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María José Fuenteálamo

La Virgen de la Igualdad

«Sostiene Gerda Lerner en ‘La creación de la conciencia feminista que viudas’, monjas e hijas únicas -sin hermanos varones- fueron, desde la Edad Media, pioneras de la igualdad»

Opinión

La Virgen de la Igualdad
Ricardo Gomez Angel Unsplash

De adolescente, pasé un par de años en uno de los últimos internados femeninos de monjas de este país. En el Santo Ángel dormíamos en pabellones de 25 camas, vigiladas por una hermana y una monitora. En el mismo edificio estaban las aulas, donde recibíamos las clases de bachillerato, y el comedor, donde ayudábamos a poner la mesa. Escondidas en los baños del final de aquellos interminables pasillos, muchas dimos nuestras primeras caladas, como las colegialas de Las niñas, de Pilar Palomero. Comprábamos Pall Mall sin boquilla: el humo se esfuma, la colilla no. No hay delito si no hay prueba.

Pero a diferencia de la película, yo recibí mis primeras clases de feminismo en aquel colegio. La hermana Piedad, que bebía cerveza -cómo nos chocaba, era monja y entonces eran los años 90-, me repetía día y noche que yo ‘podía ser lo que quisiera’. A mí me parecía una pesada. Tardaría décadas en entender por qué su insistencia. Ella sabía, sin embargo, que no había tiempo que perder. Un mes de junio, al finalizar las clases, cuando la familia venía a recogernos y cargábamos los pocos bártulos de vuelta a casa, mi madre le dijo que aquel verano me iba a apuntar a clases de bordado. A la hermana le cambió la cara: ‘Ni se le ocurra’, le advirtió.

Sostiene Gerda Lerner en La creación de la conciencia feminista que viudas, monjas e hijas únicas -sin hermanos varones- fueron, desde la Edad Media, pioneras de la igualdad. A las viudas «se les concedía estatus» de empresarias. Las monjas «leían latín» y manejaban cuentas. Y a las ‘sin hermanos’, además de heredar -cuánto tiene que ver la ‘pela’ en todo esto- «se les daba oportunidad de educación». Educación que no ‘doma’ como calificaba Emilia Pardo Bazán las asignaturas femeninas: obediencia y sumisión a la casa, cocina y bordado. La gallega, hija única y católica.

Soy hija única y feminista radical, de raíz, desde pequeña. A veces decía que quería ser chico. Pero era, más bien, vivir como chico. Recuerdo con pavor las comuniones. Por los 90, en los pueblos, se celebraban en las casas. Mucho vestido de fiesta, pero ni mi madre ni mis tías se quitaban prácticamente el mandil: cocinar, servir, recoger… Para pruebas, las fotos. Cuánto han hecho por la igualdad en las fiestas los restaurantes. Para ponerles un altar.

Una amiga nos contó hace nada que por registrar a su hijo con su apellido primero su suegra la miró raro. Ella se lo explicó: ‘Mire, le he hecho una promesa a mi Virgen de la Igualdad’. Y la suegra la entendió. Yo lo supe: es la misma Virgen de las monjas de mi internado. Y como a los restaurantes, deberíamos ponerle un altar en cada calle, en cada casa y por qué no, en cada iglesia. De las Angustias, de los Dolores, pero también de la Paz, de la Alegría… y de la Igualdad.

La misma Conferencia Episcopal acaba de dar los primeros pasos al reformar el contenido de la asignatura de Religión, incluyendo Igualdad y Medio Ambiente. Ambos valores casan, de raíz, con las premisas católicas. ¿Tarde? Quizá, pero toda ayuda es buena, y la de la Iglesia, como agente socializador, será impagable. Ahora, a ver ahora dónde se meten esos curas que tanto se han opuesto al feminismo. Si hubieran estado más atentos… habrían escuchado que casi casi ya lo cantaba Sabina: ‘Jesucristo, el primer feminista’.

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