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Juan Claudio de Ramón

La juventud y la vejez

«En nuestra época la plusvalía la tiene la juventud. No siempre fue así. En las viejas edades, los viejos eran favorecidos»

Opinión

La juventud y la vejez
@janasabeth Unsplash

El meridiano de los cuarenta, en fatal cercananza ya, parece un buen puesto de observación para reflexionar con algo de ecuanimidad sobre la juventud y la vejez. La primera no nos pilla tan lejos como para haberla idealizado y de la segunda nos traen noticia nuestros padres e incipientes achaques propios, como una migración equinoccial que preludia el cambio de hemisferio. Porque, a pesar de los esfuerzos por allanarla, la vida se aparece insistentemente así, como partida en dos mitades por una antigua convención que todas las culturas comprenden: la juventud y la vejezNel mezzo del cammin di nostra vita, comienza Dante su Comedia. Pero si hay un punto intermedio será porque hay dos partes. Dos segmentos, entre la cuna y la tumba, que se tiene derecho a vivir en sucesión. Por eso la muerte de alguien joven se siente como algo más que una desdicha: como una auténtica ilegalidad; porque no se trata de una vida llevada a su natural término, sino sin justa causa rescindida, a mitad del contrato contraído al nacer.

Hoy por hoy, la plusvalía la tiene la juventud. No siempre fue así. En las viejas edades, la ancianidad era autoridad. En punto a jerarquía, Platón no admite titubeos: «Que los más viejos deben mandar y los más jóvenes obedecer, ¿eso ha quedado claro?» (República, 412c). Insiste también en «el silencio que los más jóvenes han de guardar ante personas de más edad». (425c). Muestra del cambio de mentalidad operado desde el Renacimiento hasta la actual coronación de la mancebía es que Maquiavelo afirme en El Príncipe que la fortuna prefiere a los jóvenes, por ser estos más audaces e impetuosos que los viejos, y por lo mismo, más aptos para el mando. En fin, también los poetas sienten marcada predilección por la juventud, divino tesoro, etc. Pero atención: el mismo Gil de Biedma que canta a la juventud, ese «encanto descarado de la vida», escribe luego que «envejecer tiene su gracia / es igual que de joven / aprender a bailar, plegarse a un ritmo».

Una mitad de la vida se vive como subida. La otra, como descenso. ¿Cuál es cual? Resulta paradójico: se diría que los años graves son los de juventud y los ligeros los de senectud. Y, supuesto que envejecer sea declinar, ¿no son acaso más fáciles las bajadas que las subidas? De Cicerón a Schopenhauer no son pocos los filósofos que han ponderado la vejez por encima de la juventud, si bien es cierto que, habiendo escrito sus tratados ya ceciales, podría tratarse de un diagnóstico interesado. Lo cierto es que tendemos a idealizar el ser joven, como si todo hubiera sido esplendor en la hierba y chocar de copas. Se nos olvida que la juventud es también la época de la ansiedad con mayúscula, de las posibilidades en demasía y las expectativas desaforadas, en que cada trago se vive como un cáliz y cada decisión parece un testamento. No se puede vivir así, corriendo detrás de tus emociones. Supongo que eso quiso decir Paul Nizan: «Yo tenía veinte años. No dejaré que nadie diga que es la edad más bella de la vida». Vale, bien, de acuerdo. A los veinte yo también sufría y me peleaba con el mundo. ¿Pero qué decir de los treinta o los treinta y cinco? ¿No son esas edades espléndidas, como para vivaquear en ellas toda la vida?

Da igual: tanto como ser joven, envejecer es experiencia imperativa y universal que a todos nos alcanza. Más vale que aprendamos, sin excesiva prisa, pero también sin grotescas dilaciones, a peinar canas con elegancia. «De jóvenes somos fieles a individuos, de mayores nos hacemos leales a situaciones y tipos». No sé si estoy de acuerdo, pero como lo dice Cyril Connolly, debe ser cierto. Por mi parte, empiezo a intuir algunas dulzuras del segundo acto a punto de comenzar. Saber el talento con que se cuenta. Dejar el quiero cerca del puedo. Ayudar como fuimos ayudados. No renunciar a los inicios. Y si realmente nada extraordinario nos tiene que pasar, extraer el vino del placer de las uvas, ya maduras, del recuerdo. En un libro de citas que andaba por casa cuando niño había una con sabor a proverbio que no he olvidado: «Si la juventud supiera, si la vejez pudiera». Supongo que eso lo resume todo.

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