Gobierno: es difícil convencer a nadie de que la agitación no da buenos resultados.

3. Constituye una ingenuidad seguir debatiendo acerca de estos asuntos con quienes solo aprovechan la ocasión —ya dijo Shakespeare que lo es todo— para hacer avanzar su agenda política, sin respeto alguno por los argumentos normativos ni los datos empíricos: los mismos que acusaban a Trump de incitar con sus tuits el asalto al Capitolio han usado Twitter para incitar las revueltas de la última semana, sin que los espectadores que pedían silenciar a Trump hayan pedido ahora silenciar a Echenique.

4. Si, no obstante, hubiéramos de debatir en serio acerca de la libertad de expresión y de sus límites, habrá que tener en cuenta las circunstancias en que los ciudadanos ejercen ahora ese derecho: hace tiempo que las democracias occidentales dejaron atrás la fase heroica de la lucha por los derechos civiles, en la que se reclamaba la posibilidad de expresarse sin daño ante un Estado vigilante de las desviaciones: los mártires ya no son Gustave Flaubert ni Lenny Bruce, sino los demócratas que viven hoy en Rusia, China o Turquía.

5. No se deduce de aquí que no haya debate, sino que el debate no puede desarrollarse de la misma manera que antes: cuando la libre expresión del ciudadano estaba limitada por razones puramente técnicas y se limitaba a la presencia en una manifestación, la interpretación coral de una canción protesta o la llamada iracunda al contestador del siglo XXI.

6. Cualquier ciudadano puede expresar su opinión a través de las redes sociales e ignoramos todavía cuáles son las consecuencias sistémicas de esta democratización radical de la opinión pública, que sobrerrepresenta a unos e infrarrepresenta a otros, dando visibilidad a los discursos que antes se situaban en los márgenes: la generalización del smartphone, la Gran Recesión y el auge de los movimientos políticos antiliberales coinciden en el tiempo, pero nadie sabe cuánto hay de correlación y cuánto de causación en sus relaciones mutuas.

7. Si en uno de los diálogos platónicos se señala que el pharmakon puede ser un antídoto contra la enfermedad o un veneno mortal para el organismo, dependiendo de la dosis administrada en cada caso, lo mismo puede decirse para el ejercicio de la libertad de expresión en el cuerpo democrático: parece difícil afirmar que la libre circulación de los mensajes de odio pueda ser aceptada sin consecuencias ni restricción alguna, incluyendo las amenazas de muerte o la exaltación de la violencia, como si las democracias liberales no tuvieran un pasado trágico del que aprender y como si la tradición republicana que sirve de contrapunto a la liberal no pusiera en el centro de su modelo al ciudadano virtuoso que cumple sus deberes cívicos.

8. Igual que no puede reconocerse un derecho ilimitado de expresión, sino que esta ha de someterse a ciertos límites, tampoco es posible restringirla de antemano con detalle: su regulación en la sociedad digital habrá de dejar el margen necesario para la valoración del caso concreto, despenalizando en la mayor medida posible el ejercicio de este derecho sin por ello incurrir en la ingenuidad de creer que no hay, ocasionalmente, palabras letales para la convivencia pacífica de los diferentes.

9. A la pregunta de si el artista goza de un estatuto especial no se puede responder fácilmente, sobre todo cuando no tenemos claro lo que sea un artista y a menudo baste con que uno diga que lo es: una cosa es escuchar a Pablo Hasél reírse del asesinato de Miguel Ángel Blanco con un flow paupérrimo y otra bien distinta ponerse a Gil Scott-Heron recitar aquello de que la revolución no será televisada.

10. Persuadir a los enemigos del sistema de que el sistema tiene sus virtudes parece difícil, aunque quizá no sea imposible: el gran romanista Hans Ulrich Gumbrecht cuenta en una entrevista que él, nacido en 1948, se curó de la fantasía comunista gracias al viaje que el Gobierno alemán organizaba para todos los estudiantes de primaria de la república federal: tras pasar unos días en Berlín, los chavales daban un largo paseo por la parte oriental de la ciudad, lo que eliminaba para siempre la posibilidad de proyectar sus esperanzas utópicas más allá del hoy desaparecido telón de acero.

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