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Marcela Sarmiento

Querido Password

El cajón de mi mesa de noche nunca me había defraudado. Pero llegó el día. Buscaba desesperadamente un pequeño librito de anotaciones y por primera vez “mi caja de seguridad ” no lo atesoraba.

Opinión

Querido Password

El cajón de mi mesa de noche nunca me había defraudado. Pero llegó el día. Buscaba desesperadamente un pequeño librito de anotaciones y por primera vez “mi caja de seguridad ” no lo atesoraba.

El cajón de mi mesa de noche nunca me había defraudado. Pero llegó el día. Buscaba desesperadamente un pequeño librito de anotaciones y por primera vez “mi caja de seguridad ” no lo atesoraba. En él estaban escritas las contraseñas electrónicas de mi vida.

Empiezo. Las contraseñas de mis tarjetas de crédito y débito. Claves de acceso para cuenta bancaria online. Passwords de cuentas de correo electrónico. Un número para el personal otro para el laboral. Código para entrar al portal de internet del colegio de mis hijas y la clave para poder acceder a cada profesor y sus anotaciones. Las de mis cuentas en Twitter e Instagram que también requieren de lo suyo si por casualidad debemos volver a abrirlas  en otro dispositivo.

Sigo. Códigos para desbloquear el teléfono móvil adjudicado por la empresa que fabrica los aparatos y luego el otro número que yo pongo para evitar que alguien pueda entrar a mi información. He llegado a olvidarlo.

Continúo. Clave para comprar aplicaciones o música sin olvidar los números de acceso para las plataformas de reproducción. Número secreto que he programado en el ordenador para restringir la navegación de las niñas en páginas web de contenidos para adultos. No puedo olvidar la contraseña de la alarma de casa que a su vez necesita un santo y seña por si me llaman en caso de emergencia. Podría jurar que falta la mitad de las lista de los eventos cotidianos que me exigen un password y aunque puedo jactarme de tener buena memoria, confieso que por momentos he llegado a olvidarlos e incluso a confundirlos unos con otros.

Muchos considerarán que sería más sencillo un solo número para todo. Sería una forma de simplificar las cosas. Pero no.  Según los expertos unificar este tipo de información es considerada la opción más peligrosa porque facilita el trabajo de las redes criminales. Y cuando somos víctimas de un hacker todo se convierte en un verdadero desastre. El continuo ataque de los piratas parece inevitable. Seguiremos contando la experiencia mientras la Agencia Federal de Seguridad Informática anuncia la nacionalidad de los millones de afectados.

Recomiendan cambiar las contraseñas con regularidad. Tarea complicada. Aburrida. Necesaria. Aconsejan instalar claves de 8 carácteres como mínimo entre letras y números cuando la opción lo permita. Alguna de las letras en mayúscula. No debe haber espacios entre caracteres. No deben tener signos de puntuación. Las variaciones no deben tener similitud con las recientemente utilizadas. Lo resolvemos combinando las fechas de la boda y graduaciones, nacimiento de los hijos, cumpleaños de los padres, dirección de la casa, teléfono, repetición de nuestro número favorito.

Termino. Es una proeza sobrevivir a la creación de un password. Sólo basta tener tiempo para escribirlo con puño y letra (ayuda a memorizar) en un pequeño librito de anotaciones y guardarlo en un lugar sagrado. Mi mesa de noche evidentemente perdió su reputación. Se tragó las contraseñas y con ellas lo poco que me quedaba de imaginación numérica. Por último la clave radica en no olvidar los rincones secretos. Para eso también se sugieren otras contraseñas.

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