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Felipe Santos

La perplejidad de Roma

Esa mirada me recuerda a la de Roma, el niño de ‘Leviatán’, la ambiciosa y pesante película de Andrei Zvyagintsev, que contempla cómo las vanas ilusiones de su padre se van desmoronando frente al empuje de lo terrenal. En ese pueblecito a orillas del mar de Barents, al norte de Rusia, la belleza serena del paisaje se mezcla con la ruina de lo material: barcas encalladas, edificios abandonados y el esqueleto de un cetáceo que quedó varado en una ría.

Opinión

La perplejidad de Roma

Esa mirada me recuerda a la de Roma, el niño de ‘Leviatán’, la ambiciosa y pesante película de Andrei Zvyagintsev, que contempla cómo las vanas ilusiones de su padre se van desmoronando frente al empuje de lo terrenal. En ese pueblecito a orillas del mar de Barents, al norte de Rusia, la belleza serena del paisaje se mezcla con la ruina de lo material: barcas encalladas, edificios abandonados y el esqueleto de un cetáceo que quedó varado en una ría.

Cuando las cosas se tuercen y la contemplación de una existencia apuntalada se hace insoportable, llena de cachivaches inútiles, opta por mirar en dirección contraria y trata de buscar refugio allí donde la naturaleza bate con majestad la orilla, una y otra vez, con esa cadencia que sólo pueden dar los siglos. Tal espectáculo lo sume en la perplejidad y cubre su cabeza con la capucha de su impermeable, como si el sonido de las olas batiera más fuerte que el reloj de la vida. Preferiría no tener que ver todo eso, como el niño de la foto. Sin una casa a la que volver, sin la tranquilidad de los juegos en un parque cercano y el bullicio a la entrada de la escuela, el mundo terrenal se aparece como un lugar difícil de entender. Por más que mira, no logra comprender qué quieren de él. Alguien le comunicará que deberá abandonar el lugar donde nació y donde hace nada correteaba despreocupado. ¿Dónde estará ese lugar nuevo? Quizá allí, cuando llegue, querrá volver la vista atrás y buscar en el horizonte la montaña que podía ver desde su habitación. Pasará tiempo antes de que se convenza de que aquel paraje tan sólo existe en su memoria. Aun cerrando los ojos, esperará a la oscuridad y al silencio de la noche para tratar de divisarla con más nitidez. Quizá entonces sólo se levante raudo para buscar en su mochila y encontrar una vieja foto desgastada de él y sus padres, enfrente de casa, con aspecto jovial. Con la montaña al fondo, majestuosa y ancestral, contemplará perplejo ese instante fugaz de felicidad.

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