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José Carlos Llop

El rey del mambo

«Cuando hasta los diputados de su propio partido empezaron a mezclar sus palabras con curare para referirse al ministro Raab –este es su nombre–, el hombre decidió abandonar, ay, Creta y acercarse por el Foreign Office»

Opinión

El rey del mambo
HAMAD I MOHAMMED Reuters

Una de las cosas que denota la falta de cultura de lo público –de los bienes públicos y de su administración– es el uso de posesivos. A menudo el político de turno procede del ámbito de la empresa privada o, sencillamente, de su casa, y al entrar en la Administración para dirigir una de sus áreas o departamentos desconoce por completo el funcionamiento administrativo. Es más: uno de los argumentos que emplea, en campaña o al inaugurar despacho, es su voluntad de reformarla, de activarla, de limpiarla de polvo y paja, propósitos que suelen aparcarse para siempre –y mejor que sea así– una vez lleva en el cargo cierto tiempo. Incluso de cierto desprecio por el funcionariado y sus mecánicas. Pero ojo al uso de posesivos mencionado porque denota una concepción patrimonial de lo público que suele favorecer la corrupción, el despilfarro o el estancamiento. Y a veces las tres cosas.

Lo hemos oído en demasiadas ocasiones: «mis» funcionarios, «mi» presupuesto, «mis» técnicos, «mi» consejería. Y este uso implica además cierta carta blanca para utilizar a esos funcionarios y a esos técnicos de parapeto o de carnaza para arrojar a los leones cuando las cosas se tuercen o van mal. No es ni ha sido algo inhabitual; más bien un puerto de acogida, digamos, natural cuando hay turbia tormenta política. Que esto ocurra en España –en cualquiera de sus comunidades autónomas; también en las que quieren ser otra cosa– tiene una lógica, digamos, galdosiana. Una nación de profunda raíz feudal, sin apenas siglo XVIII y poca revolución industrial ha producido ejemplos, patrones, mímesis y costumbres viciadas que a los nuevos, a los recién llegados, a los que no proceden del poderío antañón les vienen de perlas para practicar su particular despotismo.

Pero que ocurra en la Gran Bretaña del Brexit nos indica que las cosas no están en buen estado ni siquiera en Europa, o en la Europa que no quiere serlo. La nación donde el adulterio de un político era motivo de expulsión de su cargo porque quien traiciona a su mujer puede traicionar a su sociedad con más facilidad que el que no lo hace –este era el argumento– ha entrado en un desparpajo sureño que linda con la caradura, cuando no con los vicios más arriba citados.

Éste ha sido el caso del ministro de Asuntos Exteriores de la Corona británica durante la crisis y abrupta retirada de Afganistán. Él estaba de vacaciones en Creta, lo que aquí nos suena a algo y apunta a que las vacaciones de verano también allí son un tabú inviolable. No lo eran antes frente a una crisis de gobierno o de Estado: ahora parece que sí lo son. Pero, sobre todo, su cartera ha sido la más observada desde las tribunas periodísticas y las demás carteras del gobierno, ante la desbandada occidental en Kabul. ¿Qué hace o dice el ministro? ¿Por qué no está en su despacho?

Pero unas vacaciones en Creta son sagradas y el adjetivo no es aquí exagerado. Te poseen la diosa de las dos serpientes –como al poeta Graves–, la memoria del rapto de Europa –que en el caso del ministro debería haberle servido de aviso– y los colorines de Cnosos y su laberinto secreto, donde reinó Minotauro, el oscuro. Demasiado para el ministro de Su Graciosa Majestad y mientras los afganos que pretendían escapar de los talibanes se agolpaban en el aeropuerto de Kabul, él tal vez leyera a Homero o, si más moderno, a Tito Livio (y eso aún sería un detalle, digamos, oxcam) a ver si la tormenta escampaba. Que las responsabilidades, en fin, cayeran sobre «sus» funcionarios.

Cuando hasta los diputados de su propio partido empezaron a mezclar sus palabras con curare para referirse al ministro Raab –este es su nombre–, el hombre decidió abandonar, ay, Creta y acercarse por el Foreign Office. Y allí ya no fue Creta sino Troya. En el combate –el Parlamento convertido en la cólera de Aquiles– se supo que Raab había sido informado con pelos y señales de la debacle que se cernía sobre Afganistán una vez se emprendiera la retirada. Una debacle que ya era norma en la mayor parte del país, abandonado por las tropas occidentales. Y que de avance paulatino y resistencia gubernamental no habría nada. Ni tiempo habría como así ha sido. Se sabía antes de que ocurriera y el ejército afgano llevaba, dicen, tres meses sin cobrar. Como para coger un fusil y defender esa nada.

El ministro, cómo no, se excusó en «sus» técnicos, en «sus funcionarios», en los informes de «sus» agentes de Inteligencia, en el Ejército incluso, tiñendo así todas las instituciones de sospecha y patanería, para salvar su desidia y su soberbia. Los culpables eran los demás, por supuesto, una norma imprescindible, parece, en política. Y Raab, que se creía el rey Minos, acabó esos días en rey del mambo de un tugurio construido con mentiras. Ojalá ocurriera por todo y el aire a respirar estaría bastante más limpio de lo que está.

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